Relatos
Inicio Erotismo Final de Carmina en Abismo de Pasion Final de Carmina en Abismo de Pasion

Final de Carmina en Abismo de Pasion

6769 palabras

Final de Carmina en Abismo de Pasion

Carmina se miró en el espejo del baño de su departamento en Polanco, ajustándose el escote de ese vestido negro ceñido que le hacía ver las curvas como si fueran pecado puro. Tenía treinta y cinco años, un marido que llegaba tarde del trabajo y una vida que olía a rutina rancia, como el café quemado de la mañana. Neta, ya estoy harta, pensó mientras se echaba perfume en el cuello, ese aroma dulce de vainilla que siempre atraía miradas. Esa noche salía sola al bar de la esquina, a ver si el tequila le despertaba algo adentro.

El lugar estaba lleno de luces tenues y música ranchera moderna retumbando en los parlantes. Carmina se sentó en la barra, pidió un margarita con sal y dejó que el hielo crujiera entre sus labios. Ahí lo vio: Alex, un vato alto, moreno, con ojos que brillaban como estrellas en el desierto de Sonora. Vestía camisa blanca arremangada, mostrando brazos fuertes de quien trabaja con las manos. Se acercó con una sonrisa pícara, como si ya supiera el secreto que ella guardaba.

¿Qué wey tan guapo? Me late su vibra, pero ¿y si es puro cuento?
Carmina sintió un cosquilleo en la nuca cuando él se paró a su lado.

—Órale, morra, ¿me invitas a un trago o qué? —dijo Alex con esa voz grave que vibraba en el pecho de ella.

—Si traes lana, carnal. Pero neta, siéntate, que la noche está chida.

Charlaron de todo: de la pinche ciudad que no duerme, de tacos al pastor que saben a gloria, de cómo la vida a veces te da un madrazo pero te levanta. El tequila fluía, calentando la sangre, y pronto sus rodillas se rozaban bajo la barra. El roce era eléctrico, como chispas en piel sudada. Carmina inhaló su colonia, mezcla de madera y picante, que le hacía agua la boca.

La tensión crecía con cada risa. Él le tocó la mano al pasar el vaso, y ella no la retiró. Esto es lo que necesitaba, se dijo. Bailaron pegaditos en la pista, sus caderas moviéndose al ritmo de un corrido caliente. El sudor perlaba su frente, y el aliento de él en su oreja era puro fuego.

—Me dan ganas de comerte aquí mismo —susurró Alex, mordisqueándole el lóbulo.

Carmina jadeó, sintiendo el pulso acelerado entre las piernas. —A huevo, pero vámonos a un lugar privado, wey.

Salieron tomados de la mano, el aire fresco de la noche mexicana rozando sus pieles calientes. Tomaron un taxi hasta su hotel cerca de Reforma, risas ahogadas y besos robados en el asiento trasero. El chofer los miró por el retrovisor con una sonrisa cómplice.

En la habitación, la puerta apenas se cerró cuando Alex la empujó contra la pared. Sus labios se devoraron con hambre, lenguas danzando como en un tango prohibido. Carmina probó el tequila en su boca, salado y dulce. Manos expertas bajaron el zipper del vestido, dejando que cayera al piso como una promesa rota. Quedó en lencería negra, tetas firmes alzándose con cada respiración agitada.

¡Qué chingón se siente su piel contra la mía! Como si mi cuerpo gritara por más.

Alex la cargó hasta la cama king size, colchón suave hundiéndose bajo su peso. La desvistió despacio, besando cada centímetro: el cuello perfumado, los hombros suaves, bajando por el valle entre sus pechos. Ella arqueó la espalda, gimiendo bajito cuando él chupó un pezón endurecido, la lengua girando como remolino. El olor a sexo empezaba a llenar la habitación, almizcle mezclado con su perfume.

—Estás rica, Carmina. Neta, no sabes las ganas que traigo —gruñó él, deslizando la mano entre sus muslos.

Ella estaba empapada, el calor líquido goteando. Sus dedos juguetearon con el clítoris hinchado, círculos lentos que la hacían retorcerse. —¡Ay, cabrón! No pares, échale ganas.

La tensión subía como volcán en erupción. Carmina le quitó la camisa, arañando su pecho velludo, bajando al cinturón. Lo liberó: verga gruesa, venosa, palpitando lista para ella. La probó con la lengua, salada y masculina, chupando la cabeza mientras él gemía ronco. Lo montó despacio, guiándolo adentro. El estiramiento era delicioso, llenándola hasta el fondo. Se movieron al unísono, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose.

Pero no era solo físico. Carmina luchaba adentro:

Mi marido ni se entera, pero esto... esto es mi noche. ¿Y si me pierdo en esto para siempre?
Alex la volteó a cuatro patas, embistiéndola fuerte, nalgas rebotando contra su pelvis. El sonido era obsceno, slap-slap en la quietud del cuarto. Ella gritaba placer, uñas clavadas en las sábanas blancas.

La intensidad crecía. Él la penetraba profundo, rozando ese punto que la volvía loca. Manos en sus caderas, jalándola hacia él. Carmina sentía el orgasmo acechando, como ola gigante en la costa jarocha. —¡Más rápido, pendejo! ¡Dame todo!

Alex obedeció, sudando a chorros, gruñendo como animal. El olor a sexo era espeso, embriagador. Ella explotó primero: espasmos violentos, coño apretando su verga como tenazas, chorros calientes mojando las sábanas. Gritos ahogados en la almohada, cuerpo temblando en éxtasis puro.

Él la siguió, corriéndose adentro con rugido gutural, semen caliente inundándola. Colapsaron juntos, pechos agitados, respiraciones entrecortadas. El afterglow era bendito: besos suaves, caricias perezosas en la espalda. Carmina olía su piel salada, saboreando el sudor en su cuello.

Final de Carmina en abismo de pasion —murmuró ella contra su pecho, riendo bajito—. Neta, wey, esto fue el clímax de mi pinche vida.

Alex la abrazó fuerte. —Y apenas empieza, mi reina.

Se quedaron así, envueltos en sábanas revueltas, el amanecer filtrándose por las cortinas. Carmina sintió paz, un cierre dulce a su sequía emocional. No era el fin, sino un nuevo comienzo ardiente. El pulso de la ciudad latía afuera, pero adentro, su mundo era puro fuego.

Desayunaron en la cama, huevos rancheros picantes que quemaban la lengua como sus besos. Hablaron de verse de nuevo, sin promesas locas, solo deseo mutuo. Carmina se vistió, el vestido arrugado pero el alma lisa. Bajaron al lobby tomados de la mano, miradas cómplices.

En la calle, el sol calentaba el asfalto, vendedores ambulantes gritando elotes asados. Ella lo besó una última vez, sabor a chile y pasión. —Nos vemos pronto, carnal. No me falles.

—Jamás, morra. Tú eres mi abismo.

Carmina caminó de regreso a casa, piernas flojas pero corazón latiendo fuerte. Por primera vez en años, se sentía viva, empoderada, dueña de su placer. El final de Carmina en abismo de pasion no era tragedia, sino liberación gozosa. Y sabía que volvería por más.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.