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La Pasion de Cristo Gloria TV

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La Pasion de Cristo Gloria TV

María se recostó en el sillón de la sala, con el aire cargado del aroma dulce de las gardenias que adornaban la mesita. Era una noche tranquila en su casa de la colonia Roma, el tráfico de la Ciudad de México ya un murmullo lejano. Su esposo, Alejandro, se sentó a su lado, su mano rozando casualmente la de ella mientras encendía la tele. Órale, dijo él con esa voz grave que siempre le erizaba la piel, vamos a ver algo chido en Gloria TV. María sonrió, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Habían estado casados diez años, pero últimamente la rutina los había enfriado. Esa noche, buscaban reconectar, aunque fuera con un rato de tele católica.

El canal cargó y ahí estaba: La Pasion de Cristo. La pantalla se llenó con las imágenes crudas de Mel Gibson, el sufrimiento de Jesús en cada latigazo, cada espina. María sintió un nudo en la garganta. El sonido de los golpes resonaba en la sala, seco y brutal, como tambores en su pecho. Alejandro apretó su mano, sus dedos cálidos y ásperos por el trabajo en la construcción.

Qué fuerte está esto, ¿verdad, mi amor?
murmuró él, su aliento rozándole el cuello. Ella asintió, pero por dentro algo se removía. No era solo piedad lo que sentía; era una pasión profunda, visceral, que le aceleraba el pulso.

La película avanzaba. Cristo cargaba la cruz, el sudor y la sangre mezclándose en su piel atormentada. María imaginó el peso de ese madero, el fuego en los músculos, y de pronto, su mente divagó. Sintió el calor de Alejandro a su lado, su muslo presionando el suyo. ¿Por qué me excita esto? pensó, avergonzada pero intrigada. El olor a su colonia, mezclado con el leve sudor del día, la envolvía como una niebla sensual. Sus pezones se endurecieron bajo la blusa ligera de algodón, rozando la tela con cada respiración agitada.

Alejandro notó el cambio. Su mirada se deslizó hacia ella, deteniéndose en el escote donde su piel brillaba bajo la luz azulada de la tele. Estás preciosa, susurró, su voz ronca. Extendió la mano y acarició su mejilla, bajando despacio por el cuello. María giró la cabeza, sus labios entreabiertos. El beso fue lento al principio, un roce tentative como el primer latido de deseo. Sus lenguas se encontraron, saboreando el dulzor del café que habían tomado antes, mezclado con la sal de la anticipación. La película seguía de fondo, los gemidos de dolor de Cristo ahora un eco erótico en sus oídos.

Esto es pecado, pensó María, pero su cuerpo gritaba lo contrario. Se subió a horcajadas sobre Alejandro, sintiendo su erección dura contra su entrepierna. Te deseo tanto, cabrón, le dijo ella con una sonrisa pícara, usando ese apodo juguetón que solo salía en la cama. Él rio bajito, sus manos grandes amasando sus nalgas por encima del short de mezclilla. El roce era eléctrico, la fricción enviando chispas de placer por su espina. Desabrochó su blusa con dedos temblorosos, exponiendo sus senos plenos. El aire fresco de la sala los besó, haciendo que sus pezones se arrugaran como bayas maduras.

Alejandro succionó uno, su lengua caliente y húmeda trazando círculos. María arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta. ¡Ay, Dios! exclamó, pero en su mente era una plegaria profana. Olía a su excitación ahora, ese musk almizclado que subía desde su sexo húmedo. Bajó la mano, colándola dentro del short de él. Su verga palpitaba, gruesa y venosa, como un tronco vivo. La acarició despacio, sintiendo cada vena bajo la piel aterciopelada, el precum lubricando su palma.

Estás chingón de duro, mi rey
, le susurró al oído, mordisqueando el lóbulo.

La tensión crecía como la procesión en la película, paso a paso hacia el clímax. Alejandro la levantó con facilidad, sus brazos fuertes envolviéndola mientras caminaban al sofá. La recostó con gentileza, quitándole el short y las panties de un tirón. Su concha depilada brillaba, hinchada y lista, el clítoris asomando como una perla rosada. Él se arrodilló, inhalando su aroma embriagador, mezcla de jabón y jugos femeninos. Su lengua la invadió, lamiendo desde el perineo hasta el botón, saboreando su dulzor salado. María se retorcía, las uñas clavándose en el cuero del sofá, el sonido de succión mezclado con sus jadeos ahogados.

No pares, por favor, suplicaba en silencio, mientras las olas de placer la mecían. Recordaba las escenas de la cruz, el sacrificio supremo, y lo comparaba con este éxtasis compartido. Alejandro se incorporó, quitándose la ropa con prisa. Su cuerpo moreno y musculoso relucía de sudor, el pecho ancho subiendo y bajando. Se posicionó entre sus piernas, la punta de su verga rozando la entrada húmeda. ¿Quieres que te haga mía? preguntó, sus ojos negros clavados en los de ella. Sí, métemela toda, respondió ella, empinándose para recibirlo.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El llenado era perfecto, su pared interna abrazándolo como un guante caliente. Comenzaron a moverse, un ritmo lento al principio, piel contra piel chapoteando. El olor a sexo llenaba la sala, intenso y animal. María clavó las uñas en su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo sus dedos. Más fuerte, Alejandro, rómpeme, gemía, perdida en la vorágine. Él aceleró, sus embestidas profundas tocando ese punto que la volvía loca, el saco golpeando su culo con palmadas húmedas.

La película llegaba a su fin en la tele, el grito final de Cristo resonando como un orgasmo cósmico. Eso los empujó al borde. María sintió la presión building en su vientre, un nudo apretándose. ¡Me vengo, mi amor! gritó, su concha convulsionando alrededor de él, chorros de placer escapando. Alejandro rugió, su verga hinchándose antes de explotar, llenándola de semen caliente que goteaba por sus muslos. Colapsaron juntos, jadeantes, el corazón martilleando al unísono.

Después, en el afterglow, se acurrucaron bajo una cobija ligera. La tele parpadeaba con créditos, Gloria TV de fondo como un testigo silencioso. María acarició el pecho de Alejandro, oliendo su piel salada.

La Pasion de Cristo en Gloria TV nos prendió la mecha, ¿eh?
bromeó ella. Él rio, besándole la frente. Fue como revivir esa pasión, pero nuestra, respondió. Se sentía renovados, el deseo no extinguido sino avivado, prometiendo noches futuras igual de ardientes. En ese momento, el mundo fuera no importaba; solo ellos, unidos en carne y alma.

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