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La Pasion de Cristo Pelicula Original que Enciende la Carne

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La Pasion de Cristo Pelicula Original que Enciende la Carne

La lluvia caía a cántaros sobre el balcón del depa en la Roma, ese sonido constante como un tambor lejano que me ponía la piel chinita. Yo, Ana, estaba acurrucada en el sofá de piel suave con mi carnal, Javier, el wey que me volvía loca con solo una mirada. Habíamos decidido ver La Pasion de Cristo pelicula original, esa película tan intensa que neta te revuelve el alma. No sé por qué elegimos eso esa noche, pero algo en el aire olía a deseo, a mezcal ahumado que Javier acababa de servir en vasos bajos.

"Órale, Ana, prepárate, esta película es cabrona", me dijo él con esa voz ronca que me erizaba los vellos de la nuca. Su mano grande descansaba en mi muslo, tibia, pesada, y yo sentía el calor subir por mi pierna como una corriente eléctrica. La pantalla se iluminó con las imágenes crudas de Jerusalén antigua, el polvo del desierto, los gritos lejanos. El olor a palomitas con chile y limón flotaba en la sala oscura, mezclado con el perfume de su colonia, algo amaderado y macho que me hacía morderme el labio.

Al principio, solo mirábamos. Jim Caviezel como Jesús, sufriendo, sangrando, pero había una pasión en sus ojos que me removía por dentro.

¿Por qué carajos esta película me está poniendo caliente?
pensé, mientras mi corazón latía más rápido. Javier se movió un poco, su brazo rodeándome los hombros, y su aliento cálido rozó mi oreja. "Mira cómo aguanta, güey, esa fuerza...", murmuró. Su dedo índice trazó un círculo lento en mi brazo desnudo, y yo sentí un cosquilleo que bajó directo a mi entrepierna.

La película avanzaba, los latigazos sonaban secos, crudos, y cada uno me hacía apretar las piernas. El sudor de Javier se mezclaba con el mío, su camiseta pegada al pecho musculoso que yo conocía de memoria. Olía a hombre, a piel salada, y yo no aguantaba más. Giré la cara hacia él, mis labios rozando su mandíbula áspera por la barba de tres días. "Javi, esta La Pasion de Cristo pelicula original me está encendiendo", le susurré, mi voz temblorosa de anticipación.

Él sonrió, esa sonrisa pícara de pendejo que me conquistaba siempre. "Neta? A mí también, mi reina". Su mano subió por mi muslo, bajo la falda corta de algodón, tocando la piel sensible del interior. Yo jadeé bajito, el sonido de la película ahogando mi gemido. Sus dedos rozaron mi ropa interior, ya húmeda, y él gruñó suave. "Estás chingona de mojada, Ana". El beso vino después, lento al principio, sus labios carnosos probando los míos, lengua explorando con hambre contenida. Sabía a mezcal dulce y a mí misma, porque yo ya lo había besado antes esa noche.

Apagamos la tele a la mitad, no importaba el final, nuestra propia pasión ardía más fuerte. Javier me levantó en brazos como si no pesara nada, sus bíceps duros contra mi espalda. Me llevó a la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas frescas de hilo egipcio. El olor a lavanda de las velas que encendí antes flotaba, mezclado con nuestro arousal, ese aroma almizclado y embriagador. Me tiró suave sobre el colchón, su cuerpo cubriéndome, pesado y delicioso.

"Te quiero tanto, pinche loca", dijo él, quitándome la blusa con urgencia. Sus manos callosas rozaban mis pechos, liberándolos del brasier de encaje negro. Mis pezones se endurecieron al aire fresco, y él los lamió despacio, lengua caliente y húmeda girando, succionando hasta que arqueé la espalda. ¡Qué chido se siente esto! Mi mente gritaba, mientras mis uñas se clavaban en su espalda ancha. Él bajó, besando mi vientre suave, mordisqueando la piel sensible del ombligo. El vello púbico asomaba por la tanga, y Javier lo inhaló profundo, ojos cerrados de puro placer.

"Hueles a paraíso, Ana", murmuró contra mi monte de Venus. Sus dedos enganchados en la tela tiraron, dejando mi panocha expuesta, reluciente de jugos. Yo abrí las piernas por instinto, invitándolo. Él se arrodilló entre ellas, barba raspando mis muslos internos, y su lengua encontró mi clítoris hinchado. Lamidas largas, lentas, chupando con hambre, mientras dos dedos gruesos entraban en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Grité su nombre, "¡Javi, sí, cabrón!", el sonido rebotando en las paredes. Mi cuerpo temblaba, caderas moviéndose al ritmo de su boca experta, el sabor salado de mi excitación en su lengua.

Pero yo quería más, quería sentirlo todo. Lo jalé del pelo, obligándolo a subir. "Cógeme ya, güey, no aguanto". Él se quitó la playera, revelando el pecho tatuado con un águila mexicana, músculos definidos por horas en el gym. Desabrochó el cinto, pantalón cayendo, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero duro, masturbándolo lento mientras él gemía ronco. "Estás chingón de grande, amor".

Se puso condón rápido, siempre responsable, y se posicionó en mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, Dios!", exclamé, pero era Javier mi dios esa noche. Empezó a moverse, embestidas profundas, lentas al inicio, piel chocando contra piel con palmadas húmedas. El sudor nos cubría, goteando de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Sus manos agarraban mis caderas, dedos hundiéndose en la carne suave, controlando el ritmo.

La tensión crecía, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Cambiamos de posición, yo encima ahora, cabalgándolo como reina. Mis tetas rebotaban con cada salto, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Miraba sus ojos oscuros, llenos de amor y lujuria pura.

Esta es nuestra pasión, más real que cualquier película
, pensé, mientras aceleraba, clítoris rozando su pubis peludo. Él se incorporó, mamando mi cuello, dejando chupetones que mañana dolerían rico.

"Me vengo, Ana, ¡joder!", rugió él, y eso me empujó al borde. Mi orgasmo explotó, olas de placer convulsionando mi cuerpo, jugos empapando la unión. Él se corrió segundos después, verga palpitando dentro, llenando el condón con chorros calientes. Colapsamos juntos, jadeantes, corazones tronando al unísono. Su peso sobre mí era perfecto, protector.

Minutos después, nos besamos suaves, lenguas perezosas. "Esa película nos prendió la mecha, ¿verdad?", dijo él riendo bajito. Yo asentí, oliendo su cabello húmedo. "Neta, La Pasion de Cristo pelicula original nunca la olvidaré". Nos acurrucamos bajo las cobijas, la lluvia aún cayendo afuera, un afterglow cálido envolviéndonos. Javier me acariciaba la espalda, trazando círculos perezosos, y yo sentía paz, satisfecha, empoderada en sus brazos. Esa noche, nuestra pasión había sido sagrada, carnal, eterna.

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