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Pasion Novela Completa en la Piel

7087 palabras

Pasion Novela Completa en la Piel

El sol de la Ciudad de México pegaba duro esa tarde en el tianguis de Coyoacán, con ese olor a elotes asados y churros recién hechos flotando en el aire. Yo, Ana, andaba de vaga por los puestos, buscando algo que me sacara del tedio de mi chamba en la oficina. Neta, necesitaba un chispazo de emoción. Ahí, entre pilas de libros polvorientos, vi uno que me llamó la atención: Pasion Novela Completa. La portada era roja como la sangre, con letras doradas que prometían fuegos prohibidos. Lo abrí y leí un párrafo: palabras que hablaban de pieles ardientes y susurros en la noche. Me late, pensé, esto es lo que me hace falta.

Estaba regateando el precio con el vendedor cuando oí una voz grave y juguetona detrás de mí.

Órale, carnala, ese librito es puro fuego. ¿Ya lo leíste?
Me volteé y ahí estaba él: Javier, alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como café de olla recién colado. Vestía una camiseta ajustada que marcaba sus hombros anchos y unos jeans que le quedaban como pintados. Qué chido, me dije, este wey parece sacado de mis sueños más calientes.

—No, pero se ve pendejo bueno —le contesté con una sonrisa pícara, usando pendejo como decimos en México para decir que algo está chingón—. ¿Tú lo conoces?

Él se rio, esa risa ronca que me erizó la piel.

Es mi pasion novela completa, la que me prende cuando estoy solo. ¿Quieres que te cuente un pedacito?
Así empezó todo. Caminamos por el tianguis, él contándome trozos del libro mientras el aroma de las flores de cempasúchil nos envolvía. Su voz era como terciopelo rozando mi oreja, y cada vez que se acercaba, sentía el calor de su cuerpo, ese olor a jabón fresco mezclado con sudor masculino que me hacía apretar las piernas.

Al rato, nos sentamos en una fonda cercana. Pedimos tacos al pastor, con esa piña jugosa que chorrea salsa. Mientras comíamos, nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa. ¿Por qué carajos me late tanto este desconocido?, me preguntaba en mi cabeza. Javier me miraba fijo, como si ya supiera lo que pasaba por mi mente. Hablamos de todo: de la CDMX que nos volvía locos, de cómo el estrés nos comía vivos, y de esa pasion novela completa que él juraba que era como nuestra vida si nos atreviéramos.

El deseo crecía lento, como el volcán que late bajo la ciudad. Su mano rozó la mía al pasarme una servilleta, y fue eléctrico: piel contra piel, un cosquilleo que subió por mi brazo hasta el pecho. Olía a él, a hombre de verdad, y yo sentía mi blusa pegajosa por el calor, mis pezones endureciéndose contra la tela.

Ven a mi depa, está cerca. Sigamos platicando de esa novela...
dijo, con los ojos cargados de promesas. No lo pensé dos veces. Sí, wey, esto es lo que necesito.

Acto dos: la escalada

El depa de Javier era en una colonia chida de Coyoacán, con balcón que daba a jardines frondosos. Entramos y el aire se cargó de inmediato. Él puso música de fondo, algo de rock en español con bajo profundo que vibraba en mi vientre. Me ofreció un mezcal, ese sabor ahumado que quema la garganta y afloja el cuerpo. Bebimos de un trago, mirándonos como lobos hambrientos.

—Cuéntame qué te prende de esa pasion novela completa —le pedí, sentándome en el sofá, cruzando las piernas para que viera el borde de mis muslos.

Él se acercó, arrodillándose frente a mí.

Las escenas donde los cuerpos se encuentran por fin, después de tanta espera. Como nosotros ahora.
Su aliento cálido en mi cuello, el roce de sus dedos en mi rodilla. Sentí mi pulso acelerado, el corazón latiendo como tamborazo en mi pecho. Lo jalé por la nuca y lo besé. ¡Dios! Sus labios eran firmes, con sabor a mezcal y menta. Nuestras lenguas bailaron, explorando, saboreando. Gemí bajito cuando su mano subió por mi muslo, apretando la carne suave.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al aire. El sonido de su boca chupando mi cuello, húmeda y caliente, me volvía loca. Olía a mi perfume mezclado con su aroma masculino, ese sudor ligero de excitación. Qué wey tan sabroso, pensé mientras le desabrochaba la camisa. Su pecho era duro, con vello que raspaba delicioso contra mis tetas cuando lo pegué a mí.

Caímos al piso, alfombra áspera bajo mi espalda. Él lamió mis pezones, succionando hasta que dolía de placer. Yo arqueé la espalda, clavándole las uñas en los hombros.

Me traes loca, Javier. Fóllame como en esa novela.
Él gruñó, bajando la mano a mi entrepierna. Sentí sus dedos abriendo mi calzón, rozando el calor húmedo. Estaba empapada, el olor a sexo llenando el aire. Me metió un dedo, luego dos, moviéndolos lento, curvándolos justo ahí donde exploto. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes.

Pero no quería acabar así. Lo empujé, quitándole los jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. La tomé en la mano, sintiendo el calor, la piel suave sobre el acero. La chupé, saboreando el precum salado, oyendo sus jadeos roncos. Esto es poder, carnal. Él me levantó, me llevó a la cama. Me abrió las piernas, besando el interior de mis muslos hasta llegar al centro. Su lengua en mi clítoris fue fuego puro: lamidas largas, succiones que me hacían temblar. Olía a mí, a deseo puro mexicano.

La tensión era insoportable. Lo monté, guiando su verga adentro. Llenándome centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce, el slap de piel contra piel. Él agarraba mis nalgas, guiándome más rápido. Sudábamos, el olor almizclado envolviéndonos. Mis tetas rebotaban, él las chupaba mientras yo cabalgaba.

¡Más, Ana! ¡Dame todo!
grité, el orgasmo construyéndose como tormenta.

Acto tres: la liberación

El clímax llegó como avalancha. Me corrí primero, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre mientras ondas de placer me sacudían. Él me siguió, llenándome con chorros calientes, su gruñido animal en mi oído. Nos quedamos pegados, jadeando, pieles resbalosas de sudor. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros.

Después, en la cama, con las sábanas revueltas, él me acarició el pelo.

Esto fue nuestra pasion novela completa, ¿no?
dijo riendo bajito. Yo sonreí, besándolo suave. Sí, wey, y qué chingonería. Sentí una paz profunda, el cuerpo relajado, el alma llena. Afuera, la ciudad seguía su ritmo loco, pero nosotros habíamos encontrado nuestro oasis.

Nos duchamos juntos, el agua caliente cayendo sobre nosotros, jabón espumoso en las manos explorando de nuevo, pero suave, tierno. Salimos a comer en un puesto de quesadillas, riendo como viejos amantes. No sé si lo veré mañana, pero esa tarde cambió algo en mí. Aprendí que la pasión no espera, se vive. Y neta, valió cada segundo.

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