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Pasion de Gavilanes Capitulo 1 El Fuego del Primer Roce

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Pasion de Gavilanes Capitulo 1 El Fuego del Primer Roce

En las vastas extensiones del rancho en Sinaloa, donde el sol besa la tierra con un calor que quema el alma, Jimena Elizondo caminaba por los corrales con el corazón latiéndole fuerte. El aire olía a heno fresco y a tierra húmeda después de la lluvia matutina, y el relincho de los caballos se mezclaba con el canto de los grillos. Tenía veinticinco años, el cuerpo curvilíneo que volvía locos a los vaqueros del pueblo, y una melena negra que caía como cascada sobre sus hombros bronceados. Pero esa tarde, algo cambió. Llegaron ellos: los hermanos Reyes, apodados Gavilanes por su vuelo feroz y su mirada depredadora. Franco, el mayor, con ojos verdes que perforaban el alma y un torso marcado por el trabajo rudo bajo la camisa ajustada.

Jimena los vio desde la veranda de la hacienda, su piel erizándose al instante. ¿Qué carajos me pasa? pensó, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. Franco desmontó del caballo con gracia felina, el sudor perlándole la frente y goteando por su cuello hasta perderse en el pecho velludo. El olor a hombre, a cuero y a esfuerzo la golpeó como una ola cuando se acercó para saludar. “Buenas tardes, señorita”, dijo con voz grave, como ronroneo de jaguar, extendiendo una mano callosa que ella tomó temblorosa. El contacto fue eléctrico: piel áspera contra la suya suave, pulso acelerado latiendo contra su palma.

La cena familiar esa noche fue tensa. Los Reyes habían llegado para trabajar en el rancho, contratados por el padre de Jimena tras rumores de venganza por una vieja deuda. Pero Jimena no podía quitarle los ojos de encima a Franco. Él la devoraba con la mirada también, un fuego silencioso que hacía que su panocha se humedeciera bajo la falda ligera. “Qué chingón está este wey”, se dijo a sí misma, mordiéndose el labio mientras servía el mole picante. El picor en la lengua era nada comparado con el ardor que crecía en su vientre.

Después de la comida, la música ranchera llenó el patio. Mariachis tocaban El Rey con trompetas que vibraban en el pecho. Franco la invitó a bailar, su mano grande en la cintura de ella, atrayéndola cerca. “¿Bailas conmigo, mija?”, murmuró al oído, su aliento cálido oliendo a tequila y tabaco. Jimena asintió, el corazón desbocado. Sus caderas se mecían al ritmo, cuerpos pegándose más de lo decente. Sentía la dureza de su verga presionando contra su muslo, gruesa y pulsante bajo los jeans gastados. “Estás bien rica, Jimena”, le susurró, y ella rio nerviosa, un escalofrío recorriéndole la espina.

No puedo resistir más, wey. Quiero sentirte dentro”, pensó ella, mientras sus pechos rozaban el torso de él con cada giro.

La fiesta se alargó, pero Jimena lo tomó de la mano y lo llevó hacia el granero, el corazón martilleando como tambor. La noche era tibia, estrellas brillando como testigos mudos. Dentro, el olor a paja y estiércol se mezclaba con el aroma almizclado de sus cuerpos excitados. Franco la acorraló contra una pila de heno, sus labios capturando los de ella en un beso hambriento. Sabían a tequila y a deseo puro, lenguas enredándose con urgencia. “Te quiero desde que te vi, nena”, gruñó él, manos grandes subiendo por sus muslos, arrugando la falda hasta la cintura.

Jimena jadeaba, el sonido de su respiración entrecortada llenando el espacio. Sus dedos desabotonaron la camisa de él, revelando un pecho ancho cubierto de vello oscuro, músculos tensos que olían a sudor salado. Lo lamió, saboreando la sal en su piel, mientras él gemía bajito, “Así, mi reina, chúpame así”. Bajó la cabeza, besando su abdomen marcado, hasta llegar al bulto en sus pantalones. Lo liberó con manos temblorosas: la verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. “Qué pedazo de pito, Franco”, murmuró ella, admirándola con ojos hambrientos.

Él la levantó como si no pesara, sentándola en un fardo de heno. Le quitó la blusa, exponiendo sus tetas grandes y firmes, pezones oscuros endurecidos. Los succionó con avidez, mordisqueando suave, haciendo que ella arqueara la espalda y gritara de placer. “¡Ay, cabrón, qué rico!” El toque de su boca era fuego líquido, lengua girando alrededor de los botones sensibles. Jimena metió la mano en su calzón, encontrando su concha empapada, labios hinchados y clítoris palpitante. Se tocó despacio al principio, pero él apartó su mano: “Déjame a mí, corazón”.

Sus dedos callosos exploraron su intimidad, deslizándose en el calor húmedo. “Estás chorreando, Jimena, neta que me vuelves loco”, dijo, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos para rozar ese punto que la hacía ver estrellas. Ella se retorcía, uñas clavándose en sus hombros, el sonido chapoteante de su coño mojado mezclándose con sus gemidos. El olor a sexo llenaba el granero, almizcle dulce y primitivo. “Fóllame ya, pendejo, no aguanto”, suplicó ella, voz ronca de necesidad.

Franco no se hizo rogar. La penetró de un solo empujón, su verga abriéndose paso en su estrechez ardiente. “¡Qué chingón te sientes, tan apretadita!” gruñó, embistiéndola lento al principio, dejando que ella se acostumbrara a su tamaño. Jimena envolvió las piernas alrededor de su cintura, talones clavándose en su culo firme. Cada estocada era un trueno: piel contra piel, slap slap resonando, sus bolas golpeando su trasero. Sentía cada vena, cada pulso de él dentro, estirándola deliciosamente. El heno pinchaba su espalda, pero el dolor solo avivaba el placer.

Es como si estuviéramos en esa telenovela, Pasión de Gavilanes capítulo 1, pero esto es real, puro fuego mexicano, pensó ella en un arrebato, mientras él aceleraba el ritmo.

La tensión crecía, espiral ascendente. Franco la besaba con fiereza, mordiendo su cuello, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Ella arañaba su espalda, dejando surcos, “Más duro, mi gavilán, rómpeme”. Él obedecía, follándola como animal en celo, sudor goteando de su frente al valle de sus tetas. El clímax la golpeó primero: olas de éxtasis desde el clítoris hasta la punta de los pies, coño contrayéndose alrededor de su pito, chorros de jugo empapando sus muslos. “¡Me vengo, Franco, ay Dios!” gritó, voz quebrada.

Él la siguió segundos después, verga hinchándose, eyaculando chorros calientes dentro de ella, llenándola hasta rebosar. “Toma todo, nena, es tuyo”, rugió, cuerpo temblando. Se quedaron unidos, respiraciones jadeantes sincronizándose, el olor a semen y sudor envolviéndolos como manta. Franco se salió despacio, un hilo blanco conectándolos aún. La besó tierno ahora, lengua suave lamiendo sus labios hinchados.

Se vistieron entre risas y caricias, el granero ahora testigo de su secreto. “Esto apenas empieza, Jimena. Somos gavilanes, volamos alto”, dijo él, guiñando un ojo. Ella sonrió, piernas flojas, concha aún palpitando con réplicas del orgasmo. Caminaron de vuelta a la hacienda bajo la luna, mano en mano, el futuro cargado de promesas ardientes. Esa noche, en su cama, Jimena se tocó recordando cada detalle: el sabor de su piel, el grosor de su verga, el fuego que encendieron. Pasión de Gavilanes, capítulo 1 de nuestra historia, pensó, durmiéndose con una sonrisa satisfecha.

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