Relatos
Inicio Erotismo Leyendas de Pasión Final (1) Leyendas de Pasión Final (1)

Leyendas de Pasión Final (1)

6778 palabras

Leyendas de Pasión Final

La noche en Puerto Vallarta olía a salitre y jazmín salvaje, ese aroma que se te mete en la piel como un susurro indecente. Yo, Ana, estaba sentada en la terraza de la cabaña rentada, con el Pacífico rugiendo abajo como si supiera mis secretos. Hacía años que no pisaba este pedazo de paraíso, pero neta, necesitaba desconectarme del pinche caos de la ciudad. El sol se había hundido ya, dejando el cielo en un morado intenso, y el viento jugaba con mi falda ligera, rozándome los muslos como caricias prohibidas.

Entonces lo vi. Javier, mi amor de juventud, el que me había marcado el alma con sus besos fieros. Bajaba del sendero empedrado, con esa camisa blanca abierta que dejaba ver su pecho bronceado, el pelo revuelto por la brisa marina.

¿Qué chingados hace aquí? ¿Será que el destino es un cabrón juguetón?
Su mirada me atrapó de inmediato, oscura y hambrienta, como en aquellas noches locas en la playa de Sayulita.

—Ana, mi reina, ¿de veras eres tú? —dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel.

Me levanté despacio, sintiendo el corazón golpearme las costillas. —Órale, Javier, ¿vienes a atormentarme o qué? —respondí, pero mi sonrisa lo delataba. Nos abrazamos, y su cuerpo duro contra el mío despertó memorias: el sabor salado de su cuello, el calor de sus manos en mi cintura.

Entramos a la cabaña, iluminada solo por velas que parpadeaban como testigos mudos. Hablamos de todo y nada: de cómo la vida nos había separado, él con su negocio en Guadalajara, yo con mi galería en la CDMX. Pero el aire se cargaba de tensión, de ese deseo que nunca se apaga del todo. Las leyendas de pasión final que contaban las abuelas en los pueblos, esas historias de amantes que se entregan una última vez antes del adiós eterno, empezaban a sentirse reales.

—Esta podría ser nuestra leyenda, Ana —murmuró, acercándose tanto que olía su colonia mezclada con sudor fresco—. Una pasión final que no olvidemos nunca.

Mi pulso se aceleró. Lo miré a los ojos, y ahí estaba: el fuego. Le tomé la mano, guiándolo al cuarto donde la cama king size nos esperaba con sábanas blancas como nubes.

Nos besamos despacio al principio, saboreando el momento. Sus labios eran suaves pero exigentes, con gusto a tequila y mar. Qué rico, pensé, mientras su lengua exploraba mi boca, despertando un calor que subía desde mi vientre. Sus manos bajaron por mi espalda, desatando el lazo de mi blusa, dejando que cayera al suelo. El aire fresco besó mis pechos desnudos, endureciendo mis pezones al instante.

Estás más chula que nunca, gruñó, inclinándose para lamer uno, succionando con esa presión perfecta que me hacía jadear. Sentí su aliento caliente, el roce áspero de su barba incipiente en mi piel sensible. Mi mano se coló en su pantalón, encontrando su verga ya dura, palpitante bajo mis dedos.

¡Madre mía, qué prieta está! Como si el tiempo no hubiera pasado.

Lo empujé hacia la cama, montándome encima con una sonrisa pícara. —Esta noche mando yo, carnal. —Desabroché su camisa, besando su torso musculoso, inhalando el olor masculino que me volvía loca. Baje más, liberando su miembro erecto, grueso y venoso. Lo tomé en mi boca, saboreando la sal de su piel, el leve amargor de su excitación. Él gemía bajito, "¡Ay, Ana, qué chingón!", enredando sus dedos en mi pelo.

La tensión crecía como una ola. Me quité la falda, quedando en tanguita empapada. Javier me volteó con gentileza, sus dedos trazando mi clítoris por encima de la tela. El placer era eléctrico, un cosquilleo que me hacía arquear la espalda. —Estás chorreando, mi amor, dijo, quitándome la prenda y hundiendo dos dedos en mi humedad. El sonido húmedo de mis jugos llenaba la habitación, mezclado con mis suspiros ahogados.

Recordé nuestras peleas pasadas, las noches de celos, pero ahora todo eso se disolvía en este reencuentro.

Esto es lo que necesitaba: sentirme viva, deseada, dueña de mi placer.
Él lamía mi interior con devoción, su lengua danzando en mi entrada, chupando mi esencia dulce y salada. Gemí fuerte, el orgasmo acercándose como un trueno.

—No pares, pendejo, ¡más! —le rogué, y él obedeció, metiendo la lengua profundo mientras sus dedos frotaban mi botón hinchado. Explosé en un clímax que me dejó temblando, las piernas flojas, el cuerpo bañado en sudor perfumado a vainilla de mi loción.

Pero no era el final. Javier se posicionó entre mis muslos, su verga rozando mi abertura resbaladiza. —¿Lista para la leyenda de pasión final? —preguntó con ojos brillantes.

—Dale con todo, mi rey —respondí, envolviéndolo con las piernas.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Su grosor me llenaba por completo, tocando ese punto que me volvía loca. Empezamos un ritmo lento, piel contra piel, el slap-slap de nuestros cuerpos resonando como tambores ancestrales. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo invadiendo el aire, mezclado con el jazmín que entraba por la ventana abierta.

Aceleramos. Yo clavaba las uñas en su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo mis palmas. Él me besaba el cuello, mordisqueando suave, mientras embestía más hondo.

Esto es puro fuego, una pasión que quema el alma.
Cambiamos posiciones: yo de rodillas, él detrás, agarrándome las caderas con fuerza posesiva pero tierna. Su mano bajó a mi clítoris, frotando en círculos mientras me taladraba. Los gemidos se volvieron gritos: "¡Sí, así, Javier! ¡Córrete conmigo!"

El clímax nos golpeó como una tormenta. Sentí su verga hincharse, pulsar dentro de mí, mientras mi coño se contraía en espasmos interminables. Él se derramó caliente, llenándome con chorros espesos que goteaban por mis muslos. Colapsamos juntos, jadeantes, el corazón latiéndonos al unísono.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, la piel pegajosa y satisfecha. El mar susurraba afuera, como aprobando nuestra entrega. —Esta ha sido nuestra leyenda de pasión final, Ana. Una que contaremos en silencio por siempre —dijo él, acariciándome el pelo.

Sonreí, besando su pecho.

No hay adiós definitivo cuando el deseo es eterno.
Mañana cada uno seguiría su camino, pero esta noche nos había unido en algo legendario, puro y ardiente. El viento llevó nuestros suspiros al océano, donde las pasiones verdaderas nunca mueren.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.