Relatos
Inicio Trío Quince Palabras Traviesas Tra Tre Tri Tro Tru Quince Palabras Traviesas Tra Tre Tri Tro Tru

Quince Palabras Traviesas Tra Tre Tri Tro Tru

7109 palabras

Quince Palabras Traviesas Tra Tre Tri Tro Tru

Estábamos en el balcón de nuestro depa en la Condesa, con el skyline de la CDMX brillando a lo lejos bajo las luces neón. El aire fresco de la noche traía olor a tacos de la esquina y jazmines del jardín de abajo. Tú, mi carnala del alma, mi nena con curvas que me volvían loco, te recargabas en la barandilla, con esa falda corta que dejaba ver tus muslos morenos y suaves. Yo, con una chela fría en la mano, te miré de reojo, sintiendo ya ese cosquilleo en el estómago que siempre precede a nuestras locuras.

Órale, wey, ¿jugamos a algo? —dijiste con esa voz ronca que me erizaba la piel.

—Simón, pero algo chido. ¿Qué tal 15 palabras con tra tre tri tro tru? El que se equivoque, se quita una prenda. Neta, va a estar cabrón.

Tú reíste, ese sonido gutural que me hacía imaginar tu boca en mi cuello. Quince palabras con tra tre tri tro tru, repetiste, lamiéndote los labios como si ya saborearas la victoria. Era nuestro juego inventado una noche borracha, pero esta vez lo íbamos a llevar al siguiente nivel. Te acercaste, tu perfume a vainilla y deseo invadiendo mis fosas nasales, y me besaste suave, solo un roce que prometía tormentas.

Empezaste tú. Te paraste derecha, con las tetas apretadas bajo la blusa escotada, y soltaste las primeras: trágame, tembloroso, trinquete, trozador, truncar. Tu voz era un susurro hipnótico, cada sílaba como un dedo recorriendo mi pecho. Yo tragué saliva, sintiendo mi verga endurecerse bajo los jeans. Traicionero, trenecito, tricolor, trotacalles, trueno, seguiste, contoneándote. Ya ibas por diez, y yo sudaba, el pulso latiéndome en las sienes.

—Tuya —dijiste al final, completando las quince con una sonrisa pícara. —Ahora tú, pendejo.

Mi turno. Intenté concentrarme, pero tus ojos cafés me devoraban. Tractor, trepador, trinchera, trotamundos, truquito. Fallé en la onceava, tropezando con trufado porque mi mente ya estaba en tus labios hinchados. Reíste triunfante y me quitaste la playera de un jalón, tus uñas rozando mi piel, dejando un rastro de fuego. Tu tacto era eléctrico, suave como terciopelo pero firme, y olía a tu loción mezclada con el sudor ligero de anticipación.

El juego apenas arrancaba, pero la tensión ya era palpable, como el calor que subía desde mi entrepierna. Te sentaste en mis piernas, frotándote despacio contra mí, y susurraste: Otra ronda, amor. Tus caderas se movían en círculos lentos, el roce de tu falda contra mis boxers me volvía loco. Olía a tu excitación, ese aroma almizclado que me hacía salivar.

Segunda ronda. Tú fallaste esta vez, enredándote en trufi —ese transporte chilango que nos recordaba nuestras escapadas—. Te quité la blusa, revelando tus pechos perfectos, pezones duros como piedritas bajo el bra negro de encaje. Los besé suave, saboreando la sal de tu piel, mientras gemías bajito, un sonido que vibraba en mi pecho como un trueno lejano.

Nos mudamos adentro, al sofá de piel que crujía bajo nuestro peso. El cuarto estaba iluminado por velas que parpadeaban, lanzando sombras danzantes en las paredes blancas. Tu piel brillaba, dorada, y yo no podía dejar de tocarte: mis manos en tu cintura, bajando a tus nalgas firmas, apretándolas mientras te besaba el cuello. Quince palabras con tra tre tri tro tru, murmuraste entre jadeos, como un mantra erótico que nos unía.

¿Por qué este juego me pone tan caliente? Cada palabra es como un toque, un beso prohibido. Quiero que me diga las suyas mientras me penetra, lento, profundo.

Mi turno de nuevo. Estaba duro como piedra, mi verga palpitando contra tu muslo. Traté: Tragaperras, trementina, tridente, troglodita, truculento. Completé, pero tú ya no esperabas. Me bajaste los jeans, liberando mi miembro tieso, y lo lamiste desde la base hasta la punta, tu lengua caliente y húmeda enviando ondas de placer por mi espina. Sabías a cerveza y a mí, un sabor adictivo que me hacía gruñir.

Te recosté en el sofá, quitándote la falda y las calacas de encaje. Tu concha depilada brillaba, húmeda, invitándome. Olía a miel y deseo puro, ese olor que me enloquecía. Te abrí las piernas con cuidado, besando el interior de tus muslos, sintiendo tus temblores. Trae tu lengua aquí, suplicaste, y obedecí, lamiendo tu clítoris hinchado, saboreando tus jugos dulces y salados. Gemías fuerte ahora, ¡ay, wey, sí!, tus manos en mi pelo, tirando suave.

La intensidad subía como la marea en Acapulco. Te puse de rodillas, y entraste tú en el juego otra vez, susurrando palabras entre mis embestidas con los dedos: trabalenguas, trepadora, trinomio, tropezón, truculento. Fallaste a propósito, creo, porque querías que te follara ya. Me montaste, tu calor envolviéndome centímetro a centímetro, apretada y resbaladiza. Cabalgaste lento al principio, tus tetas rebotando, el sonido de piel contra piel llenando el cuarto como un tambor.

Neta, esto es el paraíso, pensé, mientras tus paredes me ordeñaban, el sudor perlando tu frente, goteando en mi pecho. Aceleraste, tus uñas clavándose en mis hombros, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Olía a sexo puro, a nosotros mezclados, y el aire estaba cargado de nuestros jadeos. Quince palabras con tra tre tri tro tru, gritaste riendo entre gemidos, completando el reto mientras te corrías, tu cuerpo convulsionando, apretándome tan fuerte que casi exploto.

Te volteé, poniéndote a cuatro patas, el sofá hundiéndose bajo nosotros. Entré de nuevo, profundo, mis bolas golpeando tu clítoris con cada estocada. Tus gritos eran música: ¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo!. Sudábamos como en un sauna, el tacto resbaloso de tu espalda contra mi vientre, el calor de tu interior quemándome. Mis manos en tus caderas, guiándote, sintiendo cada contracción.

El clímax se acercaba, inevitable como un trueno. Te volteé de nuevo, cara a cara, queriendo verte los ojos cuando llegáramos. Nuestros cuerpos se movían en sincronía perfecta, piel contra piel, resbalosos y calientes. Te amo, nena, murmuré, y tú respondiste con un beso feroz, lenguas enredadas. Exploté dentro de ti, chorros calientes llenándote, mientras tú te corrías otra vez, arañándome la espalda, tu voz rompiéndose en un alarido de placer puro.

Caímos exhaustos, enredados, el corazón martillando como tambores aztecas. El cuarto olía a sexo y velas apagadas, tu cabeza en mi pecho, escuchando mi pulso calmarse. Acaricié tu pelo húmedo, besando tu frente salada.

Este juego... siempre nos lleva al cielo. Mañana jugamos de nuevo, pero con más palabras, más deseo.

Nos quedamos así, en afterglow, con la ciudad zumbando afuera, pero nuestro mundo perfecto adentro. Quince palabras con tra tre tri tro tru, susurraste soñolienta, y reí bajito. Simón, siempre.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.