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Actualmente soy soltero, tengo 35 años recién cumplidos, y toda mi vida he sido mujeriego, no me avergüenza decirlo. He tenido cualquier cantidad de chavas desde que tengo uso de razón: profesoras, amigas con derechos de mi colegio y de mi trabajo, y salidas casuales. Para mí, el sexo es algo casual que se disfruta y punto.
Entre todas las chavas que he tenido, hay tres lindas bellezas de las que me gusta tenerlas y tirármelas cada vez que me las topo. Fabricio, Antonio y Carlos son tres amigos de toda la vida desde la escuela y el colegio; a diferencia de ellos, que ya están casados y con hijos, yo soy el único solterón del grupo.
Cuando éramos solteros todos, llegué a conocer a sus respectivas mujeres, que eran compañeras de colegio mío. Pues con sus tres respectivas mujeres me acosté: Dasy, Grace y Estefanía fueron mías antes que ellos, y no me arrepiento, pues cada una de ellas es más insaciable que la otra.
Después de más de 20 años, ellas solo han llevado una vida normal de matrimonio; asco para mí, no me gusta el matrimonio, prefiero joder y follar la vida sin responsabilidades y ninguna pavada de matrimonio.
Con la única que frecuento más es con Grace, la mujer de mi amigo Antonio, pues con ella son raras las veces que tenemos nuestra salida casual, normal diría yo. Pero al igual mantengo algo en secreto que no saben e ignoran mis amigos, y sus respectivas mujeres: aparte mantengo una relación casual con sus tres respectivas hijas.
Domenica, Astrid y Malena son tres chavas hermosas. Domenica tiene 21 años, Malena tiene 22, y Astrid tiene 19; pues son las hijas de mis tres amigos, y no niego que mantengo esa vida normal y casual que llevo.
Pues con cada una de ellas tengo raras y en ocasiones salidas a tomarnos unos tragos y luego a disfrutar un rato de sexo. Con la que más salgo y frecuento es con Astrid, pues es una barbie, una preciosura, una lindura de mujer. Me encanta cómo hace el amor esa chava; al igual que su madre Grace, las dos son una fiera. Me encantan cómo se entregan cuando hacemos el amor.
Recuerdo una noche reciente con Astrid: la invité a tomar unos tragos en un bar discreto. Ella llegó con un vestido ajustado que marcaba sus curvas perfectas, sus labios rojos invitándome a besarlos. Charlamos, reímos, y pronto sus manos estaban en mis muslos bajo la mesa, susurrándome al oído lo cachonda que se sentía. La llevé a mi depa cercano, y apenas cerramos la puerta, se arrodilló y me sacó la verga dura como piedra. La chupó con ganas, lamiendo la cabeza mientras me miraba con ojos de puta, gimiendo “me encanta tu polla grande”. La puse contra la pared, le subí el vestido y se la metí de una, embistiéndola fuerte mientras ella gritaba “¡Sí, fóllame más duro, papi!”. Sus tetas rebotaban, su coño apretado me ordeñaba, y cuando se corrió temblando, yo exploté dentro de ella, llenándola de leche caliente. Nos quedamos jadeando, riendo, sabiendo que repetiríamos pronto.
Con Grace es igual de salvaje, pero diferente: su experiencia la hace dominarme un poco. La última vez, en un motel mientras Antonio creía que estaba en una “reunión de amigas”, me montó como una amazona, cabalgándome hasta que sus jugos chorreaban por mis huevos. “Tu amigo no me folla así”, me gemía, arañándome la espalda mientras yo le apretaba el culo y la hacía rebotar. Ambas, madre e hija, son adictas a mi verga, y ninguna de las dos saben del secreto con la otra. Ninguna de las madres sabe que me follo a sus hijas, y viceversa. Es mi vida perfecta: sexo sin dramas, puro placer.
Autor: Rocky Lindao