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Pasión por la Limpieza Netflix

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Pasión por la Limpieza Netflix

Estaba sola en mi depa de la Roma Norte, con el pinche calor de la tarde pegándome en la piel como una caricia húmeda. El ventilador zumbaba perezoso, moviendo el aire cargado de olor a café recién hecho y a mi loción de vainilla. Me tiré en el sofá, las piernas abiertas sobre el otoman, con la laptop en el regazo y Netflix abierto en Pasión por la Limpieza, mi guilty pleasure absoluto. Wey, qué chido era ver a esas morras y carnales obsesionados con el orden, frotando superficies hasta que brillaran, sudando con esa dedicación que me ponía la piel de gallina.

La presentadora, una tipa regia con curvas que no mentían, pasaba el trapo por el mármol de una cocina como si estuviera haciendo el amor.

Pinche pasión por la limpieza Netflix, neta que me prende
, pensé, mientras sentía un cosquilleo entre las piernas. Mis dedos jugaban distraídos con el borde de mi shortcito de algodón, que ya se me había subido un poco. El sonido del chorro de agua, el roce áspero de las esponjas, el vapor subiendo... todo eso me hacía imaginar mis manos en algo más que muebles.

De repente, toquido en la puerta. Era Javier, mi vecino del pasillo, el wey alto con ojos cafés que siempre me guiñaba el ojo en el elevador. Traía una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans rotos que le quedaban como pintados. Qué rico se ve sudado, se me cruzó por la mente.

Oye, Ana, ¿me prestas tu cargador? El mío se jodió —dijo con esa voz grave que me erizaba los vellos de la nuca.

Lo invité a pasar sin pensarlo dos veces. Pasión por la limpieza Netflix de fondo, perfecto timing. Se sentó a mi lado, oliendo a colonia fresca y a algo masculino, como tierra mojada después de la lluvia. Le expliqué mi adicción al show mientras le pasaba el cargador.

Neta, wey, esta serie me encanta. Mira cómo limpian con tanta pasión. Me dan ganas de agarrar un trapo ahorita mismo —le dije, riéndome nerviosa, sintiendo el calor subir por mis mejillas.

Javier sonrió de lado, esa sonrisa pícara que prometía problemas buenos. —Pos yo te ayudo, carnala. ¿Qué hay que limpiar? Tu depa está impecable, pero si te late...

Ahí empezó todo. Mi corazón latió más fuerte, como tambor en fiesta. Le dije que sí, que la cocina estaba hecha un desastre con platos de tacos de anoche. Nos paramos, y mientras el episodio seguía sonando —voces expertas hablando de desengrasantes—, agarré el estropajo y el jabón. Javier se remangó la camiseta, mostrando unos antebrazos fuertes, venosos, que me hicieron tragar saliva.

El agua corría caliente del grifo, salpicando nuestras manos. Yo frotaba un plato, sintiendo la espuma resbalosa entre los dedos, y él se acercó por detrás para alcanzar el detergente. Su pecho rozó mi espalda, un toque eléctrico que me hizo jadear bajito. Olía a él, a sudor limpio mezclado con el limón del jabón. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras mi cuerpo respondía con un pulso traicionero en la ingle.

Mira, así se hace —murmuró en mi oído, su aliento cálido rozándome la oreja. Sus manos cubrieron las mías sobre el plato, guiándome en círculos lentos, firmes. El roce era deliberado ahora, no accidental. Sentí su verga endureciéndose contra mi culo a través de la tela delgada. No me moví. Al contrario, arqueé la espalda un poquito, invitándolo sin palabras.

El episodio en la tele hablaba de limpiar azulejos con vinagre, pero yo ya no escuchaba. Mi piel ardía, los pezones duros contra mi blusa holgada. Javier soltó el plato y sus manos subieron por mis brazos, resbalosas de jabón, hasta mi cuello. Me giró despacio, nuestros ojos se clavaron. —Ana, neta que tu pasión por la limpieza Netflix me está poniendo como loco —dijo, con voz ronca.

Lo besé primero, empoderada, saboreando sus labios salados, su lengua invadiendo con hambre contenida. Nuestras bocas chocaban húmedas, el sabor a menta de su chicle mezclándose con el mío de fresa. Sus manos bajaron a mi cintura, levantando mi blusa, tocando mi piel desnuda, suave como terciopelo. Gemí contra su boca cuando sus dedos rozaron la curva de mis tetas.

Nos movimos a la sala sin despegar-nos, tirando el trapo al piso. El sofá nos recibió mullido, con el Netflix pausado en una escena de pulido intenso. Javier me quitó la blusa de un jalón, exponiendo mis tetas al aire fresco. Las miró con deseo puro, lamiéndose los labios. Soy yo la que manda aquí, pensé, mientras lo empujaba para que se sentara y me subía a horcajadas sobre él.

Mis caderas se mecían lentas, frotándome contra su erección dura como piedra. Sentía el calor de su verga palpitando a través de los jeans, mi chochita ya mojada, empapando el short. Le quité la camiseta, oliendo su piel salada, besando su pecho, mordisqueando un pezón oscuro. Él gruñó, pendejo cachondo, y sus manos amasaron mis nalgas, apretando con fuerza que dolía rico.

Quítate eso, Ana, déjame verte toda —suplicó, ojos oscuros de lujuria.

Me paré un segundo, solo para bajarme el short y las panties de un tiro, quedando desnuda frente a él. Mi cuerpo moreno brillaba bajo la luz de la tarde, el vello púbico recortado enmarcando mi sexo hinchado. Javier se desabrochó los jeans con prisa, sacando su verga gruesa, venosa, la cabeza roja goteando pre-semen. La tomé en mi mano, suave y dura a la vez, masturbándolo despacio mientras él gemía mi nombre.

Me arrodillé entre sus piernas, el piso fresco contra mis rodillas, y lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada, muscular. Su mano enredada en mi pelo, guiándome sin forzar, solo animando. Chupé más profundo, la garganta acomodándose a su tamaño, saliva resbalando por mi barbilla. Él jadeaba, —Qué rica boca, wey, no pares.

Pero yo quería más. Me levanté, empujándolo al sofá, y me senté en su regazo, empalándome despacio en su verga. Ay, cabrón, el estiramiento ardía delicioso, llenándome hasta el fondo. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando mi piel. El sonido de piel contra piel, chapoteos húmedos, llenaba el depa junto a nuestros gemidos. Sus manos en mis caderas, ayudando el ritmo, pulgares presionando mi clítoris hinchado.

La tensión crecía, como un trapo apretado a punto de reventar. Sentía el orgasmo subiendo, cosquilleo en el vientre, piernas temblando. Javier se incorporó, mamando mis tetas, mordiendo suave mientras yo aceleraba.

Ven conmigo, pendejo, hazme explotar
, le susurré al oído.

Explotamos juntos. Mi chochita se contrajo alrededor de su verga, chorros de placer sacudiéndome, uñas clavadas en su espalda. Él gruñó profundo, llenándome con su leche caliente, pulsos interminables. Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas de sudor y fluidos.

Después, envueltos en una cobija, con Netflix retomado en otro episodio de Pasión por la Limpieza. Su cabeza en mi hombro, dedo trazando círculos en mi muslo. —Neta, Ana, tu pasión por la limpieza Netflix es contagiosa. ¿Repetimos la limpieza mañana? —dijo riendo bajito.

Sonreí, besando su frente, sintiendo el afterglow cálido en el pecho. Chingón, esto apenas empieza. El depa olía a sexo y jabón, perfecto desorden ordenado.

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