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El Color de la Pasión Capítulo 44

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El Color de la Pasión Capítulo 44

La noche caía sobre Polanco como un manto de terciopelo negro, con el bullicio lejano de la ciudad filtrándose por las ventanas entreabiertas del departamento de Ana. El aire estaba cargado de ese calor pegajoso típico del verano mexa, mezclado con el aroma dulce de las gardenias que perfumaban el balcón. Ana se miró en el espejo de cuerpo entero, ajustando el encaje rojo de su lencería que se ceñía a sus curvas como una segunda piel. Qué chingona me veo, pensó, mientras se pasaba las manos por las caderas, sintiendo el roce suave del satén contra sus muslos. Hacía semanas que no veía a Diego, y la anticipación le hacía latir el corazón con fuerza, como un tambor en una fiesta de pueblo.

El timbre sonó, y un escalofrío le recorrió la espalda. Abrió la puerta y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que la desarmaba. Llevaba una camisa blanca arremangada, dejando ver los antebrazos fuertes, y un olor a colonia fresca con toques de madera la invadió al instante. "Órale, mi reina, ¿me extrañaste?" dijo Diego con voz grave, entrando y cerrando la puerta de un empujón suave.

¡Neta que sí, cabrón! Si supieras las noches que pasé pensando en ti, tocándome mientras imaginaba tus manos...
Ana no dijo nada de eso, solo se lanzó a sus brazos, presionando su cuerpo contra el de él. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con urgencia, el sabor salado de su boca mezclándose con el dulzor de su aliento mentolado. Diego la levantó en vilo, sus manos firmes en su trasero, y la llevó al sofá de piel blanca, donde la sentó con delicadeza pero sin soltarla.

La tensión inicial era palpable, como el preludio de una tormenta. Ana sentía el calor de su erección presionando contra su vientre a través de la tela de sus jeans. Esto es el color de la pasión, pensó ella, recordando el título de esa novela erótica que había estado escribiendo en secreto, capítulo 44, justo donde los amantes se rendían al deseo después de meses de separación. La vida imitaba su ficción, o quizás al revés.

"Te ves de hija de la chingada rica, Ana. Ese rojo te queda como anillo al dedo", murmuró Diego contra su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Ella gimió bajito, un sonido gutural que vibró en su garganta, mientras sus dedos se enredaban en el cabello oscuro de él. El roce de su barba incipiente le erizaba la piel, enviando chispas de placer directo a su centro.

En el medio del salón, con las luces tenues de las velas parpadeando, comenzaron a desvestirse mutuamente. Ana desabotonó la camisa de Diego con dedos temblorosos, revelando el pecho ancho cubierto de vello negro que olía a sudor limpio y masculinidad pura. Lo lamió despacio, saboreando la sal en su piel, mientras él deslizaba el robe de sus hombros, exponiendo la lencería. "Mira nomás qué tetas tan perfectas, güey. No mames", exclamó él con admiración, tomando uno de sus pechos en la palma grande, masajeándolo hasta que el pezón se endureció como una perla bajo el encaje.

La escalada fue gradual, deliciosa. Diego la recostó en el sofá, besando un camino de fuego desde su clavícula hasta el ombligo. Ana arqueó la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de él, dejando marcas rojas que lo excitaban más.

¡Ay, wey, no pares! Siento que me voy a romper en pedazos si no me tocas ya
, rugía su mente mientras el calor entre sus piernas se volvía insoportable, húmedo, pegajoso. Él separó sus muslos con rodillas fuertes, inhalando profundo el aroma almizclado de su excitación, ese olor terroso y dulce que lo volvía loco.

Sus dedos expertos encontraron su clítoris a través de las bragas empapadas, frotando en círculos lentos que la hicieron jadear. "Estás chorreando, mi amor. Todo por mí, ¿verdad?" Ana asintió, mordiéndose el labio, el sonido de su propia respiración entrecortada llenando la habitación junto al tráfico distante. Él apartó la tela y hundió dos dedos en su interior resbaladizo, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ella gritó su nombre, "¡Diego, cabrón, más!", mientras ondas de placer la recorrían, tensando cada músculo.

Pero no era suficiente. Ana lo empujó hacia atrás, poniéndose de rodillas en la alfombra mullida. Le desabrochó el cinturón con urgencia, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Diego gruñó, un sonido animal que reverberó en su pecho, sus caderas empujando instintivamente. Qué rica sabe, como a hombre puro, a deseo acumulado, pensó ella mientras lo chupaba con avidez, la boca llena, la lengua girando alrededor del glande hinchado.

La intensidad psicológica crecía con cada caricia. Ana luchaba internamente:

¿Y si esto es solo un rato? No, neta que lo quiero todo de él, su alma con su cuerpo
. Diego la levantó, la cargó al dormitorio donde la cama king size los esperaba con sábanas de hilo egipcio. La tendió boca abajo, besando su espalda, lamiendo la curva de su espinazo hasta llegar a sus nalgas redondas. Separó las cachetes y hundió la lengua en su sexo desde atrás, chupando con hambre, el sonido húmedo y obsceno mezclándose con sus gemidos ahogados en la almohada.

Finalmente, no pudieron más. Diego se colocó detrás de ella, frotando su miembro contra su entrada empapada. "Dime que sí, Ana. Dime que me quieres dentro", suplicó con voz ronca. "¡Sí, pendejo, métemela ya! ¡Chíngame duro!" rugió ella, empujando hacia atrás. Él entró de un solo golpe suave pero profundo, llenándola por completo. El estiramiento la hizo gritar de placer, sintiendo cada vena, cada pulso contra sus paredes internas.

Comenzaron a moverse en ritmo perfecto, piel contra piel chapoteando, el olor a sexo impregnando el aire. Diego la embestía con fuerza controlada, una mano en su cadera, la otra pellizcando su clítoris. Ana se corría primero, un orgasmo brutal que la dejó temblando, contrayéndose alrededor de él como un puño de terciopelo. Es rojo, puro rojo ardiente, el color de la pasión, flashes en su mente mientras olas de éxtasis la ahogaban.

Él la volteó, poniéndola encima para que cabalgara. Ana se sentó a horcajadas, sintiendo cómo la penetraba más profundo, sus pechos rebotando con cada salto. Lo miró a los ojos, oscuros y llameantes, y aceleró, moliendo su pubis contra el de él. Diego la sujetó por las caderas, gruñendo "¡Qué chingona montas, mi vida! ¡Me vas a hacer venir!" Ella sintió su verga hincharse, y con un último empujón, él explotó dentro de ella, chorros calientes inundándola mientras su propio segundo clímax la sacudía.

Colapsaron juntos, sudorosos, jadeantes, el corazón de ambos latiendo al unísono. Diego la abrazó por detrás, besando su hombro húmedo, mientras el aroma de sus fluidos mezclados flotaba en el cuarto.

Esto es más que sexo, es el color de la pasión capítulo 44 de nuestra historia, y quiero mil más
, reflexionó Ana en la quietud del afterglow, su cuerpo laxo y satisfecho contra el de él. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en ese momento, el mundo era solo ellos, envueltos en un rojo eterno de deseo cumplido.

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