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Pasión de Gavilanes Capítulo 89 Deseos Prohibidos

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Pasión de Gavilanes Capítulo 89 Deseos Prohibidos

La noche caía sobre la hacienda como un manto de terciopelo negro, con el aroma a jazmín flotando en el aire cálido del campo mexicano. Rosalba, con su vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas por el bochorno, caminaba descalza por el porche de madera. Sus pies sentían la aspereza de las tablas calientes del día, y el sonido distante de los grillos la envolvía como una sinfonía secreta. Adentro, en la sala iluminada por una lámpara tenue, su amante, Rodrigo, la esperaba con una cerveza en la mano, los ojos fijos en la pantalla del televisor.

Pasión de Gavilanes capítulo 89, repetía la voz del locutor en su mente mientras se acercaba. Esa telenovela los había unido meses atrás, cuando empezaron a verse a escondidas, robándose momentos como los hermanos Reyes con las Elizondo. Rosalba sentía un cosquilleo en el estómago, una mezcla de nostalgia y deseo que le subía por las piernas. Rodrigo, con su camisa desabotonada dejando ver el vello oscuro de su pecho, levantó la vista y sonrió con esa picardía que la volvía loca.

Ven acá, mi reina —dijo él, con voz ronca, extendiendo la mano—. Este capítulo siempre me prende. ¿Te acuerdas cómo terminaba la última vez que lo vimos?

Rosalba se sentó a su lado, su muslo rozando el de él, sintiendo el calor que irradiaba de su piel morena. El olor a su colonia mezclada con sudor fresco la invadió, haciendo que su pulso se acelerara. En la pantalla, los amantes se besaban con furia bajo la lluvia, y ella no pudo evitar imaginarlos a ellos dos en esa escena.

Neta, wey, esto es como si fuera nuestro capítulo
, pensó, mordiéndose el labio inferior.

La tensión entre ellos había crecido durante semanas. Él trabajando en el rancho vecino, ella atendiendo la casa familiar. Mensajes picantes de noche, promesas de lo que harían cuando por fin estuvieran solos. Ahora, con la hacienda vacía por el viaje de sus padres, el aire se cargaba de promesas incumplidas.

El beso empezó suave, como un roce de alas de mariposa. Los labios de Rodrigo sabían a cerveza fría y a tabaco dulce, y Rosalba suspiró contra su boca, abriendo los labios para recibir su lengua. Sus manos grandes subieron por su espalda, desatando el lazo del vestido con dedos temblorosos. Ella sintió el aire fresco en su piel desnuda, los pezones endureciéndose al instante bajo la mirada hambrienta de él.

Eres tan chingona, Rosalba —murmuró él, bajando la cabeza para lamer el hueco de su cuello, inhalando su perfume natural de mujer, ese almizcle que lo volvía loco—. Me tienes bien puesto desde que entraste.

Ella rio bajito, un sonido gutural que vibró en su pecho, y deslizó la mano por su entrepierna, sintiendo la dureza de su verga a través del pantalón. Qué rica se siente, gruesa y lista para mí, pensó, apretando un poco para oírlo gemir. El televisor seguía zumbando de fondo, pero ya nadie prestaba atención; el deseo los había atrapado como en Pasión de Gavilanes capítulo 89, donde la pasión estallaba sin control.

Se levantaron como uno solo, tropezando hacia el sofá amplio. Rosalba lo empujó suavemente, montándose a horcajadas sobre él, sus nalgas redondas presionando contra su erección. El roce de la tela áspera contra su concha húmeda la hizo jadear. Él levantó su vestido del todo, exponiendo su cuerpo al resplandor anaranjado de la lámpara. Sus dedos exploraron, trazando la curva de sus senos, pellizcando los pezones hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo alto.

¡Ay, cabrón, no pares! —suplicó ella, moviendo las caderas en círculos lentos, lubricándose con su propia excitación que chorreaba por sus muslos.

Rodrigo gruñó, un sonido animal que retumbó en su garganta, y la volteó con facilidad, poniéndola de rodillas en el sofá. El cuero viejo crujió bajo su peso, y ella sintió su aliento caliente en la nuca mientras él bajaba los pantalones. La verga saltó libre, golpeando su nalga con un plaf húmedo. Olía a hombre puro, a deseo crudo, y Rosalba giró la cabeza para verlo: venosa, palpitante, la punta brillando con precúm.

Él se arrodilló detrás, separando sus piernas con las rodillas. Sus manos amasaron sus nalgas, abriéndolas para exponer su entrada rosada y empapada.

Te voy a comer viva, mi amor
, pensó él, y hundió la cara entre sus cachetes. La lengua de Rodrigo era fuego líquido, lamiendo desde el clítoris hasta el ano, saboreando su jugo salado y dulce. Rosalba gritó, clavando las uñas en el respaldo, el placer subiendo como una ola desde su vientre. El sonido de su chupeteo obsceno llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos ahogados.

¡Más, pendejo, métemela con la lengua! —exigió ella, empujando hacia atrás, sintiendo cómo su nariz rozaba su piel sensible.

El build-up era insoportable ahora. Cada lamida enviaba chispas por su espina, sus pechos balanceándose pesados, el sudor perlando su frente. Rodrigo se incorporó, frotando la verga contra su raja, untándola de sus fluidos. Ella sintió la presión en la entrada, el grosor estirándola poco a poco. Entró de un solo empujón suave, llenándola hasta el fondo, y ambos jadearon al unísono.

El ritmo empezó lento, sensual, como un baile ranchero. Sus caderas chocaban con plafs rítmicos, el olor a sexo invadiendo todo: sudor, fluidos, piel caliente. Rosalba giró la cabeza para besarlo torpemente, mordiendo su labio inferior mientras él la embestía más fuerte. Esto es mejor que cualquier telenovela, pensó ella, recordando fugazmente la pantalla donde los amantes de Pasión de Gavilanes capítulo 89 se entregaban al fin.

La intensidad creció. Rodrigo la volteó de nuevo, poniéndola boca arriba para mirarla a los ojos. Sus cuerpos se unieron en misionero profundo, piernas enredadas, uñas arañando espaldas. Ella envolvió sus tobillos tras su cintura, urgiéndolo más adentro. El clítoris rozaba su pubis con cada estocada, enviando descargas eléctricas. Gemidos se volvieron gritos: ¡Sí, así, fóllame duro! —chillaba ella, y él respondía con gruñidos primitivos, el sudor goteando de su frente a sus senos.

El clímax se acercaba como un tren desbocado. Rosalba sintió la contracción en su vientre, el calor acumulándose.

Ya viene, no pares, mi rey
. Rodrigo aceleró, sus bolas golpeando su culo, la verga hinchándose dentro. Ella explotó primero, un orgasmo que la sacudió entera: paredes convulsionando, jugos salpicando, un alarido gutural escapando de su garganta. Él la siguió segundos después, vaciándose en chorros calientes, rugiendo su nombre mientras temblaba.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos unidos aún. El aire olía a clímax compartido, a paz después de la tormenta. Rosalba acarició su cabello húmedo, sintiendo su corazón latiendo contra el suyo. Afuera, los grillos seguían cantando, indiferentes.

Te amo, wey —susurró ella, besando su hombro salado.

Él sonrió, aún dentro de ella, suave ahora. —Y yo a ti, mi Gavilana. Como en ese capítulo, pero nuestro, neta.

Se quedaron así hasta que el sueño los venció, envueltos en sábanas revueltas, con el eco de su pasión resonando en la hacienda. Mañana sería otro día, pero esa noche, en su rincón del mundo, habían escrito su propio final ardiente.

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