Hicimos costumbre cachar, pues su pinga se adaptó a mi culo; aunque, a decir verdad, era delgada y corta. A veces nos grabábamos cachando; cada vez el amor era intenso. Hasta que un día llegó su primo de provincia a pedir posada.
Le visité un día domingo. Me llamó para ir temprano y, al llegar, vi a su primo durmiendo, pues había ido a una fiesta de amanecido. Me dijo: “Quiero cacharte”. Le dije que su primo se podía despertar y vernos cachando. Me respondió: “Ese huevón está dormido piedra, recién ha llegado de una fiesta!!!”.
Me desnudó y empezó a cacharme sobre la cama, cachándome con fuerza; la cama sonaba fuerte. Siguió hasta eyacular dentro mío mientras gemía de placer. Luego se cambió con ropa deportiva, pues iba a jugar fulbito; había hecho amistad con mi tío, con quien jugaba todos los domingos.
Le dije que podía quedarme porque tenía sueño. Aceptó. Me dormí en calzoncillo sobre la cama, pues su primo estaba en una pequeña cama plegable a un costado. Más tarde, entre sueños, sentía que dos manos rozaban mi culo mientras me sacaban el calzoncillo. Me di la vuelta y lo vi desnudo, con la cabeza y el cuello de la pinga parada. Era delgada y larga, pero cabezona.
Le dije que la cabeza de su pinga parecía un hongo mientras me reía. Me tomó la mano y me hizo masturbarlo. Le mamé mientras le decía que no estaba bien porque su primo podría venir. Me respondió que me había visto cuando su primo me cachaba y que quería mi culo.
Me dio la vuelta y sentí que me metió toda la larga y delgada pinga. Sentía el roce interior, pues su pinga era cabezona. Me jaló al filo de la cama y me bombeaba rico hasta que sentí el caliente de la leche dentro de mí mientras gemía de pasión y deseo. Siguió mientras sentía la leche salir de mi culo, hasta que se vino de nuevo.
Al final fuimos a ducharnos y me despedí para ir a casa de mi tío, donde vivía.