La Pasion de Jesus Segun San Juan en Nuestra Carne
Era Semana Santa en mi pueblito de Jalisco, el aire cargado de incienso y el eco de las procesiones retumbando en las calles empedradas. Yo, María, había invitado a Jesús a mi casa esa noche de Jueves Santo. No el Jesús de la cruz, claro, sino mi Jesús, el wey alto moreno con ojos que te queman como chile habanero. Llevábamos meses de coqueteo en la plaza, miraditas y roces casuales que me dejaban la panocha hecha un desastre. Esa noche, con la vela parpadeando en la mesita, saqué la Biblia familiar, esa gastada con tapas de cuero que mi abuelita me dejó.
—Órale, carnal —le dije, sentándome en el sillón viejo de mimbre, mis piernas rozando las suyas–. Vamos a leer la pasion de jesus segun san juan. Dicen que trae buena suerte para el amor verdadero.
Él sonrió, esa sonrisa pícara que me hacía mojarme al instante, y se acercó más. Su olor a jabón fresco y sudor varonil me invadió las fosas nasales, como un tequila añejo que te calienta el pecho. Abrió el libro en el capítulo dieciocho, su voz grave recitando: "Jesús se dirigió a ellos diciendo: Yo soy..." Cada palabra salía ronca, vibrando en el aire quieto de la sala. Yo cerré los ojos, imaginando no al Cristo sufriente, sino a mi Jesús besándome el cuello, sus manos grandes explorando mi piel morena.
El calor de la noche mexicana nos envolvía, el zumbido de los grillos afuera como un coro secreto. Sentí su aliento en mi oreja mientras leía, su muslo presionando el mío. Neta, este wey me va a volver loca, pensé, mi corazón latiendo como tamborazo en fiesta. La tensión crecía despacio, como el fuego que se aviva con leña seca. Cuando llegó a la parte del beso de Judas, él pausó y me miró fijo.
¿Y si mi traición es no besarte ya?
Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando el sabor salado de mi piel. Gemí bajito, el sonido ahogado por el suyo. Sus manos subieron por mis muslos, bajo la falda ligera de algodón, tocando la carne caliente que ardía por él. Olía a jazmín del jardín y a su excitación masculina, ese almizcle que me ponía los pezones duros como piedras.
Nos levantamos sin decir nada, el libro cayendo al piso con un thud sordo. Lo jalé hacia mi cuarto, la cama con sábanas blancas crujiendo bajo nuestro peso. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de mi escote, su lengua trazando círculos en mis tetas. ¡Ay, cabrón! El roce de su barba incipiente me erizaba la piel, enviando chispas directas a mi entrepierna. Yo le desabroché la camisa, mis uñas arañando su pecho velludo, oliendo el sudor fresco que perlaba su piel.
—Te quiero, María —murmuró, su voz como un rezo pecaminoso–. Como Jesús amó hasta el final.
Me recostó, sus dedos hábiles bajando mis calzones, exponiendo mi panocha húmeda y palpitante. El aire fresco besó mi sexo, pero su boca lo cubrió al instante. Lamidas lentas, saboreando mi jugo dulce como tuna madura, su lengua danzando en mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, mis caderas arqueándose, el sonido de mi placer mezclándose con el viento que mecía las cortinas. Esto es la verdadera pasión, pensé, mientras mis manos se enredaban en su pelo negro, guiándolo más profundo.
Lo volteé, queriendo devorarlo. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con vida propia. La tomé en mi boca, sintiendo su calor salado, el pulso acelerado contra mi lengua. Él gruñó, un sonido animal que me vibró en los huesos. Sabía a hombre puro, a deseo acumulado. Chupé despacio, lamiendo la punta, mis manos masajeando sus huevos pesados. Sus caderas se movían, follándome la boca con ternura, pero la urgencia crecía.
La habitación olía a sexo, a nuestros fluidos mezclados, el colchón hundiéndose con cada embestida de placer. Me subió encima, mi coño resbaladizo engullendo su polla centímetro a centímetro. ¡Qué rico, wey! Sentí cada vena rozando mis paredes internas, llenándome hasta el fondo. Cabalgaba lento al principio, mis tetas rebotando, sus manos apretando mi culo redondo. El slap slap de piel contra piel era música, más hipnótica que cualquier procesión.
Inner struggle: ¿Y si esto es pecado? Nah, neta, Dios hizo los cuerpos para gozar. Aceleramos, sudor goteando, bocas chocando en besos feroces. Él me volteó a cuatro patas, penetrándome desde atrás, su vientre chocando mi nalga con fuerza. Grité su nombre, olas de placer subiendo desde mi vientre. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotando en círculos, mientras su verga me taladraba sin piedad.
—¡Más, Jesús, dame más! —supliqué, mi voz ronca.
La tensión se acumulaba como tormenta en el horizonte, relámpagos en mi espina dorsal. Él jadeaba en mi oído, contando mis orgasmos como estaciones de la cruz. El primero me sacudió como terremoto, mi coño contrayéndose alrededor de su polla, jugos chorreando por mis muslos. No paró, follándome a través del placer, prolongándolo hasta que vi estrellas.
El segundo vino más fuerte, mis piernas temblando, uñas clavadas en las sábanas. Él se hinchó dentro de mí, gruñendo mi nombre mientras explotaba, su leche caliente inundándome, mezclándose con la mía. Colapsamos juntos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. El afterglow nos envolvió como niebla tibia, sus brazos rodeándome protector.
Minutos después, aún unidos, él besó mi frente. La pasion de jesus segun san juan había sido nuestro evangelio, transformado en carne viva. Afuera, las campanas de la iglesia doblaban, pero en mi cama, el verdadero milagro latía entre nosotros.
—Eres mi redención, María —dijo, su voz suave como caricia.
Me acurruqué en su pecho, oliendo su esencia, saboreando la paz post-orgásmica. Esto es amor, carnal, puro y ardiente. La noche se extendió, promesas susurradas, cuerpos entrelazados hasta el amanecer. En Jalisco, las pasiones no mueren en la cruz; renacen en la piel del otro.