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Pasión Negativa Desatada

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Pasión Negativa Desatada

En el corazón de la Condesa, donde las luces neón parpadean como promesas rotas, Ana se recargó en la barra del bar El Jaguar. El aire estaba cargado de humo de cigarros caros y el aroma dulce del mezcal reposado. Llevaba un vestido negro ajustado que abrazaba sus curvas como un amante posesivo, y sus tacones resonaban contra el piso de madera pulida. Había venido a olvidar el pinche día en la oficina, pero él estaba ahí, como un mal chiste que no se acaba.

Diego, el wey arrogante de marketing, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar ese pecho moreno y tatuado. Siempre compitiendo por los mismos clientes, siempre con esa sonrisa de pendejo que la sacaba de quicio. ¿Qué pedo, Ana? ¿Vienes a robarme más leads? dijo él, acercándose con un trago en la mano, su colonia especiada invadiendo su espacio.

Ella lo miró de arriba abajo, sintiendo ese cosquilleo traicionero en el estómago. Ni madres, Diego. Solo quiero emborracharme sin verte la cara de triunfador. Pero neta, su voz ronca la erizaba la piel. Era esa pasión negativa, ese odio que bullía como tequila en las venas, lo que la ponía alerta. Se odiaban desde el primer día, pero ¿por qué su cuerpo reaccionaba así? El calor de su mirada la hacía apretar los muslos bajo la barra.

La noche avanzó con shots de raicilla y pullas. Eres un mamón, Diego. Siempre robándome el crédito. Él reía, su aliento cálido rozándole el oído cuando se inclinaba. Y tú una fiera, Ana. Pero admítelo, te encanta pelear conmigo. Sus manos rozaron accidentalmente al pasar un vaso, y fue como electricidad. Piel contra piel, un pulso acelerado que ninguno admitía.

¿Qué chingados me pasa? Lo odio, pero su toque me quema. Esa pasión negativa nos va a joder a los dos.

El bar se vació poco a poco, el jazz suave del fondo se mezclaba con risas lejanas. Terminaron solos en una mesa apartada, las velas parpadeando sombras en sus rostros. El alcohol aflojaba lenguas y tensiones. ¿Sabes qué, wey? Eres el único que me hace sentir viva, aunque sea con coraje. confesó ella, su voz un susurro ronco. Él la miró fijo, ojos oscuros como pozos de obsidiana.

Es esa pasión negativa, Ana. Nos consume, pero no podemos parar. Su mano se posó en su rodilla, subiendo despacio por el muslo. Ella no lo detuvo. Al contrario, su piel ardía bajo el vestido, el roce áspero de sus dedos callosos enviando ondas de placer prohibido.

Se levantaron como imanes, saliendo al fresco de la noche mexicana. Caminaron hasta su departamento en la Roma, el eco de sus pasos en la banqueta empedrada. El viento traía olor a jacarandas y taquerías lejanas. Adentro, la puerta apenas se cerró cuando sus bocas chocaron. Besos furiosos, dientes mordiendo labios, lenguas guerreando como en la oficina.

Primera acto: la chispa. Ana lo empujó contra la pared, sus uñas clavándose en su camisa. Te odio tanto, pendejo. Él gruñó, volteándola para aprisionarla, sus caderas presionando contra las de ella. El bulto duro en sus jeans la hizo jadear. Y yo te deseo más por eso. Manos explorando, desabotonando con prisa. Su vestido cayó al piso con un susurro sedoso, revelando encaje negro que él devoró con la mirada.

El aroma de su excitación llenaba el aire, mezclado con su sudor salado. Él la alzó como si no pesara, piernas de ella envolviéndolo. Caminaron al sofá, besos dejando marcas rojas en cuellos. Despacio, cabrón. Quiero saborearte. Ella lo tumbó, arrodillándose entre sus piernas. Desabrochó su cinturón con dientes, el sonido metálico como preludio. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. La lamió desde la base, saboreando la sal de su piel, el gemido gutural de él vibrando en su pecho.

Su sabor es adictivo, como ese coraje que nos une. Pasión negativa convirtiéndose en fuego puro.

Él la levantó, besándola con su propio gusto en la boca. Eres una diosa, Ana. La llevó a la cama, sábanas frescas contra piel caliente. Besos bajando por su cuerpo: pezones endurecidos entre labios húmedos, chupados hasta el dolor placentero. Su lengua trazó el ombligo, llegando al monte de Venus. Ella arqueó la espalda, oliendo su propia humedad dulce. ¡Órale, sí! Ahí, wey. Lengua experta lamiendo pliegues, succionando clítoris hinchado. Dedos curvándose dentro, tocando ese punto que la hacía gritar.

El medio acto ardía: escalada. Tensiones internas chocando. Lo odio, pero lo necesito. Esta pasión negativa es mi droga. Ella lo montó, guiando su verga dura a su entrada resbaladiza. Inchándose al entrar, llenándola por completo. Ritmo lento al principio, caderas girando, pechos rebotando. Sus manos en sus nalgas, guiándola más profundo. Sudor perlando frentes, slap de piel contra piel, gemidos roncos en la penumbra.

Más fuerte, Diego. Fóllame como si me odiaras. Él obedeció, volteándola a cuatro patas, embistiendo con furia controlada. El sonido obsceno de cuerpos chocando, su coño apretándolo como vicio. Olor a sexo crudo, testosterona y feromonas. Uñas en su espalda, dejando surcos rojos. Eres mía esta noche, Ana. Toda mía. Ella volteó, piernas en sus hombros, penetración profunda tocando alma.

Clímax aproximándose, pulsos acelerados como tambores aztecas. No aguanto más. Esta pasión negativa explota. Gemidos convirtiéndose en gritos: ¡Me vengo, cabrón! ¡Sí! Su orgasmo la sacudió, paredes convulsionando alrededor de él, jugos calientes empapando sábanas. Él rugió, corriéndose dentro, chorros calientes llenándola, cuerpos temblando unidos.

El final: resplandor. Colapsaron entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose. Su piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. Él besó su frente, suave ahora. ¿Ves? Esa pasión negativa no era tan mala. Ella sonrió, trazando su pecho con dedo. Neta, wey. Pero no creas que mañana no te voy a ganar el cliente.

Se quedaron así, en afterglow, el amanecer filtrándose por cortinas. Olor a sexo persistiendo, promesas de más batallas... y rendiciones. La pasión negativa se había transformado, pero el fuego seguía ardiendo.

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