Los Secretos Ardientes de los Actores de la Pasion de Cristo
Ana sentía el sol de Iztapalapa quemándole la piel mientras ensayaban la escena del calvario. El cerro estaba vivo con el bullicio de los actores de la Pasión de Cristo, todos sudando bajo los trajes polvorientos, gritando diálogos en ese español arcaico que sonaba tan chingón. Ella interpretaba a María Magdalena, con su túnica raída y el pelo suelto enmarañado por el viento caliente. Frente a ella, Javier, el wey que hacía de soldado romano, la clavaba con la mirada cada vez que la escena lo permitía.
Órale, este pendejo me ve como si ya me estuviera comiendo con los ojos, pensó Ana, mientras fingía llorar al pie de la cruz falsa. Javier era alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la armadura de cartón piedra. Después de tres semanas de ensayos, la tensión entre ellos era como un volcán a punto de reventar. Cada roce accidental durante las coreografías, cada mirada robada en los breaks, hacía que su chucha se humedeciera sin permiso.
El director gritó ¡corte! y todos aplaudieron. Ana se quitó la peluca, sacudiendo el sudor de su cuello. Javier se acercó, con una botella de agua en la mano, sonriendo de lado como el cabrón que sabe lo que provoca.
—¿Qué onda, Magdalena? ¿Te portas bien o sigues tentándome? —dijo él, con esa voz grave que le erizaba la piel.
—Pura pendejada, soldado. Tú eres el que no quita las manos en las escenas —rió ella, aceptando el agua. Sus dedos se rozaron, y un chispazo eléctrico le subió por el brazo. Olía a él: sudor masculino mezclado con el aroma terroso del cerro, y algo más, como jabón de lavanda que usaba después de bañarse en el cuartito improvisado.
Los demás actores se fueron en tropel hacia los camiones, charlando de las tunas y los antojitos del puesto de doña Lupe. Pero Ana y Javier se quedaron rezagados, recogiendo props bajo el sol poniente que teñía todo de naranja.
La noche cayó rápida sobre el escenario montado en el cerro. Habían terminado tarde, y el director les pidió que guardaran las cruces y túnicas en el bodegón al fondo. Ana entró primero, el aire adentro fresco y cargado de polvo viejo. Javier cerró la puerta con un clic que sonó como promesa.
¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es puro desmadre, se dijo Ana, pero su corazón latía como tambor de banda. Javier se acercó por detrás, su aliento cálido en su nuca.
—No aguanto más verte moverte así, Ana. Eres un pinche fuego —murmuró, sus manos grandes posándose en sus caderas.
Ella giró, enfrentándolo. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, tongues danzando con sabor a sal y agua mineral. Javier la empujó suave contra una pila de telas, sus dedos desatando el lazo de su blusa. La tela cayó, revelando sus tetas firmes, pezones duros como piedras de cerro.
—Qué ricas estás, wey —gruñó él, bajando la boca a chupar uno, mientras su mano bajaba por su vientre plano hasta el borde del pantalón.
Ana jadeó, el sonido de su succión húmeda llenando el cuarto. Olía a su excitación, ese musk dulce que salía de entre sus piernas. Le clavó las uñas en la espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa sudada. Esto es lo que necesitaba, carajo, después de tanto fingir dolor en los ensayos.
Él la desvistió despacio, saboreando cada centímetro de piel expuesta. Sus dedos encontraron su chochito ya empapado, resbaloso de jugos. Ana gimió cuando metió dos dedos, curvándolos justo ahí, frotando su punto G con maestría.
—¡Ay, Javier, no pares, cabrón! —suplicó, montándose en sus dedos, el roce áspero de sus callos enviando ondas de placer.
Se arrodilló entonces, su lengua caliente lamiendo desde el clítoris hasta el ano, saboreándola como si fuera el mejor elote del mundo. Ana temblaba, sus muslos apretando su cabeza, el olor de su propia excitación mezclándose con el de él. Lo jaló del pelo, obligándolo a subir para besarla, probando su propio sabor salado en su boca.
Javier se quitó la ropa rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. Ana la tomó en mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave.
—Te la chupo hasta que ruegues —dijo ella, arrodillándose. Su boca lo envolvió, lengua girando en la cabeza sensible, succionando con fuerza. Él gruñó, manos enredadas en su pelo, empujando suave pero firme. El sabor era salado, viril, adictivo.
La levantó, la sentó en una mesa improvisada de madera. Ana abrió las piernas, invitándolo con la mirada. Javier se colocó entre ellas, frotando la punta de su verga contra su entrada húmeda, torturándola.
—Dámela ya, pinche romano —exigió ella, clavándole las uñas en los brazos.
Entró de un solo empujón, llenándola por completo. Ana gritó de placer, el estiramiento ardiente perfecto. Empezaron a moverse, él embistiendo profundo, ella clavándose en él, piel contra piel chapoteando con cada choque. El sudor les corría por los cuerpos, goteando al suelo, el aire cargado de gemidos y el slap-slap de carne.
Es como si estuviéramos actuando la pasión de verdad, pero esta vez es pura lujuria, pensó Ana mientras él le mordía el cuello, dejando marcas rojas. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como yegua salvaje, tetas rebotando, clítoris frotándose contra su pubis. Javier la agarraba del culo, abriéndola más, un dedo jugando con su ano para más placer.
La intensidad creció, sus respiraciones entrecortadas, corazones latiendo al unísono. Ana sintió el orgasmo venir, una ola gigante desde el estómago.
—¡Me vengo, Javier, chingá! —chilló, contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando por sus bolas.
Él la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola de semen caliente que se sentía como lava dentro. Colapsaron juntos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos.
Se quedaron así un rato, él acariciándole el pelo, ella trazando círculos en su pecho.
Salieron del bodegón de madrugada, el cerro silencioso salvo por el canto lejano de un gallo. Ana se sentía plena, como si hubiera exorcizado toda la tensión de los ensayos. Javier la besó suave antes de subir al camión.
—Esto no termina aquí, Magdalena. Mañana más —dijo con guiño.
—Órale, soldado. Pero no le digas a nadie de los actores de la Pasión de Cristo, ¿eh? Nuestro secreto ardiente —rió ella.
En el trayecto a casa, Ana miró las luces de la ciudad, sintiendo aún el eco de su verga dentro, el olor de sexo pegado a su piel. Quién diría que entre cruces y latigazos saldría algo tan chingón. La Pasión continuaba, pero ahora era suya, personal, ardiente y consentida al mil.