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La Pasión Desbordada de Homero

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La Pasión Desbordada de Homero

Homero caminaba por las calles empedradas de Coyoacán, con el sol de la tarde calentándole la nuca como un beso ardiente. El aire olía a flores de cempasúchil y a tacos al pastor que se asaban en el puesto de la esquina. Tenía treinta y cinco años, un tipo alto y moreno, con manos callosas de tanto trabajar en la construcción de casas en la zona sur de la ciudad. Pero esa tarde, algo lo inquietaba. Llevaba semanas soñando con ella, con esa morra que había visto en el mercado, vendiendo artesanías. Se llamaba Ximena, una chava de ojos negros como el café de olla y curvas que lo ponían a sudar solo de pensarlo.

La vio de nuevo esa tarde, acomodando collares de cuentas de colores bajo un toldo rojo. Su blusa de huipil ajustada marcaba sus pechos firmes, y la falda floreada se pegaba a sus caderas anchas con cada movimiento. Homero sintió un cosquilleo en el estómago, como si le hubieran dado un trago de mezcal de golpe. Órale, carnal, no seas pendejo, se dijo a sí mismo, pero sus pies ya lo llevaban hacia ella.

¿Qué chingados voy a decirle? ¿Hola, güey, me traes loco desde hace un mes?

¡Qué buena mano tienes pa' las artesanías, Ximena! —dijo él, fingiendo que pasaba por ahí nomás.

Ella levantó la vista y sonrió, mostrando dientes blancos y perfectos. —Gracias, Homero. Tú siempre andas por aquí, ¿no? ¿Buscas algo especial o nomás vienes a platicar? Su voz era ronca, como miel caliente, y el olor de su perfume —jazmín mezclado con vainilla— lo invadió todo.

Hablaron un rato de tonterías: del clima loco de la ciudad, de la fiesta de Día de Muertos que se armaba en el centro, de cómo el pulque del mercado era el mejor. Pero entre risas, sus miradas se cruzaban con fuego. Homero notaba cómo ella se mordía el labio inferior cuando él se acercaba, cómo su piel bronceada brillaba con un leve sudor bajo el sol. El corazón le latía fuerte, tan-tan-tan, como un tamborazo zacatecano.

Al atardecer, cuando el mercado empezaba a vaciarse, Ximena lo invitó a su puesto para un cafecito. —Vente, Homero, no seas malito. Tengo un rincón chido atrás.

Él aceptó sin pensarlo dos veces. Detrás del toldo, había una mesita con sillas plegables y una jarra humeante. Se sentaron cerca, tan cerca que sus rodillas se rozaban. El vapor del café subía perfumado, pero Homero solo olía a ella: su piel tibia, su cabello suelto que le caía sobre los hombros. Charlaron de sus vidas —él le contó de sus proyectos de casas con jardines frondosos, ella de cómo había aprendido a tejer con su abuelita en Oaxaca—. La tensión crecía como una tormenta de verano, lenta pero inevitable.

De pronto, Ximena puso su mano sobre la de él. Sus dedos eran suaves, cálidos, con uñas pintadas de rojo pasión. —Homero, neta que me gustas. Desde la primera vez que te vi, con esa sonrisa pícara.

Él tragó saliva, el pulso acelerado. ¡La chingada, esto es real! Se inclinó y la besó. Sus labios eran carnosos, dulces como tamarindo, y ella respondió con hambre, enredando la lengua en la de él. El beso duró minutos, con sonidos húmedos y jadeos suaves que se mezclaban con el bullicio lejano del mercado. Homero sintió su verga endurecerse contra los jeans, presionando dolorosamente.

Vámonos a mi depa, está cerca —murmuró ella contra su boca.

No hicieron falta más palabras. Caminaron tomados de la mano por las callecitas iluminadas por faroles, el aire fresco de la noche acariciándoles la piel arrebolada. El departamento de Ximena era un nido acogedor en una casa colonial: paredes de adobe pintadas de azul turquesa, velas aromáticas de copal encendidas, y una cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca.

