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Pasion Futbolera Monterrey

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Pasion Futbolera Monterrey

El rugido de la afición en el Estadio BBVA me erizaba la piel cada vez que los Rayados atacaban. Yo, Ana, la pasión futbolera Monterrey hecha mujer, estaba ahí en la tribuna norte, con mi camiseta azul y blanca pegada al cuerpo por el sudor del calor regio. El olor a chela derramada, a hot dogs chamuscados y a esa tierra removida del campo me invadía las fosas nasales. Neta, no hay nada como un clásico contra los Tigres para encenderte por dentro.

Ahí lo vi, a unos metros, gritando goles con una intensidad que me mojó las bragas sin que el balón siquiera rozara la red. Alto, moreno, con esa barba recortada que pedía a gritos que la rozara con mis labios. Llevaba la sudadera de los Rayados, floja sobre unos brazos que se marcaban cuando alzaba los puños. ¿Será fan de hueso colorado como yo?, pensé, mientras mi corazón latía al ritmo de los tambores de la porra.

El partido terminó tres a uno, victoria rayada que nos tenía a todos eufóricos. Bajé las escaleras de la tribuna, esquivando cuerpos sudados y high fives, cuando choqué contra él. Su pecho duro contra mis tetas, un roce accidental que duró un segundo de más. Olía a hombre, a colonia barata mezclada con sudor fresco, y su sonrisa pícara me dejó tonta.

—Órale, güey, perdón —dijo, con esa voz grave que vibraba en mi entrepierna.

—No pasa nada, carnal. ¡Qué partidazo, ¿no? Esa pasión futbolera Monterrey no se compara con nada.

Nos quedamos platicando mientras salíamos del estadio. Se llamaba Diego, regio de toda la vida, ingeniero en una maquiladora del norte. Yo, mesera en un antro del Barrio Antiguo, pero con el alma en la cancha. Caminamos hacia la Macro, pero el bullicio nos jaló a un bar cercano, de esos con pantallas gigantes repitiendo jugadas. Pedimos chelas frías, y entre brindis por los Rayados, las miradas se volvieron fuego.

En el segundo acto de esta noche, la cosa escaló. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa, un toque eléctrico que me hacía apretar los muslos.

Neta, Ana, no seas pendeja, invítalo a tu depa. Hace rato que sientes su verga dura contra tu pierna cuando te abrazó en la euforia del gol.
Le conté de mi pasión futbolera Monterrey, cómo desde morra veía los juegos con mi carnal en la tele, cómo vibraba con cada pase. Él me escuchaba, con ojos que devoraban mis labios, mi escote que asomaba con cada risa.

—Tú eres la aficionada más chida que he visto, Ana. Esa camiseta te queda como guante... o como nada.

Me reí, juguetona, y le pasé la mano por el muslo. —Si quieres ver cómo me queda sin ella, vente a mi casa. Vivo cerca, en la Cumbres.

En su camioneta, rumbo a mi depa, la tensión era palpable. Ponía cumbia rebajada, pero ni la música tapaba nuestros jadeos contenidos. Su mano en mi rodilla subía despacio, rozando la piel desnuda bajo mi falda corta. Yo me mordía el labio, sintiendo el calor entre mis piernas crecer como la afición en un contragolpe. Aparcó mal, nos bajamos tropezando, riendo como pendejos enamorados del momento.

Adentro, el aire olía a mi perfume de vainilla y a la pizza fría de anoche. Cerré la puerta y lo empujé contra la pared del recibidor. Nuestros labios chocaron como dos equipos rivales, hambrientos, lenguas enredadas en un baile salvaje. Sabía a chela y a victoria, su saliva tibia invadiendo mi boca mientras yo gemía bajito. Sus manos grandes me amasaron las nalgas, apretando la carne bajo la falda, levantándola hasta que el aire fresco besó mi tanga húmeda.

Lo jalé al sillón, quitándole la sudadera de un tirón. Su pecho lampiño, marcado por horas en el gym, olía a jabón y deseo puro. Le besé el cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a sus pezones duros que chupé hasta que gruñó como fiera. Qué rico carnal, tu verga ya marca pantalón como poste de gol.

Me puse de rodillas, desabrochando su jeans con dientes. Saltó su verga gruesa, venosa, apuntando al techo como un tiro libre perfecto. La olí primero, almizcle masculino que me mareó, luego la lamí desde la base, saboreando la piel tensa y el pre-semen salado en la punta. —Mámamela, Ana, qué chido... murmuró, enredando dedos en mi pelo revuelto.

Lo tragué profundo, garganta relajada por la práctica solitaria con mis juguetes, mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados. Él jadeaba, caderas moviéndose al ritmo de mi boca, el sonido chapoteante llenando la sala. Pero no lo dejé acabar; lo quería dentro, llenándome como un hat-trick.

Me levantó como pluma, quitándome la camiseta. Mis chichis saltaron libres, pezones cafés duros pidiendo atención. Me lamió uno, mordisqueando suave, mientras sus dedos bajaban mi tanga. —Estás empapada, mamacita. Neta, tu concha huele a gloria. Metió dos dedos, curvados en mi punto G, revolviendo jugos que chorreaban por mis muslos. Gemí alto, arqueándome, el placer como un gol en el último minuto.

En la cama, el clímax del partido. Me abrió las piernas, su lengua explorando mi panocha depilada, lamiendo clítoris hinchado con maestría. Saboreaba mis mieles dulces, chupando labios mayores hasta que vi estrellas.

¡No pares, Diego, neta vas a hacer que me corra como en la final!
Explosé en su boca, temblores sacudiendo mi cuerpo, chorro caliente mojando su barba.

Ahora él, montándome como jinete regio. Su verga entró de un embestida, llenándome hasta el fondo, estirando paredes que lo apretaban como afición a su ídolo. Cabalgaba duro, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Sudor nos unía, piel contra piel resbalosa, olores de sexo crudo invadiendo la habitación. —¡Más fuerte, pendejo, dame todo! grité, mientras él me volteaba a cuatro patas, azotando nalgas rojas.

Desde atrás, su verga golpeaba mi culo, bolas chocando contra mi clítoris. El slap-slap de carne era sinfonía, mis gemidos roncos mezclados con sus gruñidos. Sentía su pulso acelerado en mi espalda, venas hinchadas dentro de mí. Ven, córrete conmigo, hazme tuya en esta pasión futbolera Monterrey.

El release llegó como estadio enloquecido. Él se hinchó, chorros calientes bañando mi útero, mientras yo contraía en oleadas, gritando su nombre. Colapsamos, enredados, pulsos calmándose al unísono. Su semen goteaba de mi concha, tibia y pegajosa en mis muslos.

En el afterglow, fumamos un cigarro en la ventana, Monterrey luces brillando abajo. Me besó la sien, suave. —Eres increíble, Ana. Esta pasión futbolera Monterrey ahora es nuestra.

Yo sonreí, acurrucada en su pecho. Mañana otro juego, pero esta noche ganamos los dos. La ciudad respiraba victoria, y nosotros, saciados, listos para el próximo tiempo.

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