Dios Los Entregó A Sus Pasiones
La noche en Guadalajara estaba cargada de ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos, como si el aire mismo conspirara para avivar los sentidos. Sofia caminaba por las calles empedradas del centro, el olor a tacos al pastor y el humo de las parrillas flotando en el ambiente, mezclándose con el perfume dulce de las flores de bugambilia que adornaban las fachadas coloniales. Llevaba un vestido rojo ajustado que le marcaba las curvas, sintiendo cómo la tela rozaba su piel con cada paso, un recordatorio constante de su propia feminidad. Hacía meses que no salía así, desde que su ex la había dejado por una tipa más joven, pero esa noche, neta, se sentía lista para soltarse.
La fiesta en la casa de su prima Laura era de esas que duran hasta el amanecer: mariachis tocando rancheras a todo volumen, risas estruendosas y vasos de tequila chocando sin parar. Sofia entró y el bullicio la envolvió como un abrazo cálido. Vio a Diego de inmediato, recargado en la pared del patio, con su camisa blanca arremangada mostrando unos antebrazos fuertes, morenos por el sol. Era el carnal de un amigo de la familia, un wey alto, de ojos oscuros que parecían prometer travesuras. Habían coqueteado antes, en otras pedas, pero nunca pasaban de miraditas y comentarios picosos.
¿Y si esta noche sí? –pensó Sofia, mientras su pulso se aceleraba–. Neta, Diego me prende como nadie. Ese pinche cuerpo, esa sonrisa de pendejo confiado.
Él la vio y se enderezó, caminando hacia ella con esa seguridad que la hacía derretirse. “¡Qué buena onda verte aquí, Sofi! Estás chida con ese vestido, wey”, le dijo, su voz grave retumbando sobre la música. Ella rio, sintiendo un cosquilleo en el estómago, y le dio un abrazo que duró un segundo de más, sus pechos presionando contra el pecho duro de él. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese aroma que la ponía loca.
Se pusieron a platicar, tequila en mano, mientras la banda tocaba El Rey. Diego le contaba de su chamba en la constructora, cómo levantaba casas en las afueras, y ella lo escuchaba embobada, notando cómo sus labios se movían, cómo su mano rozaba la suya al pasarle el vaso. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. ¿Por qué carajos no lo he besado ya?, se preguntaba Sofia, el calor subiendo por su cuello.
El segundo acto de la noche empezó cuando la pista improvisada en el patio se llenó. Diego la jaló a bailar, sus manos en su cintura firme pero gentil. “Muévete conmigo, mamacita”, murmuró en su oído, su aliento caliente contra su piel. Ella se pegó a él, sintiendo la dureza de su verga contra su cadera, un roce que la hizo jadear bajito. Bailaban cumbia, cuerpos ondulando al ritmo, sudor perlando sus frentes. El olor a tierra mojada del jardín se mezclaba con el de sus cuerpos excitados, y Sofia sentía sus pezones endureciéndose bajo el vestido, rozando la tela con deliciosa fricción.
Dios mío, esto está cabrón. Quiero que me toque ya, que me coma con los ojos y con las manos.
Se apartaron un rato a un rincón del jardín, bajo un árbol de jacaranda que soltaba pétalos violetas. Ahí, solos entre las sombras, Diego la acorraló contra la pared de adobe. “No aguanto más verte así, Sofi. Me tienes bien puesto”, confesó, su mano subiendo por su muslo, dedos ásperos de tanto trabajar rozando la piel suave. Ella no dijo nada, solo lo miró con ojos hambrientos y lo jaló por la nuca para besarlo. Sus labios se encontraron en un choque húmedo, lenguas enredándose con urgencia, saboreando el tequila y el salado de la piel. Sofia gemía bajito, sintiendo cómo su concha se humedecía, el calor palpitante entre sus piernas.
Él la manoseaba con pericia, una mano en su nalga apretándola, la otra colándose bajo el vestido para pellizcar un pezón. Puta madre, qué rico, pensó ella, arqueándose contra él. Le mordisqueó el cuello, inhalando su olor almizclado, mientras Diego gruñía como animal en celo. “Eres una chingona, wey. Vamos adentro, no quiero que nos vean todavía”, susurró, pero Sofia negó con la cabeza. “Aquí mismo, cabrón. No esperes”.
La levantó en brazos como si no pesara nada, sentándola en una mesa vieja del jardín cubierta de manteles abandonados. Le subió el vestido, exponiendo sus muslos y la tanga negra empapada. Diego se arrodilló, besando su interior de pierna, subiendo lento, torturándola. Sofia tiró de su pelo, “Ya, pinche pendejo, no me hagas sufrir”. Él rio y le quitó la tanga de un jalón, su lengua encontrando su clítoris hinchado. El placer la golpeó como rayo: lamidas expertas, chupando con hambre, el sonido húmedo de su boca contra su carne resonando en la noche. Ella jadeaba, piernas temblando, el mundo reduciéndose a esa sensación ardiente, el sabor salado de su propia excitación en el aire.
Pero querían más. Sofia lo empujó al suelo, sobre la grama fresca, y se montó encima. Le desabrochó el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Qué chingón pedazo de hombre, pensó, lamiéndola de abajo arriba, saboreando la gota salada de pre-semen en la punta. Diego gemía fuerte, “¡Sí, mámale, Sofi! Eres la neta”, sus caderas embistiéndola. Ella lo chupó con ganas, garganta profunda, sintiendo cómo se ponía más dura en su boca.
Ya no aguantaban. Sofia se posicionó, frotando la cabeza de su verga contra su entrada resbalosa. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirla llenarla por completo. ¡Ay, cabrón, qué rico! Empezó a cabalgar, tetas rebotando, manos de Diego en sus caderas guiándola. El ritmo se aceleró, piel contra piel chapoteando, sudor volando. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, embistiéndola fuerte desde atrás, una mano en su clítoris frotando. Sofia gritaba bajito, “¡Más duro, Diego! ¡Cógeme como puta!”. El orgasmo la alcanzó primero, olas de placer convulsionándola, concha apretando su verga como vicio.
Diego la siguió, gruñendo como toro, llenándola de su leche caliente. Colapsaron juntos en la grama, respiraciones agitadas, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El aire nocturno los refrescaba, olor a sexo y tierra mezclado con jazmín del jardín.
En el afterglow, Sofia recargó la cabeza en su pecho, escuchando su corazón galopando. “Neta, wey, fue increíble”, murmuró él, acariciándole el pelo. Ella sonrió, pensando en cómo todo había fluido tan natural, como si el destino los hubiera empujado.
Dios los entregó a sus pasiones, pensó, y qué chido que así fuera. Ya no hay vuelta atrás.
Se levantaron despacio, arreglándose la ropa entre risas cómplices. Volvieron a la fiesta como si nada, pero con esa conexión nueva latiendo entre ellos. La noche siguió, pero Sofia sabía que esto era solo el principio. El tequila sabía mejor, la música sonaba más viva, y el roce de la mano de Diego en la suya prometía más noches de fuego.