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La Pasión de Benito en Gavilanes

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La Pasión de Benito en Gavilanes

El sol de mediodía caía como plomo fundido sobre la hacienda Gavilanes, en las afueras de Culiacán. El aire olía a tierra seca, a jacarandas en flor y a ese sudor varonil que se pegaba a la piel como una promesa. Yo, Jimena, había llegado esa mañana desde la ciudad, huyendo del ruido y buscando un poco de paz en la casa de mi tía Lupe. Pero lo que no esperaba era toparme con él: Benito, el capataz de la hacienda, un moreno alto y fornido que parecía tallado en roble sinaloense.

Lo vi desde el porche, mientras descargaba mis maletas. Estaba ensillando un caballo en el corral, su camisa blanca pegada al torso por el sudor, marcando cada músculo de su pecho y brazos. El sombrero le sombreaba los ojos negros, pero su sonrisa... ay, esa sonrisa pícara que me hizo apretar las piernas sin querer. ¿Qué te pasa, Jimena? Es solo un vaquero, me dije, pero mi cuerpo ya sabía que mentía.

¡Buenas tardes, señorita! —gritó él, acercándose con paso firme, el polvo levantándose a su paso—. Soy Benito, a sus órdenes. ¿Llega a quedarse con doña Lupe?

Su voz era grave, como un tambor ranchero, y olía a cuero y a hombre de campo. Asentí, sintiendo un calor que no era solo del sol subir por mi cuello.

—Sí, soy Jimena, su sobrina. Un gusto, Benito.

Me tendió la mano, grande y callosa, y cuando la tomé, una corriente me recorrió el brazo hasta el ombligo. Sus ojos se clavaron en los míos, y juro que vi un brillo de deseo ahí, crudo y sin filtros.

Este wey es puro fuego. Si me lo como con los ojos, me va a devorar entera.

La tarde pasó lenta, como miel derretida. Ayudé a mi tía en la cocina, preparando tacos de carne asada y guacamole fresco, mientras el aroma del cilantro y el limón llenaba la casa. Benito entraba y salía, trayendo leña o agua del pozo, y cada vez que pasaba cerca, su roce accidental —un brazo contra mi cadera, un dedo en la espalda— me ponía la piel de gallina. Hablamos poco, pero cada palabra era un coqueteo disfrazado.

—Oye, Benito, ¿siempre hace tanto calor por aquí? —le pregunté, abanicándome con la mano.

Él se rio, una risa profunda que vibró en mi pecho.

—En Gavilanes siempre arde, mamacita. Pero tú traes el calor de la ciudad, ¿eh? Vas a derretirnos a todos.

Mi tía soltó una carcajada y me guiñó el ojo. Pendejo coqueto, pensé, pero mi corazón latía como tambor de banda.

Al caer la noche, la hacienda cobró vida con música de mariachi. Mi tía organizó una pequeña fiesta para darme la bienvenida: mesas con botanas, chelas frías y un fuego crepitante en el patio. Benito estaba ahí, con una botella de tequila en la mano, bailando con las muchachas del pueblo. Lo observé desde mi silla, hipnotizada por cómo se movía, sus caderas marcando el ritmo de la polka sinaloense.

De pronto, se acercó, extendiendo la mano.

—Baila conmigo, Jimena. No seas mala onda.

No pude negarme. Sus manos en mi cintura eran firmes, calientes, guiándome en el baile. Nuestros cuerpos se pegaron, y sentí su dureza contra mi vientre. Olía a tequila, a humo de fogata y a esa esencia masculina que me mareaba. Susurró en mi oído:

—Estás rica, ¿sabes? Como tamal oaxaqueño, suave y picosa.

Reí, pero el roce de su aliento en mi cuello me encendió. Si no para esto, voy a explotar.

La segunda noche fue cuando todo escaló. Mi tía se fue a dormir temprano, y yo me quedé en el porche, mirando las estrellas. Benito apareció como fantasma, con una cobija y dos vasos de tequila.

—No podía dormir pensando en ti —dijo sentándose a mi lado—. Eres la pasión de Gavilanes, Jimena. Me traes loco.

Ahí estaba: Benito, pasión de Gavilanes. Las palabras se me clavaron como espinas dulces. Tomé el vaso, el licor quemándome la garganta, y lo miré fijo.

—Tú tampoco estás tan pendejo, vaquero. Ven, acércate.

Sus labios cayeron sobre los míos como lluvia torrencial. Beso hambriento, lenguas enredadas, sabor a tequila y sal. Sus manos exploraron mi espalda, bajando a mis nalgas, apretándolas con fuerza. Gemí contra su boca, sintiendo mi centro humedecerse.

—Vamos adentro —murmuró, levantándome en brazos como si no pesara nada.

En mi habitación, la luz de la luna se colaba por la ventana, pintando su piel morena de plata. Se quitó la camisa, revelando un pecho ancho cubierto de vello negro, pectorales duros como piedra. Lo toqué, sintiendo el calor de su piel, el latido acelerado de su corazón bajo mi palma.

Te deseo tanto, ronroneó, desabotonando mi blusa con dedos temblorosos. Sus labios bajaron a mi cuello, chupando, mordiendo suave. Olía a su sudor fresco, a tierra y deseo puro.

Me recostó en la cama, sus manos grandes amasando mis pechos. Jadeé cuando pellizcó mis pezones, endureciéndolos al instante.

¡Ay, Diosito! Este carnal sabe lo que hace.
Bajó más, besando mi vientre, lamiendo el ombligo. Levantó mi falda, y sus ojos se oscurecieron al ver mis bragas empapadas.

—Mira nada más qué panochita tan chula —dijo con voz ronca, quitándoselas de un tirón.

Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo lento, circles calientes y húmedos. El placer me arqueó la espalda, mis manos enredadas en su pelo. Gemidos escapaban de mi garganta, el sonido ahogado por el zumbido de los grillos afuera. Saboreaba mi miel, gruñendo de gusto.

—Sabe a gloria, Jimena. Dulce como tuna del desierto.

No aguanté más. Lo jalé arriba, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor, su dureza de hierro. Él siseó, empujando contra mi palma.

—Métetela, Benito. Quiero sentirte todo.

Se colocó entre mis piernas, la punta rozando mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno, completo. Nuestros gemidos se fundieron, piel contra piel sudada. Empezó a moverse, embestidas profundas, el colchón crujiendo al ritmo.

El olor a sexo llenaba la habitación: almizcle, sudor, nuestra unión. Sus bolas chocaban contra mí, slap slap slap. Le clavé las uñas en la espalda, marcándolo mío. Más fuerte, cabrón, dame todo.

—Eres una diosa —jadeaba él, acelerando—. Tu panocha me aprieta como puño.

Cambié de posición, montándolo. Sus manos en mis caderas, guiándome. Rebotaba sobre él, pechos saltando, su verga golpeando mi punto G. El placer subía como marea, tenso, inevitable. Él se incorporó, chupando mis tetas, mordiendo pezones.

—Me vengo, Benito... ¡ahí!

Exploté, olas de éxtasis sacudiéndome, contrayéndome alrededor de él. Gruñó, embistiendo salvaje, y se derramó dentro, chorros calientes llenándome. Colapsamos, jadeantes, su peso delicioso sobre mí.

Después, en la quietud, su cabeza en mi pecho, dedos trazando círculos en mi piel. El aire olía a nosotros, satisfechos.

—Eres la pasión de Gavilanes, Jimena —murmuró—. Quédate conmigo.

Sonreí, besando su frente. Este vaquero me robó el alma. La noche nos envolvió, prometiendo más fuegos en la hacienda.

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