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Cañaveral de Pasiones Capítulo 70

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Cañaveral de Pasiones Capítulo 70

El viento jugaba con las hojas altas del cañaveral, haciendo ese shhh constante que me erizaba la piel. Olía a tierra húmeda, a caña madura y a algo más, algo que me hacía apretar las piernas sin querer. Yo, Ana, caminaba despacio entre los tallos verdes, mis sandalias hundiéndose en el suelo blando. Hacía semanas que no veía a Javier, mi carnal en este desmadre de pasiones, y cada paso me recordaba por qué este lugar era nuestro cañaveral de pasiones. Capítulo 70 de nuestra historia secreta, neta, y el cuerpo ya me ardía solo de pensarlo.

La hacienda quedaba atrás, con sus luces tenues y el ruido de la fiesta familiar que mi familia armaba por el cumpleaños de mi tía. Todos allá, comiendo tamales y bebiendo chelas, pero yo había escabullido la salida con una excusa pendeja: "Voy por aire fresco, wey". Qué ironía, pensé, porque el aire aquí estaba cargado de promesas calientes. Javier me había mandado un mensajito: "En el claro del medio, mija. No tardes". Mi chochito se humedeció al leerlo, y ahora, con el corazón tronándome en el pecho, aceleré el paso.

Lo vi de repente, recargado en un tronco viejo que usábamos de cama improvisada. Su camisa blanca abierta hasta el ombligo, el pecho moreno brillando con sudor bajo la luz del atardecer. Sus ojos negros me clavaron como siempre, y esa sonrisa chueca que me derretía. "Órale, mi reina, ya eras hora", dijo con voz ronca, extendiendo la mano. Me acerqué, sintiendo el calor de su cuerpo antes de tocarlo. Sus dedos ásperos, de tanto trabajar la caña, me rozaron la mejilla, bajando por el cuello hasta el escote de mi blusa floja.

¿Por qué siempre me hace esto? Como si mi piel fuera suya, y neta, lo es en estos momentos.

"Te extrañé, cabrón", murmuré, pegándome a él. Olía a hombre, a jabón barato mezclado con sudor fresco y ese toque terroso del campo. Sus labios capturaron los míos en un beso lento, jugoso, con lengua que sabía a tequila de la fiesta. Gemí bajito cuando su mano se coló bajo mi falda, acariciando el interior de mis muslos. "Estás mojadita ya, ¿verdad, mi amor?", susurró contra mi boca, y asentí, temblando. No había prisa, no todavía. Este era nuestro ritual en el cañaveral de pasiones, capítulo 70 de tentación pura.

Nos sentamos en el tronco, él tirándome suave al suelo cubierto de hojas secas. El crujido bajo mi espalda era como un susurro de aprobación del campo. Javier se arrodilló entre mis piernas, besándome el cuello mientras desabotonaba mi blusa. Sus labios calientes chupaban mi piel, dejando huellas húmedas que el viento secaba al instante. Sentí sus dientes rozando mi clavícula, un pellizco juguetón que me sacó un "¡Ay, pendejo!" entre risas y jadeos. "Te gusta, ¿no?", respondió él, riendo ronco, y bajó la boca a mis tetas, libres ya del brasier que había dejado a un lado.

Sus manos eran magia pura: amasaban, pellizcaban suave los pezones duros como piedras. Lamía uno, chupaba el otro, y yo arqueaba la espalda, oliendo mi propio aroma de excitación mezclándose con el dulzor de la caña. "Más, Javier, no pares", rogué, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto. Él gruñó, satisfecho, y su mano bajó de nuevo, colándose en mis panties. Tocó mi clítoris hinchado con el pulgar, círculos lentos que me hicieron ver estrellas. "Estás chorreando, mi chula. Todo para mí".

El sol se hundía ya, pintando todo de rojo pasión. El viento traía ecos lejanos de la fiesta, risas y mariachi, pero aquí solo existíamos nosotros. Me incorporé, empujándolo para cambiar posiciones. "Ahora yo, wey". Le quité la camisa de un jalón, besando su pecho ancho, lamiendo el sudor salado que sabía a él, a nuestro vicio compartido. Bajé al cinturón, desabrochándolo con dientes y dedos temblorosos. Su verga saltó libre, dura, venosa, palpitando contra mi mejilla. "Mírala, toda pa' ti", dijo él, voz quebrada.

Es tan chingona, tan mía. La quiero dentro ya, pero no, hay que saborear.

La tomé en la boca, despacio al principio, saboreando la piel suave sobre el acero. Él gimió fuerte, echando la cabeza atrás, y sus caderas se movieron instintivo. Chupé más hondo, lengua jugando en la punta, tragando su pre-semen salado. Sus manos en mi cabeza guiaban sin forzar, "Así, mi vida, qué rico". El sonido de su placer, jadeos roncos mezclados con el viento, me volvía loca. Me empiné, restregándome contra su pierna, mi humedad dejando rastro en su piel.

Pero la tensión crecía, como tormenta en el horizonte. Javier me levantó, volteándome contra el tronco. "Te voy a comer entera, Ana". Su lengua en mi panocha fue éxtasis: lamidas largas desde el ano hasta el clítoris, chupando mis labios hinchados. Gemí alto, sin importarme si alguien oía. El sabor de mí en su boca después, cuando me besó, fue lo más sucio y delicioso. "Estás lista, ¿verdad?". Asentí, desesperada. "Sí, métemela ya, cabrón".

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso de su verga llenándome. "¡Qué apretadita, mi reina!", gruñó, y empezó a moverse, lento al inicio, profundo. Mis uñas en su espalda, arañando suave, el sudor chorreando entre nosotros. El choque de piel contra piel, plaf plaf, era música mejor que cualquier banda. Aceleró, mis tetas rebotando, el tronco raspándome la espalda pero doliendo rico.

La noche caía, estrellas saliendo como testigos. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje. Sus manos en mis caderas guiaban, ojos fijos en los míos. "Te amo, Ana, neta te amo". Lágrimas de placer en mis ojos, "Yo más, Javier, siempre". El orgasmo me pegó como rayo: chochito contrayéndose, chorros de placer mojando su verga. Él vino segundos después, gruñendo mi nombre, llenándome caliente, profundo.

Caímos exhaustos, abrazados en el suelo fresco. El viento nos secaba el sudor, oliendo a sexo y caña. Su cabeza en mi pecho, mi mano en su pelo. "Esto es nuestro cañaveral de pasiones, capítulo 70", murmuró él, besándome la piel. Reí bajito, sintiendo la paz después del desmadre. La fiesta seguía allá lejos, pero aquí éramos reyes. Mañana volveríamos a las vidas separadas, él capataz, yo en la hacienda, pero esto... esto nos unía para siempre.

Nos vestimos lento, besos robados, promesas susurradas. Caminamos de la mano hasta el borde del cañaveral, el claro guardando nuestro secreto. "Hasta el próximo capítulo, mi amor", dijo, y se fue por su lado. Yo regresé, piernas flojas, sonrisa tonta, el cuerpo zumbando de satisfacción. En el fondo, sabía que este fuego no se apagaría nunca.

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