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La Pasion de Cristo Soundtrack Desatada en Nuestra Piel

7151 palabras

La Pasion de Cristo Soundtrack Desatada en Nuestra Piel

La noche en nuestra casa de Coyoacán caía como un manto suave, con el aroma de las bugambilias colándose por la ventana abierta. Tú llegas cansado del jale, pero al cruzar la puerta, el sonido te envuelve de inmediato: esas cuerdas graves y apasionadas del soundtrack de La Pasión de Cristo, esa música que siempre nos ha puesto la piel chinita. Ana, tu morra, está en la sala, con una blusa floja que deja ver el encaje de su brasier negro y unos shorts que abrazan sus nalgas redondas como un sueño. Tiene el volumen justo, ni alto ni bajo, para que vibre en el pecho.

Órale, carnal, qué chido verte, dice ella con esa sonrisa pícara, los ojos brillando bajo la luz tenue de las velas que prendió. Se acerca contoneándose al ritmo de los violines que suben y bajan como un jadeo contenido. Tú sientes el calor de su cuerpo antes de tocarla, ese olor suyo a vainilla y sudor fresco que te enciende el deseo de inmediato. Le das un beso en la boca, lento, saboreando sus labios carnosos con sabor a tequila reposado que ya se aventó un trago.

Se sientan en el sofá de piel suave, con las piernas enredadas. La música sigue, ahora con coros que suenan como un lamento erótico, evocando pasión cruda, sufrimiento que se transforma en éxtasis.

Neta, este soundtrack de La Pasión de Cristo siempre me pone caliente, piensas tú, mientras tu mano sube por su muslo, sintiendo la tersura de su piel morena, cálida como el sol de mediodía.
Ana suspira, recargando la cabeza en tu hombro. Hablan de la semana, de lo pendejo que fue tu jefe, pero las palabras se diluyen en risas y roces. Su mano se posa en tu entrepierna, notando cómo tu verga ya se despierta bajo el pantalón.

El deseo crece como la música, gradual, inexorable. Tú la jalas hacia ti, besándola con más hambre, la lengua explorando su boca húmeda, saboreando el dulzor de su saliva mezclada con el tequila. Ella gime bajito, un sonido que se funde perfecto con los tambores lejanos del soundtrack. Chíngame ya, wey, murmura contra tus labios, pero no apresuran nada. Quieren saborear la tensión, dejar que la melodía los guíe.

Te levantas, la cargas en brazos como si fuera pluma, sus chichis presionando tu pecho. La llevas al cuarto, donde la cama king size espera con sábanas de algodón egipcio frescas. La música viene de los bocinas inalámbricas, envolviéndolos como un capullo sonoro. La acuestas despacio, quitándole la blusa con dedos temblorosos de anticipación. Sus tetas saltan libres, pezones duros como piedras preciosas, oscuros y erectos. Tú los chupas, lamiendo con la lengua plana, sintiendo su sabor salado, el aroma almizclado de su excitación subiendo desde abajo.

Ana arquea la espalda, sus uñas clavándose en tu nuca. ¡Ay, cabrón, qué rico! exclama, voz ronca. Tus manos bajan, desabrochando sus shorts, deslizándolos con sus calzones de encaje. Su panocha depilada brilla húmeda, el clítoris hinchado asomando como un botón rosado. Olfateas su esencia, ese olor a mar y miel que te vuelve loco. Ella te empuja hacia atrás, quitándote la playera y el pantalón con urgencia juguetona. Tu verga salta erecta, venosa, palpitante, la cabeza mojada de precum.

Quiero comértela toda, mi amor, piensa ella, y tú lo lees en sus ojos hambrientos.

La música llega a un crescendo, violines agudos como gemidos, y Ana se arrodilla entre tus piernas. Su boca caliente envuelve tu verga, lengua girando alrededor de la cabeza, succionando con maestría. Sientes el calor húmedo, el roce de sus labios suaves, el leve roce de dientes que envía chispas por tu espina. Gimes fuerte, las caderas subiendo involuntarias. ¡No pares, pinche diosa! le dices, mano enredada en su cabello negro largo.

Ella acelera, tragándosela hasta la garganta, saliva chorreando por tu saco. El soundtrack parece sincronizarse: cada nota grave vibra en tus bolas, cada coro alto coincide con sus chupadas profundas. Tú la detienes antes de explotar, jalándola arriba para besarla, probando tu propio sabor en su lengua. La volteas boca abajo, besando su espalda, lamiendo el sudor salado que perla su piel. Tus dedos encuentran su concha empapada, resbaladiza, introduciéndose dos de golpe. Ella grita de placer, caderas moviéndose contra tu mano.

Más, métemela ya, pendejo, suplica, voz entrecortada. Tú obedeces, posicionándote atrás, la verga rozando sus labios vaginales, lubricados por sus jugos. Empujas lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su carne te aprieta, caliente y aterciopelada. El soundtrack explota en un clímax orquestal, y tú la penetras hasta el fondo, bolas golpeando su clítoris. Empiezan a chingarse con ritmo furioso, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose en un olor embriagador de sexo puro.

Cambian posiciones: ella encima, cabalgándote como amazona, tetas rebotando hipnóticas. Tú las agarras, pellizcando pezones, mientras ella gira las caderas, moliendo su clítoris contra tu pubis. Sus gemidos se elevan con la música, ahora en un pasaje suave pero intenso, como un latido compartido.

Siento que voy a reventar, qué chingonería esta unión, piensas tú, el corazón latiendo desbocado, pulsos acelerados en sincronía.

La volteas de nuevo, misionero profundo, mirándose a los ojos. Sus pupilas dilatadas reflejan tu rostro extasiado. Aceleras, embistiéndola con fuerza, su concha contrayéndose alrededor de tu verga, ordeñándote. ¡Me vengo, cabrón! grita ella, cuerpo convulsionando, jugos calientes inundando tu eje. Tú aguantas unos segundos más, el soundtrack llegando a su pico emocional, y explotas dentro, chorros calientes llenándola, gemido gutural escapando tu garganta.

Colapsan juntos, jadeantes, la música bajando a un susurro melancólico. Su concha aún palpita alrededor de tu verga semierecta, semen goteando entre sus muslos. Te quedas dentro, abrazados, pieles pegajosas de sudor, respiraciones calmándose. Besas su frente, oliendo su cabello con aroma a coco de su shampoo.

Qué pedo, amor, eso fue de otro mundo, murmura Ana, riendo bajito, dedo trazando círculos en tu pecho. Tú asientes, el soundtrack de La Pasión de Cristo llegando a su fin, dejando un silencio cargado de paz. Piensan en lo que esa música desató: no solo pasión física, sino una conexión más honda, como si cada nota hubiera tejido sus almas. Se levantan despacio, van al baño a ducharse juntos, agua caliente lavando los restos, manos explorando de nuevo con ternura.

De vuelta en la cama, envueltos en las sábanas, escuchan el silencio de la noche coyoacana, grillos cantando afuera.

La próxima, ponemos ese soundtrack otra vez, mi reina, le dices en voz baja.
Ella sonríe, acurrucándose. Chido, pero solo si prometes darme más de eso. Duermen así, satisfechos, con el eco de la pasión resonando en sus cuerpos, listos para más noches así de intensas.

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