Acto dos: la escalada. Apenas cerraron la puerta, se devoraron de nuevo. Homero le quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus pechos eran perfectos, redondos, con pezones oscuros que se endurecían al roce de sus labios. Ella gemía bajito, ¡ay, Homero, qué rico!, arqueando la espalda. El sabor salado de su sudor lo volvía loco; lamía su cuello, su clavícula, bajando hasta el ombligo. Ximena le desabrochó la camisa, arañándole el pecho con las uñas, dejando marcas rojas que ardían deliciosamente.

Esto es la pasión de Homero, pura y neta, sin frenos. Nunca sentí algo así, como si mi cuerpo entero estuviera en llamas.

Se tumbaron en la cama, cuerpos entrelazados. Ella le bajó los jeans, liberando su verga gruesa y venosa, que palpitaba al aire. —¡Está bien chingona, mi amor! —rió ella, tomándola en la mano, masturbándolo lento mientras él le quitaba la falda y las bragas de encaje negro. Su panocha estaba empapada, labios hinchados y rosados, oliendo a deseo puro, a mujer en celo. Homero se hincó entre sus piernas, inhalando profundo ese aroma embriagador, y la lamió con devoción. Su clítoris era un botón duro; lo chupaba, lo succionaba, metiendo la lengua adentro mientras ella le jaloneaba el pelo y gritaba: ¡Sí, cabrón, así, no pares!

La tensión subía como el volumen de un mariachi. Él se incorporó, ella lo montó a horcajadas, guiando su verga hasta su entrada húmeda. Entró de un solo empujón, ambos gimiendo al unísono. El calor de su interior lo apretaba como un guante de terciopelo caliente. Ximena cabalgaba fuerte, sus tetas rebotando, el sonido de carne contra carne —plaf, plaf, plaf— llenando la habitación. Sudaban a chorros, el olor a sexo crudo impregnando el aire: almizcle, sal, fluidos mezclados.

Homero la volteó, poniéndola a cuatro patas. Le azotó las nalgas suaves, blancas contrastando con su piel morena, y la penetró profundo. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más: ¡Dame duro, Homero, hazme tuya! Él obedecía, embistiéndola con ritmo salvaje, una mano en su cadera, la otra pellizcándole el clítoris. Los jadeos se volvían gritos, el colchón crujía bajo ellos. Sentía su orgasmo acercarse, un nudo en las bolas que pedía explosión.

Pero esperó. La giró de nuevo, cara a cara, para mirarla a los ojos. Esos ojos negros brillaban de lujuria y algo más profundo, conexión. La besó mientras la follaba lento ahora, profundo, sintiendo cada contracción de su coño alrededor de su pija. —Te quiero, Ximena, esto es la pasión de Homero, toda tuya —le susurró al oído.

Ella tembló, clavándole las uñas en la espalda. —¡Me vengo, mi rey, no pares! Su cuerpo se convulsionó, chorros de jugo caliente empapando sus muslos. Eso lo llevó al límite. Homero rugió, descargando chorros espesos dentro de ella, el placer cegador, olas y olas que lo dejaban temblando.

Acto tres: el afterglow. Se derrumbaron abrazados, piel pegajosa contra piel, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El cuarto olía a sexo satisfecho, a velas apagándose. Homero la acunó, besándole la frente sudorosa. Ella trazaba círculos en su pecho con el dedo.

Neta que fue chingón, Homero. ¿Repetimos? —dijo ella con picardía.

Él rio bajito, el corazón lleno. Esta es mi pasión, viva, mexicana, sin cadenas. Y apenas empieza.

La pasión de Homero no se apaga; arde eterna, como el sol sobre el Zócalo.

Durmieron entrelazados, con la promesa de más noches así, enredados en sábanas revueltas y sueños calientes.

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