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Delicias de la Pasion Deportiva

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Delicias de la Pasion Deportiva

El sol de mediodía caía a plomo sobre el campo de futból en las afueras de la Ciudad de México, pero eso no importaba. Tú estabas ahí, con el balón en los pies, sintiendo cómo el pasto húmedo se pegaba a tus tenis gastados. Habías llegado a este club deportivo chido hace unas semanas, buscando desquitarte del estrés del pinche trabajo de oficina. Pasión deportiva, eso era lo tuyo desde morrillo, y aquí la vivías a full.

Entonces la viste. Se llamaba Karla, una morra de esas que te dejan con la boca abierta: curvas atléticas, piel morena brillando bajo el sudor, coleta alta y ojos negros que echaban chispas. Era la capitana del equipo femenino, pero hoy se había unido al entrenamiento mixto. "¡Órale, wey! Muévete más rápido, que pareces tortuga", te gritó con esa voz ronca que te erizó la piel. Su risa era contagiosa, y cuando chocaron en una jugada, sus pechos rozaron tu brazo por un segundo. Ese toque fue eléctrico, como un chispazo en la entrepierna.

El aire olía a tierra mojada y a sudor fresco, mezclado con el aroma de su perfume barato pero delicioso, algo floral que te hacía querer acercarte más. Terminaron el entrenamiento exhaustos, sentados en la banca, bebiendo agua de las botellas que chorreaban gotas frías por sus gargantas. "Neta, tienes potencial, carnal", te dijo ella, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa pícara. Tú sentiste un cosquilleo en el estómago, el inicio de esa tensión que no era solo del ejercicio.

¿Qué chingados me pasa? Esta morra me prende como nadie. Su cuerpo es puro fuego, y esa pasión deportiva que tiene... me dan ganas de comérmela aquí mismo.

Acto seguido, Karla te invitó a la zona de regaderas del club. "Ven, te enseño cómo se relaja uno de verdad después de un partido". El vapor llenaba el aire cuando entraste, caliente y húmedo, como un sauna improvisado. Ella ya estaba bajo el chorro, el agua resbalando por sus hombros anchos, bajando por el valle de sus senos firmes hasta perderse en el short ajustado. "Quítate la playera, wey, no seas menso", ordenó con un guiño. Obedeciste, y cuando te acercaste, sus manos jabonosas rozaron tu pecho, masajeando los músculos tensos.

El jabón olía a eucalipto, fresco y mentolado, y sus dedos eran firmes, como si supiera exactamente dónde apretar. "Sientes eso? Esa es la pasión deportiva delicias que tanto buscas", murmuró cerca de tu oído, su aliento cálido contra tu cuello. Sus palabras te golpearon directo al alma – y más abajo. Tu verga empezó a endurecerse bajo el short, traicionera, y ella lo notó. En vez de apartarse, se pegó más, su cadera rozando la tuya. "Mmm, parece que el entrenamiento te dejó bien encendido, ¿verdad?"

El agua seguía cayendo, un rugido constante que ahogaba vuestros jadeos iniciales. Tus manos subieron por su espalda, sintiendo la piel resbaladiza, los músculos duros de tanto correr. Ella giró, presionando su culo redondo contra ti, y gemiste bajito. "Tócame, no seas pendejo", susurró, guiando tu mano entre sus piernas. El calor de su coño a través de la tela te volvió loco; estaba mojada, no solo por el agua.

Salieron de las regaderas envueltos en toallas, riendo como chavos traviesos, y terminaron en su vestidor privado – un lujo que tenía por ser capitana. El cuarto era chico, con olor a madera vieja y loción corporal, pero perfecto para lo que venía. Karla te empujó contra la pared, sus labios chocando con los tuyos en un beso salvaje. Sabía a menta del chicle y a sal del sudor, una combinación que te hacía babear. Sus lenguas bailaron, húmedas y urgentes, mientras sus uñas arañaban tu espalda con justo el dolor placentero.

¡Carajo, esta morra es una diosa! Su boca me come vivo, y su cuerpo... neta, es la delicia que necesitaba después de tanto corche.

La toalla cayó, revelando sus tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos como chocolate amargo. Los chupaste con hambre, sintiendo su textura rugosa contra la lengua, oyendo sus gemidos roncos que rebotaban en las paredes. "Sí, así, cabrón, muerde suave", ordenó, arqueando la espalda. Tus manos bajaron, quitándole el short; su coño estaba depilado, hinchado de deseo, oliendo a mujer excitada, ese aroma almizclado que te ponía la cabeza loca.

La recostaste en el banco, abriéndole las piernas con delicadeza. Ella te miró con ojos entrecerrados, lamiéndose los labios. "Entra en mí, wey, pero despacio al principio". Tu verga palpitaba, gruesa y lista, rozando su entrada húmeda. Empujaste, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes te apretaban como un guante caliente. "¡Ay, pinche verga rica!", gritó ella, clavando las uñas en tus hombros. El placer era intenso, un calor que subía desde la base de tu espina hasta el cerebro.

Empezaron a moverse al ritmo del otro, lento primero, como un calentamiento. El sonido de piel contra piel era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con jadeos y maldiciones cariñosas. "¡Más duro, métemela hasta el fondo!", exigía Karla, sus caderas subiendo para encontrarse contigo. Sudabas de nuevo, gotas cayendo sobre sus senos, que rebotaban con cada embestida. El olor a sexo llenaba el vestidor, espeso y adictivo, mientras sus jugos corrían por tus bolas.

La tensión crecía como una ola imparable. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándote como una amazona en el futból. Sus tetas saltaban frente a tu cara, y las atrapaste con la boca, succionando fuerte. "¡Me vengo, wey, no pares!", aulló, su coño contrayéndose alrededor de tu polla en espasmos deliciosos. Ese apretón te llevó al borde; empujaste una última vez, profundo, y explotaste dentro de ella, chorros calientes que la hicieron temblar más.

Se derrumbaron juntos, respirando agitados, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Karla se acurrucó contra tu pecho, trazando círculos con el dedo en tu piel. "Eso fue la pura pasión deportiva delicias, carnal. Neta, tienes que venir más seguido". Reíste, besando su frente húmeda, sintiendo el pulso aún acelerado en vuestros pechos pegados. El mundo afuera podía esperar; este momento era perfecto, un afterglow que sabía a victoria.

Afuera, el sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de naranja. Salieron del vestidor tomados de la mano, con esa complicidad nueva que nace del fuego compartido. "La próxima, te gano en el campo y aquí adentro", te retó ella con un beso rápido. Tú sonreíste, sabiendo que esta pasión no era solo deportiva – era algo más grande, más delicioso, que apenas comenzaba.

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