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Abismo de Pasion Muere Augusto

6242 palabras

Abismo de Pasion Muere Augusto

La noche en Polanco ardía como un volcán a punto de estallar. Las luces de neón parpadeaban sobre las terrazas llenas de risas y copas tintineantes, mientras el aroma a tequila reposado y jazmín flotaba en el aire húmedo. Sofía caminaba entre la gente, su vestido rojo ceñido al cuerpo como una segunda piel, sintiendo cómo las miradas la rozaban como caricias furtivas. Hacía años que no pisaba este barrio pijo de la CDMX, pero esa noche algo la había arrastrado de vuelta, como un imán invisible.

Entonces lo vio. Augusto. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que siempre le había derretido las rodillas. Estaba recargado en la barra, platicando con unos cuates, pero sus ojos se clavaron en ella al instante. Neta, ¿por qué carajos me late el corazón así? pensó Sofía, mientras un calor traicionero subía por su pecho. Él se acercó, oliendo a colonia cara mezclada con sudor fresco, y le rozó la mano al saludarla.

—Órale, Sofi, ¿tú por aquí? Sigues cañona como siempre, wey.

—Y tú sigues siendo el mismo pendejo irresistible —le contestó ella, riendo bajito, mientras sus dedos se enredaban un segundo de más.

La charla fluyó como el mezcal: recuerdos de noches locas en la Condesa, besos robados en taxis, cuerpos enredados hasta el amanecer. El deseo latía entre ellos, invisible pero palpable, como el pulso acelerado en sus gargantas. Sofía sentía el roce de su pierna contra la suya bajo la mesa, un juego sutil que la ponía a mil. Quiero devorarlo aquí mismo, se dijo, mordiéndose el labio.

—Ven, vamos a otro lado —murmuró Augusto, su voz ronca como grava húmeda—. Hay un hotel aquí cerquita que está chido.

Ella asintió, el corazón tronándole en los oídos. Salieron tomados de la mano, el aire nocturno fresco contra su piel ardiente.

En el elevador del hotel, el silencio era espeso, cargado de promesas. Augusto la acorraló contra la pared, sus labios rozando su cuello, inhalando el perfume dulce de su piel. Sofía jadeó, sintiendo la dureza de su cuerpo presionado contra el suyo. El ding del elevador los separó apenas, pero ya era tarde: el fuego estaba encendido.

La habitación era un oasis de lujo: sábanas de algodón egipcio, luces tenues que pintaban sombras sensuales en las paredes. Se besaron con hambre, lenguas danzando en un tango salvaje, saboreando el tequila en la boca del otro. Las manos de Augusto exploraban su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas con firmeza, mientras ella tiraba de su camisa, rasgando botones en el apuro.

Qué rico hueles —susurró él, enterrando la nariz en su escote, lamiendo la sal de su piel sudada.

Sofía lo empujó hacia la cama, montándose a horcajadas sobre él. Sus caderas se mecían lentas, frotándose contra la erección que tensaba sus pantalones. El roce era eléctrico, un cosquilleo que subía por su espina dorsal. Se quitó el vestido con un movimiento fluido, quedando en lencería negra que acentuaba sus curvas. Augusto gruñó, sus ojos oscuros devorándola.

Esto es un abismo de pasión, pensó ella, mientras desabrochaba su cinturón. Un pozo sin fondo donde me pierdo gustosa.

Libre al fin, su verga saltó dura y palpitante, venosa, invitándola. Sofía la tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, la suavidad de la piel sobre el acero debajo. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su excitación, mientras él gemía bajito, enredando los dedos en su cabello.

—Mamacita, me vas a matar —jadeó Augusto, su voz quebrada.

—Eso es el plan —rió ella, chupando más profundo, la garganta acomodándose a su tamaño, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación.

Pero quería más. Se levantó, quitándose la tanga empapada, y se posicionó sobre él. Lentamente, se hundió, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. El estiramiento era exquisito, un ardor placentero que la hacía temblar. Comenzó a cabalgar, sus pechos rebotando con cada embestida, el slap slap de piel contra piel mezclándose con sus jadeos.

Augusto la sujetó por las caderas, clavando los dedos en su carne suave, guiándola más rápido. Sudor perlaba sus cuerpos, el olor almizclado del sexo impregnando el aire. Sofía inclinó la cabeza atrás, el placer acumulándose en su vientre como una tormenta.

—Más fuerte, carnal —exigió ella, arañando su pecho—. ¡Dame todo!

Él la volteó sin piedad, poniéndola a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, golpeando ese punto que la hacía gritar. Cada thrust era un trueno, sus bolas chocando contra su clítoris hinchado. Sofía se arqueó, el colchón crujiendo bajo ellos, sus paredes internas apretándolo como un puño de terciopelo.

Esto es el abismo, pensó Augusto en un rincón de su mente nublada. Donde muere Augusto, ahogado en su pasión.

El ritmo se volvió frenético. Sofía metió la mano entre sus piernas, frotando su clítoris en círculos rápidos, el placer escalando como una ola gigante. Augusto gruñía como animal, sus embestidas salvajes, el sudor goteando de su frente a su espalda.

—Me vengo, Sofi... ¡no aguanto! —rugió él, su cuerpo tensándose.

—¡Ven conmigo! —gritó ella, el orgasmo explotando en mil estrellas. Sus músculos se contrajeron, ordeñándolo, mientras chorros calientes la inundaban por dentro. Augusto se derrumbó sobre ella, temblando, su aliento caliente en su nuca, como si realmente hubiera muerto en ese abismo de pasión.

Se quedaron así un rato, enredados, piel pegajosa contra piel, pulsos latiendo al unísono. El cuarto olía a sexo crudo, a ellos dos fundidos en uno. Sofía giró la cabeza, besándolo suave, sintiendo la paz post-orgásmica como una manta tibia.

—Neta, wey, eso fue de otro mundo —murmuró él, acariciando su cabello revuelto.

—Sí, un abismo de pasión donde muere Augusto cada vez —bromeó ella, riendo bajito, mientras el amanecer empezaba a colarse por las cortinas.

Se acurrucaron, sabiendo que esto no era el fin, solo una pausa en su danza eterna. El deseo, como la ciudad que los rodeaba, nunca dormía del todo.

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