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Intimidad Compromiso y Pasion Desbordante

7155 palabras

Intimidad Compromiso y Pasion Desbordante

Imagina que eres Ana, una chava de veintiocho años que vive en el corazón de la Roma en la Ciudad de México. Tu departamento es un nido chido, con paredes pintadas de colores cálidos y una terraza donde el sol de la tarde se cuela como una caricia. Llevas tres años con Javier, tu carnal, tu todo. Él es alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace derretir cada vez que te ve llegar del trabajo. Hoy es viernes, y el aire huele a tacos de la esquina y a jazmines del vecino. Sales del camión sudando un poquito, con el escote de tu blusa pegado a la piel por el calor bochornoso.

Abres la puerta y ahí está él, en la cocina, removiendo una salsa de chile que impregna el aire con su aroma picante y terroso. Órale, qué rico huele, piensas, mientras tus ojos recorren su espalda ancha bajo la camiseta ajustada. Javier se voltea, te ve y su mirada se enciende como brasas. “Mi reina, ven pa’cá”, dice con esa voz grave que te eriza la piel. Te acercas, y sus brazos te envuelven en un abrazo que aprieta justo lo necesario. Sientes su pecho firme contra tus tetas, el calor de su cuerpo mezclándose con el tuyo, y ese olor suyo, a jabón y hombre, que te hace cerrar los ojos.

Se sientan a cenar en la mesa de madera que compraron juntos en un tianguis de Coyoacán. Hablan de la semana, de lo pendejo que es tu jefe, de cómo él cerró un trato chingón en su oficina. Pero entre risas, sus manos se rozan sobre la mesa, y sientes esa chispa, esa intimidad que han construido con el tiempo. “Sabes, Ana, neta que contigo todo es diferente. Este compromiso nuestro me hace sentir vivo”, murmura él, mirándote fijo a los ojos. Tú sientes un calor subir por tu vientre, una humedad sutil entre las piernas. “Y yo contigo, amor. Es como si cada día creciera más nuestra pasión”. Las palabras salen solas, cargadas de promesas.

Tú piensas: Neta, cómo me prende cuando habla así. Quiero que me coma con los ojos, con las manos, con todo.

La cena termina, y mientras lavas los platos, él se para detrás de ti. Sus manos se posan en tus caderas, firmes pero suaves, y su aliento caliente roza tu cuello. “Déjame ayudarte, mi vida”, susurra, pero en vez de platos, sus dedos trazan círculos lentos sobre tu falda. Sientes el roce de su verga endureciéndose contra tu culo, y un gemido se te escapa. El agua corre, salpicando gotas frías en tus brazos, contrastando con el fuego que sube por tu espina.

Te volteas, y sus labios capturan los tuyos en un beso que empieza tierno, saboreando el chile de la cena en su lengua, pero pronto se vuelve hambriento. Sus manos suben por tu espalda, desabrochando el sostén con maestría, mientras tú tiras de su camiseta, oliendo su sudor fresco mezclado con colonia. Caen al piso en un enredo de ropa, y él te carga hasta la cama, riendo bajito. “Eres mi adicción, Ana”. El colchón se hunde bajo su peso, y tú estás debajo, sintiendo cada centímetro de su piel contra la tuya, suave como terciopelo ardiente.

La luz de la lámpara pinta sombras doradas en sus músculos, y tú recorres con las yemas de los dedos el camino desde su pecho hasta su abdomen marcado. Él besa tu cuello, chupando suave, dejando un rastro húmedo que se enfría al aire, erizándote los vellos. Baja por tus tetas, lamiendo un pezón rosado hasta endurecerlo, mordisqueando lo justo para que duela rico. ¡Ay, cabrón!, jadeas, arqueando la espalda. Su boca sigue bajando, besando tu vientre, inhalando profundo el aroma almizclado de tu excitación que ya moja las sábanas.

Tú lo empujas juguetona, invirtiendo posiciones. Ahora él está abajo, y tú te sientas a horcajadas sobre sus muslos. Tomas su verga en la mano, gruesa y palpitante, con venas que laten bajo tu palma caliente. La acaricias despacio, sintiendo su suavidad aterciopelada sobre la dureza de acero, y él gime ronco, “Ana, qué chingón se siente”. La lames desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen, mientras tus tetas rozan sus piernas. Él enreda los dedos en tu pelo, no empujando, solo guiando con ternura.

En tu mente: Esta intimidad es nuestra, forjada en el compromiso que nos ata y la pasión que nos quema. No hay nada más puro.

Pero no quieres que acabe tan pronto. Te subes más arriba, rozando tu concha mojada contra su polla, lubricándola con tus jugos que gotean calientes. El roce es eléctrico, enviando chispas por tu clítoris hinchado. Él agarra tus nalgas, amasándolas fuerte, separándolas para que el aire fresco bese tu ano. “Métetela ya, mi amor”, ruega con voz entrecortada. Tú sonríes pícara, “A poco tan apurado, pendejo”. Bajas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te estira, te llena hasta el fondo. Un grito ahogado sale de tu garganta, y él gruñe profundo, como animal satisfecho.

Empiezas a moverte, lento al principio, sintiendo cada embestida rozar ese punto dentro de ti que te hace ver estrellas. El sonido de piel contra piel llena la habitación, chapoteos húmedos mezclados con vuestros jadeos. Sudor perla en su frente, gotea a su pecho, y tú lo lames, salado y cálido. Acelera el ritmo, tus caderas girando en círculos que lo vuelven loco. Sus manos suben a tus tetas, pellizcando pezones, y tú sientes el orgasmo construyéndose, una ola que aprieta tu vientre, hace latir tu corazón como tamborazo en una fiesta.

Él se incorpora, sentándote en su regazo, cara a cara. Ahora follan profundo, íntimo, mirándose a los ojos. “Te amo, Ana. Este compromiso es eterno”, dice entre embestidas. Tú respondes con besos feroces, mordiendo su labio inferior. “Y esta pasión nos va a consumir”. El clímax te golpea primero, un estallido que te sacude entera, contrayendo tu concha alrededor de su verga en espasmos rítmicos. Gritas su nombre, “¡Javier!”, mientras olas de placer te barren, dejando tu piel hipersensible, cada roce como fuego.

Él te sigue segundos después, gruñendo salvaje, llenándote con chorros calientes que sientes palpitar dentro. Se queda quieto, abrazándote fuerte, vuestros corazones galopando al unísono. Caen de lado, aún unidos, riendo entre jadeos. El aire huele a sexo, a sudor y semen, a jazmines lejanos. Sus dedos trazan patrones perezosos en tu espalda, y tú besas su hombro, saboreando la sal.

Después, en la quietud, se duchan juntos bajo el agua tibia que lava el sudor pero no el recuerdo. En la cama, envueltos en sábanas frescas, él te acurruca contra su pecho. “Neta que contigo la intimidad es otro nivel, amor”. Tú suspiras contenta, sintiendo su calor envolverte como manta. Piensas en el futuro, en bodas locas en Xochimilco, en noches como esta por venir. La pasión se apaga en brasas, lista para encenderse de nuevo.

Duermes con su mano en tu cadera, soñando con más. Mañana será otro día, pero esta noche, el compromiso y la pasión han sellado todo.

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