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La Pasión de San Mateo

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La Pasión de San Mateo

Llegas a San Mateo un viernes de cuaresma, con el sol pegando como plomo derretido sobre las calles empedradas. El aire huele a incienso quemado y a tacos de carnitas dorándose en comales humeantes. La feria patronal está en su apogeo: mariachis rasguean guitarras con gritos rancheros, y la gente se agolpa frente al atrio de la iglesia donde ensayan La Pasión de San Mateo, esa obra que revive el sufrimiento del santo con velas titilantes y actores cubiertos de sudor. Tú, con tu vestido floreado pegándose a la piel por el calor, sientes una cosquilleo en el estómago, como si el pueblo entero te invitara a algo prohibido pero irresistible.

Te recargas en una pared de adobe, sorbiendo un tejate fresco que sabe a chocolate y flores de cacao, cuando lo ves. Se llama Mateo, un moreno alto y fornido, con ojos negros como pozos sin fondo y una sonrisa pícara que dice "órale, mamacita". Lleva una camisa blanca remangada, dejando ver brazos musculosos de tanto labrar la tierra. "¿Primera vez en San Mateo?" te pregunta, su voz ronca cortando el bullicio como un cuchillo caliente en mantequilla. Asientes, y él se acerca, su olor a jabón rústico y tierra húmeda invadiendo tus sentidos. "La Pasión de San Mateo no es solo la obra, ¿sabes? Hay pasiones que arden aquí más que las velas de la iglesia."

Conversan un rato, riendo de chistes locales. "Pinche calor, ¿no?" dice él, y tú sientes su mirada recorriendo tus curvas, deteniéndose en el escote donde el sudor brilla como miel. El deseo inicial es un fuego lento: sus roces casuales al pasar la cerveza, el roce de sus dedos ásperos contra los tuyos. "Ven, te enseño el pueblo de noche", propone, y tú aceptas porque neta, su presencia te hace palpitar el corazón como un tambor de jarabe.

La noche cae como manto negro salpicado de estrellas. Caminan por callejones angostos donde las luces de faroles parpadean, y el aroma de jazmines silvestres se mezcla con el humo de fogatas. Mateo te toma de la mano, su palma callosa contra tu piel suave enviando chispas eléctricas por tu espina. "Aquí en San Mateo, la pasión no espera", murmura, deteniéndose frente a una casa antigua con patio empedrado. La puerta se abre con un chirrido, y entran a un cuarto iluminado por velas, el aire cargado de sándalo y anticipación.

¿Qué carajos estoy haciendo? Piensas, pero tu cuerpo ya sabe la respuesta: quieres esto, lo quieres a él, con su fuerza y su ternura oculta.

Mateo te besa entonces, lento al principio, sus labios firmes probando los tuyos como si saboreara un tamal recién hecho. El beso se profundiza, lenguas danzando con sabor a tequila y menta. Sus manos grandes recorren tu espalda, bajando hasta tus caderas, apretándote contra su dureza creciente. Gimes bajito, el sonido ahogado por su boca, mientras el calor entre tus piernas se enciende como yesca.

Te quita el vestido con reverencia, sus ojos devorando cada centímetro de tu piel expuesta. "Eres una chula, pendeja por lo rica que estás", dice juguetón, y tú ríes, empujándolo a la cama de madera crujiente. Tus dedos desabotonan su camisa, revelando un pecho velludo y marcado por el sol, oliendo a hombre puro. Lo besas ahí, lamiendo el salitre de su piel, bajando hasta el borde de sus pantalones. Él jadea, "¡Ay, güey, me vas a matar!"

La escalada es gradual, como la marea subiendo en la costa oaxaqueña. Le bajas el pantalón, y su verga salta libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. La tocas, suave al principio, sintiendo su calor pulsante en tu palma, el olor almizclado de su excitación llenando el cuarto. Él te recuesta, besando tu cuello, mordisqueando suave hasta que arqueas la espalda. Sus labios bajan a tus pechos, chupando pezones endurecidos que duelen de placer, tirando con dientes lo justo para hacerte gemir alto.

Esto es la pasión de San Mateo, piensas, no la del santo, sino esta hambre que nos devora. Sus dedos exploran entre tus muslos, encontrando tu panocha ya empapada, resbaladiza de jugos. Los mete despacio, uno, dos, curvándolos para rozar ese punto que te hace ver estrellas. "Estás chorreando, mi amor", gruñe, y tú respondes moviendo caderas, follándote su mano mientras el colchón cruje rítmicamente.

Lo empujas hacia arriba, queriendo más. Te montas en él, frotando tu clítoris contra su verga dura como palo de escoba. El roce es eléctrico, piel contra piel resbalosa, sonidos húmedos mezclándose con vuestros jadeos. "Cógetela ya, Mateo, no aguanto", suplicas, y él obedece, guiándote hacia abajo. Entras en él centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente, el placer rayando en dolor al principio. Gritas cuando lo tienes todo, su grosor llenándote hasta el fondo.

Cabalgas lento, sintiendo cada vena, cada pulso. Sus manos en tus nalgas, amasándolas, azotando suave para que el escozor avive el fuego. El sudor nos une, goteando entre pechos y abdomen, el cuarto oliendo a sexo crudo y velas derretidas. Aceleras, pechos rebotando, su verga golpeando profundo. Él se incorpora, chupándote mientras follas, y el orgasmo te golpea como rayo: contracciones violentas, jugos chorreando por sus bolas, visión nublada por placer cegador.

Pero no para. Te voltea boca abajo, penetrándote por atrás con embestidas feroces, su vientre chocando contra tus nalgas en palmadas sonoras. "¡Te voy a llenar, pinche diosa!" ruge, y tú empuñas sábanas, mordiendo almohada para no gritar al vecindario entero. Sus dedos en tu clítoris, frotando en círculos, y el segundo clímax te arrasa, piernas temblando, panocha apretándolo como puño.

Él se corre entonces, gruñendo como toro, chorros calientes inundándote, goteando por muslos. Colapsan juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas sincronizándose. El afterglow es dulce: besos perezosos, caricias en pelo enmarañado, el aroma de semen y sudor impregnando todo.

Despiertan al alba, con gallos cantando y el eco lejano de la iglesia. Mateo te mira, ojos suaves ahora. "La Pasión de San Mateo te atrapó, ¿verdad?" dice riendo. Tú asientes, sabiendo que este pueblo, este hombre, dejaron huella imborrable. Sales a la calle, piernas flojas, sonrisa tonta, llevando en la piel el recuerdo de esa noche que ardió más que cualquier obra religiosa.

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