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Sucesos Extraños y Ardientes en la Filmación de la Pasión de Cristo

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Sucesos Extraños y Ardientes en la Filmación de la Pasión de Cristo

Yo era solo una chava mexicana de treinta tacos, contratada como asistente de vestuario en el set de La Pasión de Cristo en Matera, Italia. Neta, nunca imaginé que terminaría metida en algo tan cabrón. Venía de la Ciudad de México, con mi morena piel brillando bajo el sol italiano, y un cuerpo que no pasaba desapercibido: curvas generosas, tetas firmes y un culo que hacía voltear cabezas. Pero allá, entre el polvo de las calles antiguas y las cruces de madera, el ambiente era pesado, como si el aire oliera a sudor y a algo más primitivo.

El primer día, mientras ajustaba las túnicas raídas a los extras que fingían ser romanos, oí los chismes. "¿Ya supiste de los sucesos extraños en la filmación de La Pasión de Cristo?" me dijo Luca, un italiano grandote que manejaba luces. Hablaba de sombras que se movían solas, susurros en latín durante las noches, y un par de actores que juraban haber sentido toques fantasmales en la piel. Yo me reí, pendeja, pensando que era puro cuento para impresionar a la morra nueva. Pero cuando vi a Marco, el actor que hacía de centurión, algo se removió en mis entrañas.

Marco era un wey de fortyish, musculoso como toro, con ojos negros que te desnudaban y una barba que picaba rico al roce. Ese día, durante la escena de la flagelación, el látigo chasqueaba en el aire seco, y el eco de los gritos de Jim Caviezel ponía los nervios de punta. Yo le ceñía el cinturón de cuero a Marco, mis dedos rozando su abdomen duro, oliendo su sudor salado mezclado con el aroma terroso de la tierra.

"Cuidado, preciosa, que me pones a mil",
me susurró al oído, su aliento caliente como brisa del desierto. Sentí un cosquilleo entre las piernas, pero me hice la loca. Esto es trabajo, carnala, no te pongas caliente aquí, me dije.

La noche cayó como plomo, y el set se iluminó con antorchas que crepitaban, lanzando sombras danzantes sobre las piedras. Estábamos grabando la traición en el huerto, con olivos retorcidos que susurraban con el viento. Yo esperaba en una esquina, cosiendo un dobladillo, cuando las luces parpadearon. Un zumbido bajo, como un enjambre de abejas, llenó el aire. Los demás se quejaron, pero Marco se acercó, su sombra envolviéndome.

"¿Sientes eso? Como si el mismísimo diablo anduviera suelto", dijo, su voz ronca. Nos quedamos solos en esa penumbra, el olor a humo de las antorchas mezclándose con su esencia masculina, ese almizcle que me hacía mojarme sin remedio. Mi corazón latía como tambor, y un escalofrío me recorrió la espina, bajando hasta mi entrepierna. ¿Qué chingados pasa aquí? Estos sucesos extraños en la filmación de La Pasión de Cristo me están volviendo loca, pensé, mientras su mano rozaba mi brazo, enviando chispas por mi piel.

Él me jaló detrás de un muro derruido, lejos de las cámaras.

"No aguanto más verte mover ese culazo sin tocarte",
gruñó, y yo, en lugar de apartarme, me pegué a él. Nuestros labios chocaron con hambre, su lengua invadiendo mi boca con sabor a vino tinto y deseo crudo. Sus manos grandes amasaron mis nalgas, apretando la carne suave bajo la falda ligera, mientras yo gemía bajito, sintiendo su verga dura contra mi vientre. El viento traía ecos de oraciones lejanas, pero nada importaba ya. Era consensual, puro fuego mutuo, como si los espíritus del set nos bendijeran con lujuria.

La tensión creció esa semana. Cada día, más sucesos raros: un viento helado que levantaba las túnicas, revelando cuerpos sudorosos; susurros que decían palabras prohibidas en arameo, encendiendo fantasías. Marco y yo nos escapábamos en breaks. Una tarde, en el camerino improvisado, olía a loción y a sexo anticipado. Me sentó en la mesa de maquillaje, separó mis muslos con rudeza tierna. Su aliento en mi coño era como fuego líquido. Lamía despacio, su lengua áspera trazando círculos en mi clítoris hinchado, saboreando mis jugos dulces y salados. Yo arqueaba la espalda, mis uñas clavándose en su nuca, oliendo mi propia excitación mezclada con su sudor. "¡Ay, wey, chúpame más duro, cabrón!" le rogaba, y él obedecía, metiendo dos dedos gruesos que me follaban rítmicamente, haciendo que mis paredes se contrajeran en espasmos.

Pero había conflicto adentro mío.

Esto es pecado en medio de una película sobre Jesús, ¿no? ¿O es que estos sucesos extraños nos liberan?
Me debatía entre la culpa católica de mi upbringing mexicano y el placer que me hacía sentir viva, empoderada. Marco lo notaba, me besaba el cuello, murmurando "Déjate llevar, mi reina, esto es nuestro". Una noche, durante la crucifixión falsa, el trueno retumbó de verdad, lluvia torrencial empapándonos. Corrimos a una ruina cercana, ropa pegada al cuerpo, pezones duros marcándose bajo la blusa mojada. Él me arrancó la tela, chupando mis tetas con avidez, mordisqueando los pezones hasta que dolían placenteramente. Yo bajé su pantalón, agarrando su polla venosa, palpitante, oliendo a hombre puro. La masturbé lento, sintiendo la piel suave sobre el acero, gotas de precum resbalando por mis dedos.

La intensidad subió como fiebre. En el acto final del rodaje, el set vibraba con energía sobrenatural. Luces estroboscópicas sin causa, gemidos que no eran del actor principal. Marco y yo nos colamos en la cueva usada para escenas de tentación. El aire húmedo olía a musgo y a nuestros sexos ansiosos. Me puso de rodillas en la tierra fría, su verga rozando mis labios carnosos. La tragué entera, saboreando el salado almizcle, mi garganta acomodándose a su grosor mientras él gemía "¡Sí, mámacita, trágatela toda!". Tosí un poco, pero seguí, mis manos en sus bolas pesadas, sintiendo el pulso acelerado.

Me levantó, me empotró contra la pared rugosa, que raspaba mi espalda de forma deliciosa. Entró en mí de un empujón, llenándome hasta el fondo, su pubis chocando contra mi clítoris. "¡Fóllame fuerte, mi centurión!" grité, y él obedeció, embistiéndome con ritmo salvaje, piel contra piel chapoteando, sudor goteando entre nosotros. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes sensibles, el olor a sexo crudo impregnando el aire, mis gemidos mezclándose con el goteo de la lluvia afuera. Mi orgasmo llegó como avalancha, contrayéndome alrededor de él, leche caliente salpicando mis muslos mientras él rugía y se vaciaba dentro, pulsos calientes inundándome.

Después, jadeantes en el suelo, su cabeza en mi pecho, el mundo real volvió. Los sucesos extraños cesaron esa noche, como si el set nos hubiera usado para exorcizar algo. ¿Fantasmas? ¿O solo nuestra propia pasión desatada? Marco me besó suave,

"Eres mi milagro en esta locura",
dijo. Volví a México con el cuerpo marcado por sus besos, el alma en paz. Aquellos sucesos extraños en la filmación de La Pasión de Cristo no fueron maldición, sino bendición carnal, un recordatorio de que el deseo humano es tan eterno como la historia que filmamos.

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