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Vilma es una mujer de la provincia de la sierra. Un día nos fuimos al campo con su sobrino David, de 18 años. El muchacho no le quitaba los ojos de encima a mi chola; la miraba de pies a cabeza cada vez que podía.
En un momento de la caminata, a los dos se les antojó orinar. Nos desviamos hacia una casita abandonada para que lo hicieran con privacidad. Ella, toda juguetona, se bajó la ropa interior, dejando su concha completamente abierta a la vista de David. Él sacó de su pantalón una verga grande y gruesa que tanto ella como yo vimos mientras terminaba de orinar.
Le dije: “¿La quieres, amor?”. Vilma me contestó que sí con una sonrisa pícara. David empezó a sobársela hasta ponerla dura y gruesa. Ella le dijo: “David, ven aquí, quiero verla. Tu tío me ha dado permiso, ¿verdad, amor?”. “Claro que sí”, le respondí a mi esposa.
Vilma se acercó, la tomó con sus manos y comenzó a masturbarlo mientras yo le bajaba el pantalón y el calzoncillo. Su verga se ponía cada vez más dura y chorreaba precum. Mi esposa se la metió a la boca con ansias, chupándola con gusto, mientras yo le lamía la concha húmeda y jugosa.
En eso, ella pidió que la penetrara. La ayudé a guiar la verga gruesa de David hacia su concha abierta y ansiosa. Vilma la recibió con gemidos de placer, mientras él la embestía profundo. Yo la besaba con pasión y metía los dedos en su concha, rozando la verga del sobrino que entraba y salía sin parar.
Mi esposa era cachada como nunca por ese sobrino joven y vigoroso, y ella lo deseaba con todo. David se vació dentro de ella, soltando una lechada espesa y blanca que le chorreaba hasta el ano. Ahí mismo la penetré yo, sobre esa crema caliente del sobrino, y Vilma gritó de felicidad total.
Autor: Pedro