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Jackie Vera Pasión Inmortal

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Jackie Vera Pasión Inmortal

Jackie caminaba por las calles empedradas de San Ángel, en la Ciudad de México, con el sol del atardecer tiñendo todo de un naranja ardiente. El aire olía a jazmín y a tacos de canasta que vendían en la esquina, ese aroma que te hace salivar de puro antojo. Llevaba un vestido negro ajustado que marcaba sus curvas como si fuera una segunda piel, y sus tacones resonaban contra el suelo con un clic-clac que anunciaba su llegada. Hacía años que no veía a Vera, pero el mensaje de WhatsApp había sido claro: Estoy en la ciudad, carnala. Nos vemos en el Bazar del Sábado?

El corazón de Jackie latía fuerte, como tamborazo zacatecano en fiesta. Vera, esa morena de ojos verdes que le había robado el aliento en la prepa, la misma que la había hecho descubrir sabores prohibidos en las sombras de un cine en Coyoacán. ¿Sería lo mismo? Jackie se mordió el labio, recordando el gusto salado de su piel, el calor húmedo entre sus piernas cuando se besaban a escondidas. Órale, no seas pendeja, se dijo, ahora somos adultas, con carreras y todo el pedo.

En el bazar, entre puestos de artesanías y mariachis tocando La Bikina, la vio. Vera estaba ahí, con un huipil moderno que dejaba ver sus hombros bronceados y jeans que abrazaban sus caderas anchas. Su risa era como un tequila reposado, suave pero que quema adentro. Se abrazaron, y Jackie sintió el perfume de Vera —mezcla de vainilla y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia— invadiéndole las fosas nasales.

Pinche Vera, sigues oliendo a tentación pura, pensó Jackie, mientras su mano se demoraba un segundo de más en la espalda de la otra.

¡Qué chida te ves, Jackie! Sigues siendo la reina de las fiestas, dijo Vera con esa voz ronca que hacía vibrar algo profundo en el estómago de Jackie.

Y tú, mamacita, pareces salida de un sueño mojado, respondió Jackie, guiñándole el ojo. Caminaron entre la gente, comprando pulseras de plata y comiendo esquites con chile en polvo que picaba en la lengua como fuego vivo. La tensión crecía con cada roce accidental: un dedo que se enlazaba al pasar una muestra, una mirada que se sostenía demasiado. El sol se puso, y las luces del bazar parpadearon como estrellas coquetas.

Terminaron en un café cercano, con mesas de madera que olían a café de olla. Pidieron micheladas heladas, el limón chorreando en el borde de los vasos, sal raspando los labios. Hablaron de todo: de los trabajos en agencias de diseño, de viajes a la Riviera Maya, de amores fallidos que no dolían tanto como extrañarse mutuamente.

Sabes, Jackie, nunca olvidé esa noche en tu casa de la abuela. Tu pasión era... inmortal, murmuró Vera, su pie rozando la pantorrilla de Jackie bajo la mesa. El toque fue eléctrico, como un rayo que sube por la piel hasta el centro del pecho.

Jackie tragó saliva, sintiendo el pulso acelerado en su cuello. Jackie Vera pasión inmortal, pensó, como un mantra que le había inventado en secreto años atrás, un título para su historia compartida.

La noche las llevó al departamento de Jackie en la Condesa, un loft con ventanales que daban a los árboles susurrantes. Subieron en el elevador, el zumbido suave del motor amplificando sus respiraciones entrecortadas. Apenas cerraron la puerta, Vera empujó a Jackie contra la pared, sus labios chocando en un beso hambriento. Sabían a michelada y a deseo acumulado, lenguas danzando como en un baile de salón prohibido.

Las manos de Vera se colaron bajo el vestido de Jackie, subiendo por muslos suaves y cálidos, rozando la humedad que ya empapaba sus panties de encaje. Jackie gimió, un sonido gutural que reverberó en la habitación. Qué rico se siente su piel, áspera en las palmas, suave en los labios, pensó, mientras le quitaba el huipil, revelando pechos firmes coronados por pezones oscuros y erectos.

Te extrañé tanto, verga, jadeó Vera, usando el slang juguetón que las hacía reír en la juventud. Jackie la llevó al sofá de terciopelo rojo, donde el aire se llenó del olor almizclado de su excitación. Se desvistieron despacio, saboreando cada centímetro revelado: la curva de una cadera, el valle entre los senos, el triángulo negro de vello que invitaba a explorar.

Jackie se arrodilló entre las piernas de Vera, inhalando profundo ese aroma íntimo, salado y dulce como el mar de Cancún. Su lengua trazó caminos lentos por el interior de los muslos, sintiendo los temblores, oyendo los gemidos ahogados que eran música pura. Vera arqueó la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de Jackie, dejando marcas rojas que ardían deliciosamente.

No puedo parar, esta pasión es inmortal, carajo, se repetía Jackie en la mente, mientras lamía con devoción, saboreando la esencia de Vera que fluía como néctar.

Vera tiró de su cabello, guiándola más profundo. ¡Sí, así, no pares, pinche diosa! gritó, su voz rompiéndose en sollozos de placer. El cuerpo de Jackie vibraba con cada contracción de Vera, sus propios jugos resbalando por sus piernas. Se besaron de nuevo, compartiendo sabores, dedos explorando entradas húmedas y ansiosas.

La intensidad subió como volcán en erupción. Vera volteó a Jackie sobre el sofá, sus dedos hundiéndose en ella con ritmo experto, curvándose para tocar ese punto que hacía explotar estrellas detrás de los párpados. Jackie se retorcía, el sudor perlando su piel, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con sus jadeos. Siento su calor adentro, llenándome, rompiéndome en pedazos buenos.

¡Chíngame más fuerte, Vera! ¡Hazme tuya!, suplicó Jackie, las palabras saliendo entrecortadas. Vera obedeció, su boca en el cuello de Jackie, mordisqueando suave, dejando huellas de pasión. El clímax las golpeó como ola gigante: Jackie primero, convulsionando con un grito que debió oírse en la calle, chorros de placer empapando las manos de Vera. Luego Vera, montada sobre su rostro, temblando mientras Jackie bebía de ella hasta la última gota.

Colapsaron juntas, piel contra piel, el corazón de una latiendo al ritmo del otro. El aire olía a sexo y a ellas, un perfume único e inolvidable. Vera trazaba círculos perezosos en el vientre de Jackie, besos suaves en la clavícula.

Esto no se acaba aquí, ¿verdad? Nuestra Jackie Vera pasión inmortal, susurró Vera, con ojos brillantes.

Jackie sonrió, sintiendo una paz profunda, como después de un buen pozole en domingo. No, nunca se acaba. Es eterna, como el amor en las rancheras. Se acurrucaron bajo las sábanas de algodón egipcio, el viento nocturno meciendo las cortinas, prometiendo más noches de fuego. En ese momento, supieron que su conexión era más que carne: era alma, era pasión inmortal.

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