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Ejemplos de Pasiones Desordenadas

6928 palabras

Ejemplos de Pasiones Desordenadas

La noche en Guadalajara olía a elotes asados y a jazmín fresco, con ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos. Ana caminaba por las calles empedradas del centro, el vestido rojo ceñido a su piel morena como una segunda capa, sintiendo cómo el aire nocturno le erizaba los vellos de los brazos. Hacía meses que no salía así, libre, sin el peso de la rutina de oficina y familia. Esa fiesta en la casa de su prima prometía ser una de esas donde el tequila corre como agua y las risas se mezclan con la música de banda.

Entró al patio iluminado con guirnaldas de luces, el sonido de trompetas y tambores retumbando en su pecho. Ahí estaba él, Javier, con esa sonrisa pícara que siempre la desarmaba. Alto, con el cabello negro revuelto y una camisa blanca que marcaba sus hombros anchos. Habían sido amantes hace años, antes de que la vida los separara en caminos distintos. Ahora, ambos solteros, adultos cabales, listos para lo que viniera. Sus ojos se cruzaron, y Ana sintió un cosquilleo en el vientre, como si el mundo se detuviera en ese instante.

¿Qué chingados hago aquí pensando en él otra vez? se dijo, mientras se acercaba al mesón por un vaso de paloma. Javier la siguió con la mirada, y pronto estaba a su lado, su aliento cálido rozándole la oreja.

Órale, Ana, ¿sigues tan rica como siempre o qué? —le dijo con esa voz ronca, juguetona, que le aceleraba el pulso.

Ella rio, girándose para mirarlo de frente. Sus dedos rozaron el brazo de él al tomar su vaso, una chispa eléctrica que los hizo sonreír como complices.

No seas pendejo, Javier. Han pasado años, pero neta que no cambias.

La banda tocaba un son juguetón, y él la jaló a la pista improvisada en el patio. Bailaron pegados, sus caderas chocando al ritmo, el sudor comenzando a perlar sus frentes. El olor de su colonia mezclada con el de ella, dulce y almizclado, la mareaba. Cada roce de su mano en su cintura era una promesa, un recordatorio de noches pasadas donde sus cuerpos se enredaban sin control.

En el acto uno de esa noche, la tensión era palpable. Ana sentía su calor irradiando a través de la tela fina, el latido de su corazón contra su pecho. Ejemplos de pasiones desordenadas, pensó, recordando un libro viejo que había leído de joven, lleno de amores caóticos y placenteros. Esto era exactamente eso: un deseo que no seguía reglas, que surgía de la nada y amenazaba con consumirlo todo.

Se apartaron un momento a un rincón sombreado, bajo un árbol de limonero. Sus labios se rozaron primero, tentativos, probando el sabor salado del sudor y el dulzor del tequila en la lengua de él. Ana jadeó suave cuando su mano subió por su muslo, deteniéndose justo antes de lo prohibido en público.

Ven conmigo —susurró él, ojos brillantes de hambre.

Ella asintió, el corazón martilleando. Salieron de la fiesta sin despedidas, caminando rápido hacia su auto estacionado cerca. El trayecto a su departamento en Providencia fue un tormento delicioso: sus manos entrelazadas, robándose besos en los semáforos, el motor rugiendo como su propia excitación.

Al llegar, la puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. Javier la empujó contra la pared del pasillo, sus bocas devorándose con urgencia. El sabor de sus labios era intenso, mezclado con el picor del limón de la bebida. Ana hundió las uñas en su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa que pronto arrancó. Su piel olía a sol y a hombre, cálida y ligeramente salada al lamerle el cuello.

Esto es lo que necesitaba, neta, pensó ella mientras él la cargaba al cuarto, las luces de la ciudad filtrándose por las cortinas. La cama era amplia, sábanas frescas contra su espalda ardiente cuando la depositó ahí. Se desnudaron despacio ahora, saboreando cada centímetro revelado. El vestido rojo cayó al suelo con un susurro, dejando su cuerpo expuesto: pechos firmes, curvas suaves, el calor entre sus piernas ya húmedo de anticipación.

Javier la miró como si fuera un tesoro, sus ojos devorándola. —Eres preciosa, carnala. Siempre lo has sido —murmuró, besando su ombligo, bajando más. Su lengua trazó caminos ardientes por su vientre, hasta llegar a su centro. Ana arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta al sentirlo lamerla despacio, saboreándola con devoción. El sonido húmedo de su boca contra ella, el roce áspero de su barba incipiente en sus muslos internos, la volvían loca. Olía a su propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el aroma de su piel.

En el acto dos, la intensidad crecía como una tormenta. Ella lo volteó, montándose sobre él, queriendo control. Sus manos exploraron su pecho velludo, bajando hasta su miembro duro, palpitante. Lo acarició firme, sintiendo las venas bajo sus dedos, el calor que emanaba. —Qué rico estás, güey —le dijo, riendo bajito antes de guiarlo dentro de ella.

El ingreso fue lento, exquisito, estirándola con placer que rayaba en dolor dulce. Se movieron juntos, ritmados, el slap de piel contra piel llenando la habitación. Sudor goteaba de sus frentes, resbalando por sus cuerpos entrelazados. Ana cabalgaba fuerte, sus pechos rebotando, uñas clavadas en sus hombros. Él gruñía, manos apretando sus caderas, guiándola más profundo.

Pasiones desordenadas, sí, pero qué chingón se siente dejarse llevar
pensó ella, mientras el clímax se acercaba. Javier la volteó de nuevo, embistiéndola desde arriba, sus cuerpos chocando con fuerza. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso y embriagador. Ella mordió su hombro para ahogar un grito cuando el orgasmo la atravesó, olas de placer convulsionándola, músculos apretándolo dentro.

Él la siguió segundos después, un rugido gutural escapando mientras se derramaba en ella, caliente y abundante. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa contra piel. El silencio post-coital era roto solo por sus respiraciones entrecortadas y el lejano rumor de la ciudad.

En el acto tres, el afterglow los envolvió como una manta suave. Javier la abrazó por detrás, besando su nuca húmeda. —Esto no termina aquí, ¿verdad? —preguntó, voz ronca de satisfacción.

Ana sonrió, girándose para mirarlo a los ojos. Sintió su semen resbalando entre sus piernas, un recordatorio íntimo y posesivo. —Neta que no, pendejo. Esto es solo el principio de más ejemplos de pasiones desordenadas.

Se quedaron así, hablando bajito de recuerdos y futuros posibles, cuerpos entrelazados hasta que el sueño los venció. Al amanecer, el sol filtrándose por la ventana pintó sus formas doradas, un cierre perfecto a una noche que había reordenado sus almas caóticas con puro fuego.

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