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Pasión Desatada por la Película La Pasión de Cristo de Mel Gibson

5841 palabras

Pasión Desatada por la Película La Pasión de Cristo de Mel Gibson

Era una noche calurosa en el DF, de esas que te pegan el cuerpo al colchón como si el aire mismo quisiera abrazarte. Tú y yo, carnal, nos echamos en la cama de mi depa en la Roma, con el ventilador zumbando perezoso arriba. La neta, no teníamos planes, pero de repente me dio por sacar el DVD de la película La Pasión de Cristo de Mel Gibson. "Órale, güey, ¿por qué no la vemos? Dicen que es heavy", te dije, mientras ponía el disco en el player. Tus ojos se clavaron en mí, con esa chispa que siempre me enciende, como si supieras que esa noche iba a pasar algo más que rezos y cruces.

La pantalla se iluminó con las sombras duras, el sonido de latigazos cortando el aire como cuchillos. Mel Gibson había clavado la cámara en cada gota de sudor, cada vena hinchada en el cuerpo de Cristo. Tú te recargaste en mi hombro, tu aliento cálido rozándome el cuello, oliendo a tequila y chiles de la cena. ¿Por qué carajos esta película me está poniendo cachondo?, pensé, mientras veía la corona de espinas hundiéndose en la piel. Tus dedos jugaban distraídos con el borde de mi playera, subiendo despacito, rozando mi ombligo. El cuarto se llenaba del aroma a palomitas rancias y tu perfume dulzón, mezclado con el sudor que empezaba a perlar mi piel.

En la escena del azote, los golpes resonaban bum bum bum, y tú soltaste un suspiro hondo, apretando mi muslo. "Está cañón, ¿verdad?", murmuraste, tu voz ronca como grava. Yo asentí, pero mi mente ya volaba: imaginaba esos latigazos transformándose en caricias ásperas, en tus uñas arañándome la espalda. Te volteé a ver, tus labios entreabiertos, los ojos brillantes reflejando la luz azulada de la tele.

"Ven pa'cá, mamacita",
te dije bajito, jalándote hacia mí. Nuestras bocas se encontraron suaves al principio, saboreando el salado de la piel, el dulzor de tu gloss de fresa. La película seguía, pero ya éramos nosotros los flagelados por el deseo.

Acto seguido, el beso se volvió hambriento. Tus manos se colaron bajo mi bóxer, encontrando mi verga ya tiesa como madero de cruz. Pinche Mel Gibson, sin querer nos armó este desmadre, me dije riendo por dentro, mientras te quitaba la blusa con dientes, exponiendo tus tetas firmes, pezones duros como piedras de Jerusalén. Los lamí despacio, sintiendo su textura rugosa contra mi lengua, el sabor salobre de tu sudor. Tú gemías bajito, "¡Ay, cabrón, no pares!", arqueando la espalda como si te clavaran los clavos. El sonido de la película se mezclaba con nuestros jadeos: el trueno en la pantalla, tu risa ahogada cuando te chupé el pezón más fuerte.

Te recosté en las almohadas, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Bajé mis besos por tu panza suave, inhalando el olor almizclado de tu entrepierna, ese aroma terroso que me volvía loco. Esto es la verdadera pasión, pensé, mientras te bajaba los calzones de encaje negro. Tu coño brillaba húmedo, labios hinchados invitándome. Metí la lengua despacio, saboreando tu jugo dulce y salado, como néctar prohibido. Tus caderas se movían al ritmo de mis lamidas, "¡Más, pendejo, así!", gritabas, enredando tus dedos en mi pelo. El ventilador seguía girando, mandando ráfagas frías que contrastaban con el calor de tu piel febril.

Pero no querías solo eso. Me jalaste arriba, volteándome como si yo fuera el mártir.

"Ahora yo te doy la pasión, carnal"
, dijiste con ojos de fuego, montándote en mí. Sentí tu calor envolviéndome cuando te hundiste en mi verga, centímetro a centímetro, apretada y resbalosa. ¡Qué chingón! El roce era eléctrico, cada embestida un latigazo de placer. Tus tetas rebotaban al ritmo, sudor goteando entre ellas, cayendo en mi pecho. Yo te amasaba el culo redondo, firme, oliendo a loción de coco y sexo puro. La película llegaba a la crucifixión, clavos hundiéndose con crack sonoros, y nosotros clavándonos mutuamente, gimiendo como posesos.

La tensión subía como la sangre en las venas de Cristo en la pantalla. Tú acelerabas, tus uñas en mi pecho dejando surcos rojos, placer y dolor mezclados. "Te voy a hacer sufrir de gusto", jadeaste, girando las caderas en círculos que me volvían loco. Yo te seguía el paso, embistiéndote desde abajo, sintiendo tus paredes contraerse alrededor de mí, ordeñándome. El cuarto apestaba a sexo: almizcle, sudor, el leve olor a quemado del DVD viejo. Tus gemidos se volvieron gritos, "¡Sí, sí, cabrón, dame todo!", y yo respondía con gruñidos guturales, el corazón latiéndome en la garganta.

En el clímax, cuando la película mostraba la resurrección, nosotros explotamos. Tú te viniste primero, temblando encima de mí, tu coño pulsando como un corazón desbocado, jugos calientes empapándome las bolas. Pinche éxtasis, pensé, mientras mi semen brotaba en chorros dentro de ti, llenándote hasta rebosar. Nos quedamos pegados, resbalosos, jadeando al unísono con el silencio final de la película. Mel Gibson había terminado su obra, pero la nuestra apenas empezaba.

Después, el afterglow nos envolvió como sábana tibia. Te deslicé a mi lado, besándote la frente perlada de sudor, oliendo tu pelo revuelto.

"¿Ves? La Pasión de Cristo de Mel Gibson nos prendió la mecha"
, bromeé, y tú reíste, acurrucándote en mi pecho. "Neta, carnal, fue la mejor versión erótica". Hablamos bajito de la peli, de cómo el dolor se volvía placer, de nosotros. El ventilador secaba nuestro sudor, el cuarto se enfriaba, pero el calor entre nosotros perduraba. Mañana veríamos otra, pero esta noche, tú y yo éramos los inmortales, resucitados en puro gozo.

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