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Pasión de Gavilanes Capítulo 144 Fuego en la Carne

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Pasión de Gavilanes Capítulo 144 Fuego en la Carne

En la hacienda Los Gavilanes, bajo el cielo estrellado de Sinaloa, Gabriela se paseaba por el porche de madera pulida, el aire cargado con el aroma dulce de las bugambilias y el humo lejano de una fogata. Sus pies descalzos rozaban las tablas cálidas, aún reteniendo el calor del sol poniente. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a sus curvas con la brisa nocturna, recordándole lo sola que se sentía esa noche. Hacía días que Miguel andaba distante, envuelto en sus negocios de ganado, pero ella sabía que debajo de esa fachada dura latía el mismo fuego que los había unido años atrás.

¿Por qué carajos tiene que ser tan terco? pensó, mientras se apoyaba en la baranda, mirando las luces parpadeantes de la casa principal. Recordaba las novelas que veía con su comadre, especialmente Pasión de Gavilanes capítulo 144, donde los hermanos Reyes volvían locas a las Urrutia con su pasión desbocada.

"Ay, si Miguel fuera como Franco en ese capítulo, me comería viva aquí mismo",
se dijo, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.

El sonido de un motor rompió la quietud: la camioneta de Miguel rugía por el camino de grava. Su corazón dio un vuelco. Él bajó, alto y moreno, con la camisa blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que ella tanto amaba acariciar. Olía a tierra, sudor fresco y un toque de colonia barata que lo hacía irresistible. Sus ojos negros la devoraron desde la distancia.

—Gabriela, muñeca —dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel—. ¿Me extrañaste?

Ella cruzó los brazos, fingiendo enojo, pero su cuerpo la delataba: los pezones endurecidos bajo la tela fina.

—No seas pendejo, Miguel. Llevas días ignorándome como si fuera una cualquiera.

Él se acercó, lento, como un jaguar acechando. El calor de su cuerpo la envolvió antes de que la tocara. Sus manos grandes, callosas del trabajo, se posaron en su cintura.

—Sabes que te quiero más que a mi vida, corazón. Pero estos pinches compradores me traen de cabeza.

Acto primero: la chispa. Sus labios rozaron los de ella, un beso suave al principio, probando, como el tequila reposado que guardaban para noches especiales. Gabriela suspiró, el sabor salado de su boca invadiéndola, mezclado con el dulzor de su aliento. Sus lenguas danzaron, lentas, explorando, mientras las manos de él subían por su espalda, desatando el lazo del vestido. La prenda cayó como una cascada blanca, dejando su piel expuesta al aire fresco. Él gruñó bajo, un sonido animal que vibró en su pecho contra los senos de ella.

La llevó adentro, al cuarto principal con su cama king size cubierta de sábanas de hilo egipcio, iluminado solo por velas de cera de abeja que goteaban aroma a vainilla. La recostó con cuidado, pero sus ojos ardían con hambre. Gabriela sintió el pulso acelerado en su cuello, el roce áspero de sus jeans contra sus muslos desnudos.

—Te voy a hacer mía toda la noche —murmuró él, quitándose la camisa. Su torso musculoso brillaba con sudor, los músculos abdominales contraídos por el deseo.

En el medio del fuego: la escalada. Gabriela lo jaló hacia ella, arañando su espalda con uñas pintadas de rojo. Siento su calor, su peso delicioso aplastándome justo como quiero, pensó, mientras él besaba su cuello, mordisqueando la piel sensible hasta dejar marcas rosadas. El olor de su excitación llenaba la habitación, almizclado y embriagador, mezclado con el perfume floral de su loción. Sus manos expertas masajearon sus senos, pellizcando los pezones hasta que ella jadeó, arqueando la espalda.

¡Ay, Miguel, qué rico! —gimió, enredando los dedos en su cabello negro revuelto.

Él bajó más, lamiendo el valle entre sus pechos, el ombligo, hasta llegar al triángulo oscuro de su monte de Venus. Su lengua caliente trazó círculos lentos alrededor de su clítoris, succionando con maestría. Gabriela tembló, las piernas abiertas como alas, el sonido húmedo de su boca contra su carne resonando en sus oídos.

"Esto es mejor que cualquier capítulo de telenovela",
se dijo, mientras oleadas de placer la recorrían, el sabor salado de su propia humedad en los labios de él cuando la besó después.

Miguel se desabrochó el cinturón, el tintineo metálico como música erótica. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Ella la tomó en mano, sintiendo la piel aterciopelada sobre el acero duro, el calor irradiando a su palma. Lo masturbó despacio, viendo cómo sus ojos se cerraban de puro gusto.

—Ven, cabrón, métemela ya —suplicó ella, guiándolo hacia su entrada húmeda.

Él empujó con un solo movimiento fluido, llenándola por completo. Gabriela gritó de placer, el estiramiento delicioso, sus paredes internas apretándolo como un guante. Empezaron un ritmo lento, caderas chocando con palmadas húmedas, el sudor perlando sus cuerpos. El aire se llenó de gemidos: los suyos agudos, los de él guturales. Ella clavó las uñas en sus nalgas firmes, urgiéndolo más profundo. Siento cada vena, cada pulso dentro de mí, uniéndonos como uno solo.

La tensión creció, como tormenta en el desierto sinaloense. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo con furia, sus senos rebotando, el cabello cayendo como cascada negra sobre su rostro extasiado. Él la sujetaba por las caderas, embistiéndola desde abajo, el sonido de carne contra carne acelerando. Olía a sexo puro, a pasión cruda, el sabor de sus besos ahora salado por el sudor.

¡Más fuerte, amor, no pares! —jadeaba ella, sintiendo el orgasmo acercarse como un tren desbocado.

Él la volteó de nuevo, poniéndola a cuatro patas, penetrándola por detrás con embestidas salvajes. Sus bolas golpeaban su clítoris, enviando chispas de éxtasis. Gabriela se mordió el labio, el placer rayando en dolor exquisito, hasta que explotó: un grito ronco escapó de su garganta, su cuerpo convulsionando, jugos calientes empapando las sábanas. Miguel la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes llenándola hasta rebosar.

El final: la calma ardiente. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos enredados en un charco de sudor y fluidos. Miguel la besó la frente, suave ahora, su mano acariciando su vientre plano.

—Eres mi todo, Gabriela. Perdóname por ser un idiota.

Ella sonrió, exhausta pero plena, el corazón latiendo en sintonía con el de él.

"Esto supera cualquier Pasión de Gavilanes capítulo 144",
pensó, mientras el aroma de sus cuerpos unidos perduraba en el aire. Afuera, los grillos cantaban, y en la hacienda reinaba la paz de los amantes saciados. Se durmieron así, piel con piel, sabiendo que el fuego nunca se apagaría.

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