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El Futbolista Que Levanta Pasiones

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El Futbolista Que Levanta Pasiones

En el Estadio Azteca, el rugido de la afición era como un trueno que vibraba en el pecho de Mariana. El sol de mediodía en Ciudad de México caía a plomo sobre las gradas, haciendo que el sudor perlase su piel morena mientras agitaba su bufanda del América. Pero no era el partido lo que la tenía con el corazón latiéndole a mil. Era él. Diego Salazar, el futbolista que levanta pasiones en todo México. Con su metro noventa de puro músculo esculpido, tatuajes asomando por las mangas de la playera amarilla, y esa sonrisa pícara que prometía pecados después del pitazo final.

Mariana se mordió el labio inferior, sintiendo un calor que nada tenía que ver con el clima. Trabajaba como reportera deportiva para un canal local, y hoy le tocaba cubrir el clásico. Pero desde que Diego debutó en la liga, lo seguía como una fanática empedernida.

"¿Por qué carajos me pongo así con este wey?",
pensó, mientras lo veía correr por la cancha, el césped verde brillando bajo sus botines, el sudor resbalando por su cuello bronceado. Cada gol que metía era un latido directo en su entrepierna.

El América ganó tres a uno, y Diego fue la estrella. Al final del partido, Mariana se coló en la zona mixta con su credencial colgando del cuello. El aire olía a hierba fresca, sudor masculino y hot dogs de los vendedores ambulantes. Ahí estaba él, rodeado de micros y cámaras, quitándose la cinta del cabello negro revuelto. Sus ojos cafés se cruzaron con los de ella, y Mariana sintió que el mundo se detenía. Órale, neta que me vio, se dijo, el pulso acelerado como si hubiera corrido los noventa minutos.

—Ey, güerita, ¿tú eres la chava del canal que siempre pregunta chido? —dijo Diego con esa voz ronca, acercándose tanto que Mariana olió su colonia mezclada con el aroma salado de su piel.

—Sí, soy Mariana. Felicitaciones por el hat-trick, Diego. ¿Cómo te sientes siendo el futbolista que levanta pasiones en todo el país?

Él rio, una carcajada profunda que le erizó la piel. —Pos con fans como tú, ¿cómo no? ¿Quieres una exclusiva? Ven al after en el hotel, nomás para ti.

El corazón de Mariana dio un vuelco. Esto no puede estar pasando. Asintió, y mientras él se iba, le guiñó un ojo que la dejó temblando.

En el lobby del hotel en Polanco, la música reggaetón retumbaba suave, luces tenues iluminaban cuerpos bailando pegados. Mariana se había cambiado a un vestido negro ceñido que acentuaba sus curvas generosas, el escote dejando ver el nacimiento de sus senos. Pidió un tequila reposado en la barra, el líquido ambarino quemándole la garganta como un beso ardiente. Y entonces lo vio entrar: Diego, fresco de la ducha, camisa blanca entreabierta mostrando pectorales duros, jeans ajustados marcando todo lo que un hombre debe marcar.

Se acercó con paso felino, su presencia magnética atrayendo miradas. —Aquí estás, reina. ¿Lista para la exclusiva?

—Más que lista —respondió ella, su voz un susurro ronco. Bailaron pegados, sus caderas rozándose al ritmo de Perro Fiel. El calor de su cuerpo la envolvía, sus manos grandes en su cintura enviando chispas por su espina. Olía a jabón fresco y hombre, un olor que la mareaba.

"Si no lo paro ahora, voy a caer redondita",
pensó Mariana, pero sus pezones ya endurecidos contra la tela del vestido la delataban. Diego la besó en el cuello, un roce de labios que sabía a victoria y deseo. —Vamos arriba —murmuró él contra su oreja, su aliento caliente provocándole escalofríos.

Subieron en el elevador, solos. Diego la acorraló contra la pared, sus labios capturando los de ella en un beso feroz. Lenguas danzando, sabor a tequila y menta, manos explorando. Mariana gimió cuando él apretó su culo firme, el bulto en sus jeans presionando su vientre. Santo cielo, está como piedra.

La suite era lujo puro: cama king size con sábanas de hilo egipcio, vista a las luces de la ciudad, champaña enfriándose en un balde. Diego la cargó como si no pesara, depositándola en la cama. Se desnudó lento, quitándose la camisa para revelar abdominales marcados, vello oscuro bajando hasta el borde del bóxer. Mariana jadeó, el aire cargado de anticipación.

—Quítate eso, mamacita —ordenó con voz grave, ojos devorándola.

Ella obedeció, el vestido cayendo como una promesa rota. Quedó en lencería roja, tetas llenas desbordando el brasier, tanga húmeda pegada a su sexo palpitante. Diego gruñó, gateando sobre ella, besos hambrientos desde los labios hasta los senos. Liberó sus pezones oscuros, chupándolos con succión experta, lengua girando mientras ella arqueaba la espalda, gimiendo alto. Qué rico, pendejo, no pares.

Sus manos bajaron, dedos gruesos deslizándose bajo la tanga, encontrando su clítoris hinchado. Mariana se retorció, el roce eléctrico enviando ondas de placer. —Estás chorreando, güera —dijo él, metiendo dos dedos adentro, curvándolos contra su punto G. El sonido húmedo de su coño siendo follado con dedos llenó la habitación, mezclado con sus jadeos y el latido de su pulso en los oídos.

Ella lo empujó, queriendo corresponder. Le bajó el bóxer, y su verga saltó libre: gruesa, venosa, cabeza morada reluciente de pre-semen. Neta que es un monstruo. La tomó en mano, masturbándolo lento mientras lamía la punta, sabor salado y almizclado explotando en su boca. Diego siseó, enredando dedos en su cabello. —Chúpala buena, carnala.

Mariana lo hizo, garganta profunda, bolas pesadas en su palma. Él la detuvo antes de correrse, volteándola boca abajo. Besos en la espalda, mordidas suaves en las nalgas redondas. Le quitó la tanga, lengua hurgando su raja, lamiendo ano y coño con devoción. Ella gritó, orgasmos building como una ola, su clítoris vibrando bajo la succión.

—Métemela ya, Diego —suplicó, empinada como gata en celo.

Él se colocó atrás, condón puesto en segundos —siempre responsable, el cabrón—. La cabeza abriéndose paso en su entrada estrecha, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Pinche grande, me parte en dos. Empujó hondo, llenándola por completo, y Mariana vio estrellas. Ritmo lento al inicio, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, olor a sexo impregnando el aire.

Aceleró, una mano en su cadera, otra pellizcando pezón. Ella empujaba hacia atrás, coño apretando su verga como vicio. —¡Más fuerte, wey! —gritó, sudor goteando entre sus senos. Diego la volteó, piernas sobre sus hombros, penetrándola profundo, ojos clavados en los de ella. Besos salvajes, gemidos sincronizados con el crujir de la cama.

El clímax llegó como terremoto. Mariana se convulsionó primero, paredes internas ordeñando su polla, chorros de placer mojando las sábanas. —¡Me vengo, cabrón! —aulló, uñas clavadas en su espalda. Diego rugió, embistiendo final, eyaculando dentro del condón con espasmos que sintió hasta el alma.

Colapsaron jadeantes, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Diego la besó suave, labios hinchados rozando su frente. —Eres fuego puro, Mariana. El mejor post-partido de mi vida.

Ella sonrió, dedo trazando sus tatuajes, el corazón aún galopando.

"Este futbolista que levanta pasiones me levantó el mundo",
pensó, mientras la ciudad brillaba afuera. Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, promesas de más noches latiendo en el aire tibio.

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