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Kenia y Augusto Abismo de Pasion

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Kenia y Augusto Abismo de Pasion

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmines en flor, con el rumor de las olas rompiendo contra la playa como un susurro constante que invitaba a perderse. Kenia caminaba por el malecón, su vestido rojo ceñido al cuerpo como una segunda piel, dejando que la brisa juguetona le erizara la piel de los brazos. Tenía veintiocho años, piel morena como el café de olla, y unos ojos negros que prometían tormentas. Hacía meses que no sentía esa cosquilla en el estómago, esa hambre que no se sacia con tacos de mariscos ni con piñas coladas.

Augusto la vio desde la terraza del bar, recargado en la barandilla con una cerveza fría en la mano. Era alto, fornido, con barba recortada y una sonrisa que parecía tallada para desarmar defensas. Treinta y dos años de puro magnetismo mexicano, originario de Guadalajara pero con el alma nómada. Neta, qué chula, pensó, mientras su mirada se clavaba en el vaivén de sus caderas. No era solo el cuerpo; era esa vibra, como si ella supiera que el mundo giraba a su ritmo.

Se acercó con paso seguro, el corazón latiéndole como tambor de mariachi. Órale, güerita, ¿vienes a robarme el aliento o qué? le dijo, con voz grave que vibraba en el aire cálido. Kenia giró, arqueando una ceja, y soltó una risa que sonó a campanas en la noche.

¿Güerita yo? Pendejo, mírame bien, respondió ella, juguetona, mientras sus ojos se devoraban mutuamente. El roce accidental de sus brazos al estrecharse mandó chispas por la espina dorsal de ambos. Olía a él: colonia fresca con un toque de sudor varonil, y a ella: vainilla y deseo contenido.

Se sentaron en una mesa apartada, con velitas parpadeando y el sonido de guitarra en vivo de fondo. Hablaron de todo y nada: de cómo el mar los llamaba, de antojos por elote asado, de sueños que se escurrían como arena entre los dedos. Cada mirada era un roce invisible, cada risa un preludio. Kenia sentía el calor subiendo por sus muslos, un pulso traicionero entre las piernas. Este wey me va a volver loca, neta.

Augusto no podía dejar de imaginar sus labios en los suyos, el peso de sus pechos contra su pecho.

Si la beso ahora, ¿se rinde o me manda a volar? Pero carnal, esa boca pide a gritos que la conquiste.
La tensión crecía como la marea, lenta pero imparable.

Al final de la segunda cerveza, sus manos se encontraron sobre la mesa, dedos entrelazados en un baile silencioso. La piel de ella era seda caliente, la de él áspera por el trabajo en el gym. Vámonos de aquí, murmuró él, voz ronca. Ella asintió, mordiéndose el labio inferior, el deseo ardiendo en su vientre como tequila puro.

El camino a su suite en el hotel fue un torbellino de besos robados en el elevador. Sus bocas chocaron con hambre, lenguas enredándose en un duelo húmedo y dulce, saboreando ron y sal. Las manos de Augusto bajaron por su espalda, apretando sus nalgas firmes bajo el vestido. Kenia jadeó contra su cuello, inhalando su aroma embriagador, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su pubis. ¡Qué rica se siente, cabrón! Tan suave y tan puta al mismo tiempo, pensó él, mientras ella arañaba su camisa.

La puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. La habitación era un oasis: cama king size con sábanas blancas crujientes, balcón abierto al mar, aire perfumado a coco. Kenia lo empujó contra la pared, desabrochando su camisa con dedos temblorosos de anticipación. Sus tetas, plenas y oscuras en los bordes de los pezones, se asomaban al bajar el vestido. Augusto gruñó, chupando un pezón con avidez, la lengua girando como en un ritual ancestral. Ella arqueó la espalda, gimiendo bajo, el sonido reverberando en sus oídos como olas furiosas.

Quítate todo, mamacita, ordenó él, voz entrecortada. Kenia obedeció, deslizando el vestido al piso, quedando en tanga negra que apenas cubría su concha hinchada. Él se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando al aire. Ella la tomó en mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento mientras lo besaba, probando el sudor salado de su piel.

Se tumbaron en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso compartido. Augusto besó su cuello, bajando por el valle de sus senos, lamiendo el ombligo hasta llegar al monte de Venus. El olor de su excitación lo mareaba: almizcle femenino, dulce como miel de maguey. Separó sus labios con los dedos, encontrándola empapada, resbaladiza. Estás chorreando, ricura, dijo, antes de hundir la lengua en su clítoris. Kenia gritó, caderas elevándose, uñas clavadas en su cuero cabelludo. El placer era un latigazo eléctrico, ondas desde el centro de su ser hasta las puntas de los pies. No pares, Augusto, no pares, me vas a hacer venir ya.

Él lamía con maestría, sorbiendo sus jugos, dos dedos curvados dentro frotando ese punto que la hacía temblar. Ella se corrió primero, un orgasmo que la sacudió como terremoto, chorros calientes mojando su barbilla, el cuerpo convulsionando en espasmos interminables. ¡Ay, Diosito! ¡Qué chingón! exclamó, voz quebrada.

Pero no era el fin. Augusto subió, posicionando su verga en la entrada de su coño, resbaloso y abierto. Dime si quieres que te la meta, jadeó, respetuoso en medio del frenesí. Sí, cabrón, métemela toda, hazme tuya, suplicó ella, piernas abiertas en invitación total. Empujó lento al principio, centímetro a centímetro, sintiendo las paredes calientes apretándolo como guante. El estiramiento era exquisito, dolor-placer que la llenaba por completo.

Comenzaron a follar con ritmo creciente: él embistiendo profundo, bolas golpeando su culo, ella clavando talones en su espalda. El slap-slap de carne contra carne se mezclaba con gemidos guturales, el aire cargado de olor a sexo crudo. Sudor perlando sus cuerpos, resbalando entre pechos y abdomen. Kenia lo montó después, cabalgando como amazona, tetas rebotando, clítoris frotándose contra su pubis. Se siente como si me partiera en dos, pero qué rico, qué abismo de pasión este wey, pensó, mientras sus paredes lo ordeñaban.

Augusto la volteó a cuatro patas, admirando su culazo redondo, entrando de nuevo con fuerza. Manoseaba sus nalgas, un dedo rozando su ano arrugado, prometiendo más. ¡Te voy a llenar, nena! rugió, acelerando. Ella se arqueaba, masturbándose el clítoris, el segundo orgasmo construyéndose como volcán. Vinieron juntos: él derramándose en chorros calientes dentro de ella, gritando su nombre; ella contrayéndose en olas, leche mezclándose y goteando por sus muslos.

Colapsaron exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa y palpitante. El mar susurraba afuera, testigo de su unión. Augusto la besó la frente, inhalando su cabello húmedo. Eres increíble, Kenia. Esto fue... un abismo de pasión, murmuró, evocando sin saberlo el título que algún día contaría su historia.

Ella sonrió, acurrucándose en su pecho, oyendo el tum-tum acelerado de su corazón.

Quién iba a decir que una noche en Vallarta me encontraría esto. Kenia y Augusto, abismo de pasión pura. No quiero que acabe.
El afterglow los envolvió como manta tibia, promesas susurradas en la penumbra, sabiendo que el deseo renacería con el alba.

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