Relatos
Inicio Erotismo Pasión y Poder Muerte de Arturo Pasión y Poder Muerte de Arturo

Pasión y Poder Muerte de Arturo

6601 palabras

Pasión y Poder Muerte de Arturo

La noche en Polanco brillaba con luces de neón y el aroma a jazmín flotando en el aire cálido de la Ciudad de México. Yo, Elena, caminaba por el lobby del hotel más exclusivo, mi vestido rojo ceñido a las curvas como una segunda piel, sintiendo las miradas de todos clavadas en mí. Neta, qué chido sentir tanto poder, pensé mientras ajustaba el escote que dejaba ver justo lo suficiente para enloquecer. Ahí estaba él, Arturo, el rey del acero en Monterrey, con su traje impecable y esa sonrisa de tiburón que prometía devorarme entera.

Nos conocimos en una junta hace meses, pero esta era la primera vez que coincidíamos en un evento así. Él se acercó con un tequila en la mano, su colonia cara invadiendo mi espacio personal. "Elena, mi reina, ¿vienes a conquistar o solo a distraerme?" dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho. Le sonreí, juguetona, rozando su brazo con las uñas pintadas de negro. "Arturo, pendejo, vengo por las dos cosas. Pasión y poder, ¿no es lo que todos buscamos?" respondí, y vi cómo sus ojos oscuros se encendían como brasas.

La tensión creció con cada copa. Bailamos salsa en la terraza, sus manos firmes en mi cintura, el sudor perlando su cuello moreno. Olía a hombre, a tabaco fino y deseo crudo. Mi corazón latía fuerte, órale, este cabrón sabe cómo manejar, mientras él me susurraba al oído promesas de noches que no olvidaríamos. Hablamos de negocios, de empires que construíamos, pero debajo de todo bullía esa hambre mutua. Él quería dominar, yo rendirme solo lo justo para contraatacar después.

Subimos a su penthouse en el elevador privado, el silencio cargado de electricidad. Apenas cerré la puerta, me empujó contra la pared, sus labios capturando los míos con urgencia. Sabían a tequila y menta, ásperos pero adictivos. "Te quiero desde que te vi, Elena. Eres fuego puro", gruñó mientras sus manos subían por mis muslos, levantando la falda. Gemí bajito, el roce de sus dedos callosos enviando chispas por mi piel. Pasión y poder, eso es él, y yo no me quedo atrás.

En mi mente, recordé ese libro viejo que leí una vez, Pasión y Poder Muerte de Arturo, una novela prohibida sobre un rey que muere en éxtasis por amor. ¿Sería esta nuestra versión?

Lo besé con fiereza, mordiendo su labio inferior hasta sacarle un jadeo. "Muéstrame ese poder tuyo, Arturo. Hazme tuya, pero no olvides que yo mando también". Reí cuando lo empujé al sofá de cuero negro, montándome a horcajadas. Desabotoné su camisa, lamiendo el salado de su pecho ancho, inhalando su aroma masculino mezclado con el mío, dulce y almizclado. Sus manos amasaron mis nalgas, apretando con fuerza que dolía rico, prometiendo moretones que recordaría mañana.

La habitación se llenó de nuestros jadeos, el sonido de telas rasgándose, el slap slap de piel contra piel cuando lo liberé de sus pantalones. Su verga dura saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi vientre. La tomé en la mano, sintiendo su calor abrasador, el pulso acelerado como un tambor de guerra. "Mírame, wey. Esto es pasión y poder", le dije, acariciándola lento, torturándolo mientras él maldecía en voz baja, "Chingada madre, Elena, me vas a matar".

Me quité el vestido de un tirón, quedando en tanga roja y tacones. Él se incorporó, devorándome con la mirada, sus dedos hurgando entre mis piernas, encontrándome empapada. Sí, así, tócame ahí, pensé mientras introducía dos dedos en mi concha resbaladiza, curvándolos justo en ese punto que me hacía arquear la espalda. Grité su nombre, el placer subiendo como una ola, oliendo mi propia excitación almizclada en el aire cargado.

Lo empujé de nuevo, bajando para tomarlo en la boca. Su sabor salado explotó en mi lengua, grueso llenándome la garganta mientras lo chupaba con hambre, las bolas pesadas lamiéndolas con devoción. Arturo rugió, enredando los dedos en mi cabello negro largo, follando mi boca con empujones controlados. "Eres una diosa, pinche reina", jadeó, su voz ronca como grava. Sentí su tensión, el temblor en sus muslos, pero lo detuve antes del borde, queriendo más.

Escaló cuando me volteó boca abajo en la cama king size, las sábanas de seda fría contra mi piel caliente. Sus besos bajaron por mi espina, mordiendo nalgas, lengua hurgando mi ano con sorpresa deliciosa. No mames, qué rico. Luego, su boca en mi clítoris, succionando fuerte, dedos dentro bombeando. El orgasmo me golpeó como un rayo, mi cuerpo convulsionando, chillidos ahogados en la almohada, sabor a lágrimas de placer en los labios.

Pero no paró. Me puso de rodillas, alineando su verga con mi entrada. "Dime que la quieres, Elena". "Chíngame duro, Arturo. Dame todo tu poder". Empujó de un golpe, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. El dolor-placer inicial dio paso a frenesí, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas resonantes, sudor goteando de su pecho al mío. Olía a sexo puro, a nosotros fundidos.

Me volteó para mirarnos, piernas enredadas, él encima ahora, profundo y lento al principio, construyendo. Nuestros ojos conectados, vi su vulnerabilidad bajo el macho alfa. Esto es más que follar, es rendirnos. Aceleró, gruñendo, mis uñas arañando su espalda, dejando surcos rojos. "Más, cabrón, no pares". El clímax se acercaba, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose dentro.

En el pico, recordé de nuevo esas palabras: Pasión y Poder Muerte de Arturo. Gritó mi nombre, cuerpo tenso como cuerda de arco, explotando en chorros calientes que me inundaron, su "muerte" en éxtasis total, cara contorsionada en gozo agonizante. Yo lo seguí, olas rompiéndome, mordiendo su hombro para no gritar demasiado alto, el mundo disolviéndose en blanco puro.

Caímos exhaustos, su peso sobre mí reconfortante, corazones galopando al unísono. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Sudor secándose en la piel, el cuarto oliendo a semen y jazmín lejano. "Eres increíble, mi amor", murmuró, acariciando mi mejilla. Yo sonreí, trazando su pecho. Pasión y poder, y una muerte que nos revive.

Nos quedamos así hasta el amanecer, planeando imperios juntos, el poder ahora compartido. La noche había sido nuestra leyenda, la Muerte de Arturo no un fin, sino un renacer ardiente.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.