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Tropezar dos veces con la misma piedra

7117 palabras

8 minutos

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No juzgo nada ni a nadie, son solo los hechos de lo sucedido en mi vida. Soy Gabriel y tengo 46 años y tres hijos; actualmente vivo con mi segunda esposa, Raquel, de 39 años, con la cual tengo dos hijos.

Conocí a mi primera mujer, Beatriz, muy joven; tenía yo 19 años y ella 24. Ya desde el noviazgo, siendo yo muy inexperto, noté que Beatriz era muy experimentada, cosa que no me molestaba, al contrario, me satisfacía. Nunca he conocido una mujer tan ardiente; recuerdo el noviazgo y el inicio del matrimonio como un no parar de tener sexo a todas horas y en todos los lugares posibles. Era muy ruidosa estuviese donde estuviese.

Beatriz es de estatura baja, rubia y delgada, de piernas finas y poco trasero, pero tiene dos enormes pechos con pezón pequeño y rosado y una aureola enorme. Vivíamos en una vivienda unifamiliar de tres plantas unida a la de su tío Rufino, que es el único hermano de mi suegra. Ambos bebíamos mucho alcohol durante los fines de semana y, durante nuestras habituales cenas de vino y después ron, ella me confesó que su tío Rufino, desde que ella era joven, es un tocón y un descarado. La sentaba en sus piernas y tocaba sus ya enormes pechos, e incluso hace poco entró por la azotea, que tiene puertas viejas y sin cerradura, y le abrió la cortina del baño mientras ella se duchaba, viéndola totalmente desnuda mientras él se reía.

Jamás en casa se pone sujetador y, cuando hacemos comidas de amigos con sus primos, todos se rompen el cuello mirando sus pechos, pues usa también camisas largas. Ya casados, en los primeros años, empecé a proponerle cosas nuevas pues yo soy muy inquieto. La penetración anal fue debate y ella me dijo que vale, pero con cuidado porque era virgen por detrás. Una noche loca de sexo la puse a cuatro; la vaselina se roció bastante y mi pene de tamaño normal entró de forma rápida y sin problemas. Con la excitación del momento y los gritos de ella ante mis duras embestidas no le presté atención al hecho, solo pensé que ya la habían penetrado por detrás muchas veces, lo cual realmente me dio morbo.

Durante esos primeros años fui logrando, sobre todo en esos momentos de mucho alcohol que era cuando más loca y desinhibida se ponía, que nos pusiéramos las botas con un sexo increíble. Ella nombraba a los hombres que deseaba y comentaba cómo eran sus miembros, pues muchas veces se había quedado mirando los bultos erectos al rozar su culo con ellos. Esas confesiones me ponían como una bestia mientras le daba muy duro, cosa que era lo que más le gustaba.

En esa primera época, una de esas semanas en la cual tenía turno de noche, me sentí mal y con vómitos. No sería tarde, como a las doce más o menos. Iba tan mal que no pude ni entrar el coche en el garaje y, caminando, entré por la puerta del patio, la cual siempre estaba abierta con un cordón puesto. Empiezo a subir las escaleras, ya que en la segunda planta están las dos habitaciones y el baño, cuando escucho el grito muy conocido de Beatriz al tener sexo. Mi reacción fue de sigilo: subir y, desde la oscuridad del pasillo, mirar nuestra habitación y ver a mi esposa de cuatro patas al filo de la cama y a su tío dándole duro por detrás. La cara de placer de ambos era una bestialidad y no quise esperar a nada; decidí volver sobre mis pasos, vomitar en la huerta y regresar a mi trabajo.

De alguna manera intenté durante tiempo esperar que ella me contase algo, por lo que después supe que Rufino fue su primer hombre y el cual la inició en los placeres del sexo. Todas mis noches de trabajo dejaba una de esas grandes grabadoras de voz que me compré escondida en la habitación. Y no siempre, pero alguna noche se volvían a escuchar los gritos: el “dame más fuerte”, el “Dios, qué grande está y me toca el fondo” y los gritos de animal de Rufino al venirse. Yo confieso que me masturbaba con esos audios.

En ese tiempo yo di movimiento al juego que tenía con una compañera mayor, casada y con hijos, y fuimos a más, llegando a masturbaciones rápidas y furtivas, y sexo oral por ambas partes. Los últimos años todo se fue apagando sin saber explicar exactamente el motivo, pero la realidad es que algo ya se había roto; lo que sucede es que no lo sabíamos.

Otra noche y otra casualidad, porque es así, mi costumbre era acostarme temprano y tomar mis pastillas de un tratamiento que aún tengo, las cuales me hacen dormir sin enterarme de nada hasta que suena el despertador. La costumbre de mi mujer, que averigüé esa noche que me olvidé de las pastillas, era acercarse a nuestra habitación y mirar si dormía, para luego cerrar un poco la puerta e irse con cuatro cervezas a la pequeña habitación de la parte alta para coger los móviles y hablar tranquilamente con un tal Said.

Yo, con sigilo y un espejo, hice lo demás. Fueron noches y noches de oír sus conversaciones de amor y deseo, y sus masturbaciones juntos con fotos que se enviaban de sus partes íntimas. La verdad, de nuevo, es que eso me ponía a mil. Escuchar a Beatriz decir que la polla de él era mucho más grande que la mía y muchas otras cosas me hacía masturbarme a diario. Una noche mi mujer decía que no muchas veces y él explicaba el sí, hasta que pasado un tiempo ella aceptó un “vale, pero rápido”.

Hay movimiento y bajo corriendo a mi cama. Escucho como Beatriz, en pijama, baja sin entrar a la habitación para no hacer ruido, abre la puerta del garaje y saca su coche. En ese momento ya la niña dormía en su habitación y me extrañó ese movimiento. Pasadas dos horas escucho el garaje abrirse, a ella entrar con premura, ir al baño y acostarse. Yo, sin pastillas y con el corazón a mil, esperé un buen rato; mientras ella ya dormía me levanté y, sin saber por qué, entré en el garaje. Encendí las luces y no hizo falta imaginar nada: el sillón delantero derecho estaba totalmente reclinado hacia atrás, la alfombrilla de los pies pegada al fondo delantero y en el sillón había una gran mancha de semen blanca, pegajosa y todavía caliente. Fui a mi cama, me masturbé y dormí.

Al final decidí terminar el matrimonio por falta de amor, o falta de confianza también decía. “Si tienes algún secreto o algo que contarme este es el momento y no hay problema, verás”, le decía. Su respuesta fue que entre nosotros no había secretos y que me amaba con locura, y que seguro mi actitud era porque yo tenía otra mujer.

No era del todo incierto. A mi trabajo llegó una jovencita que me rompió en dos y, al saber que me había enamorado, yo mismo le dije a Beatriz que se acabó porque tenía a otra mujer. Ese mes final tuve con Beatriz el mejor sexo de mi vida; ya vio el final y se entregó para ver si no era tarde. Me contó lo del tío mientras le daba fuerte, me contó con detalles cómo la poseía Said, me contó con los hombres que estuvo en el tiempo de nuestra convivencia y, por último, me contó que lo hizo con su jefe en la habitación del hotel donde celebramos nuestro matrimonio… la misma noche de nuestra boda.

Yo al poco tiempo me volví a casar y tengo dos nuevos hijos; esa es otra historia y está sucediendo a día de hoy. Ella sigue separada pero seguro que es feliz. Fue consentido por mí durante años.

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