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Pasion Futbolera Hoy en Fuego

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Pasion Futbolera Hoy en Fuego

El estadio Azteca rugía como un volcán en erupción. El olor a elotes asados y chelas frías flotaba en el aire caliente de la Ciudad de México, mezclado con el sudor de miles de aficionados. Yo, Karla, con mi camiseta del América bien pegada al cuerpo por el bochorno, gritaba como poseída cada vez que el balón rozaba el arco rival. Neta, la pasión futbolera hoy estaba a todo lo que daba. Mis pechos subían y bajaban con cada salto, y sentía un cosquilleo entre las piernas que no era solo por los goles.

Ahí, en la tribuna norte, lo vi. Diego, alto, moreno, con esa playera azulcrema que le marcaba los músculos del pecho y unos ojos que brillaban más que las luces del estadio. Me pilló mirándolo y me guiñó un ojo. Órale, pensé, este pendejo sabe lo que trae. Se acercó saltando las gradas, con una cerveza en la mano.

¡Qué partido, carnala! —gritó por encima del ruido, su voz grave retumbando en mi pecho.

Pura pasión futbolera hoy, wey —le contesté, chocando mi chela con la suya. Nuestros dedos se rozaron y sentí una descarga, como si el estadio entero se hubiera electrificado.

El América metió gol. La multitud enloqueció, y en el empujón, su cuerpo se pegó al mío. Su calor, su olor a hombre sudado y colonia barata, me mareó. Me tomó de la cintura para no caerme, y sus manos grandes se quedaron ahí un segundo de más.

Chingado, Karla, este cuate te va a prender fuego
, me dije mientras el estadio coreaba el himno.

El silbatazo final llegó con el América ganando dos a uno. La adrenalina corría por mis venas como tequila puro. Diego no me soltó.

Vámonos a celebrar, ¿no? Hay un bar chido cerca —propuso, su aliento cálido en mi oreja.

Simón, pero con más chelas —reí, sintiendo ya el pulso acelerado abajo.

Salimos del estadio tomados de la mano, la noche mexicana nos envolvía con su humedad pegajosa. El bar estaba a reventar de americanistas, música de banda retumbando, tacos al pastor chisporroteando en la plancha. Pedimos unas frías y nos sentamos en una mesa pegada a la pista. Bailamos cumbia rebajada, sus caderas contra las mías, su verga ya medio dura rozándome el culo. Qué rico se siente este cabrón, pensé, mientras su mano bajaba por mi espalda.

Eres la fan más perrona que he visto hoy —me susurró al oído, mordisqueándome el lóbulo.

Y tú el que más me prende, pendejo —le respondí, girándome para besarlo. Sus labios eran salados, con sabor a cerveza y victoria. Nuestras lenguas se enredaron como el balón en un regate, y sentí su mano apretándome la nalga por encima del jeans ajustado.

La tensión crecía como el marcador en un clásico. No aguantamos más. Salimos del bar tambaleándonos un poco, riendo como niños. Su depa estaba a unas cuadras, en un edificio viejo pero chido de la colonia Narvarte. Subimos las escaleras besándonos, tropezando, mis uñas clavadas en su cuello.

Adentro, el aire olía a limpio, a sábanas frescas. Me quitó la camiseta de un jalón, exponiendo mis tetas al aire. Sus ojos se clavaron en ellas, duras como piedras por la excitación.

Qué chingonas —murmuró, antes de mamarme un pezón. Su boca caliente, succionando, me hizo arquear la espalda. Gemí bajito, el sonido perdido en su garganta ronca.

Lo empujé al sillón, desabrochándole el cinto con dientes. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota de precum brillando en la punta. La olí, almizclada, pura esencia de macho. La lamí despacio, saboreando la sal, mientras él gruñía y me enredaba el pelo en los dedos.

Esto es mejor que cualquier gol, la pasión futbolera hoy se siente en la piel
, pensé, mientras la chupaba más hondo, sintiendo cómo palpitaba en mi boca.

Diego no se quedó atrás. Me levantó como pluma y me llevó a la cama. Me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mi ombligo, en mis muslos internos, donde el olor a mi propia excitación lo volvía loco.

Estás empapada, Karla —dijo, pasando un dedo por mis labios vaginales, resbalosos de jugos.

Por ti, cabrón —jadeé, abriendo las piernas. Su lengua llegó ahí, lamiendo mi clítoris con maestría. Sentí chispas, mi coño contrayéndose, el placer subiendo como una ola. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda.

La intensidad crecía. Me volteó boca abajo, besándome la espalda, mordiendo mis nalgas. Sentí sus dedos entrando en mí, dos, luego tres, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Neta, este wey sabe. Mi respiración era un desastre, el cuarto lleno de nuestros jadeos y el sonido húmedo de sus dedos follándome.

Ya quiero cogerte —gruñó, posicionándose detrás. Su verga rozó mi entrada, caliente, dura como fierro.

¡Hazlo ya, pendejo! —supliqué, empujando contra él.

Entró de un solo empujón, llenándome por completo. El estirón delicioso, su grosor pulsando dentro. Empezó a bombear lento, profundo, cada embestida sacándome un gemido. El slap-slap de piel contra piel, su sudor goteando en mi espalda, el olor a sexo impregnando todo. Agarró mis caderas, acelerando, follándome como animal.

Me giró de nuevo, cara a cara. Sus ojos clavados en los míos mientras me penetraba misionero. Besos salvajes, lenguas batallando. Sentí el orgasmo construyéndose, una presión en el bajo vientre. Mis uñas en su espalda, dejando surcos rojos.

Vente conmigo —le pedí, apretando mis paredes alrededor de su verga.

Él rugió, embistiendo más fuerte. El clímax nos golpeó juntos. Mi coño se contrajo en espasmos, olas de placer sacudiéndome entera, gritando su nombre. Él se vació dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazones latiendo al unísono. El aire olía a semen, sudor y satisfacción. Me besó la frente, suave ahora.

La mejor pasión futbolera hoy —murmuró, riendo bajito.

Yo sonreí, trazando círculos en su piel con el dedo.

Esto no termina aquí, wey. Mañana otro partido, otra follada
. Afuera, la ciudad dormía, pero en esa cama, el fuego seguía encendido.

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