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Tablet Trío Desnudo

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Tablet Trío Desnudo

Ana se recostó en el sillón de su depa en la Condesa, con el calor de la noche de verano pegándole en la piel como una caricia húmeda. El aire olía a tacos de la esquina y a las chelas frías que Luis y Marco acababan de sacar del refri. Neta, pensó, estos weyes siempre llegan con lo mejor para una noche de relajo. Luis, su carnal de la uni, alto y moreno con esa sonrisa pícara que derretía a cualquiera, y Marco, el más calladito pero con ojos que prometían travesuras, se sentaron a su lado. Habían sido amigos por años, inseparables, pero últimamente Ana sentía un cosquilleo distinto cada vez que se juntaban. Como si el aire entre ellos estuviera cargado de electricidad.

—Órale, miren lo que me trajo mi jefa —dijo Luis sacando una tablet nuevecita del morral. La pantalla brillaba con un resplandor azul que iluminaba sus caras en la penumbra del depa. El sonido de la ciudad filtraba por la ventana abierta: cláxones lejanos, risas de borrachos y el zumbido constante de la vida mexicana.

Marco se acercó, su muslo rozando el de Ana accidentalmente, o ¿no? Ella sintió el calor de su piel a través del short de mezclilla.

Chingado, ¿por qué me late tan fuerte el corazón?
Pensó Ana, mordiéndose el labio. Encendieron la tablet y entre las apps apareció una que llamó su atención: Tablet Trío. —¿Qué pedo con esto? —rió Marco, su voz grave vibrando en el pecho de Ana.

—Es un juego de retos eróticos para tres, wey. Neta, vamos a probar —propuso Luis, con los ojos brillando de picardía. Ana dudó un segundo, pero el tequila ya le corría por las venas, aflojando inhibiciones. ¿Y si sale bien? Tres cuerpos explorándose... Aceptaron, el primer reto inocente: mirarse a los ojos por un minuto. Sus respiraciones se sincronizaron, el aroma a colonia de Luis mezclándose con el perfume dulce de Ana y el jabón fresco de Marco. La tensión creció como una ola lenta.

El segundo reto: un beso en la boca entre dos. Luis jaló a Ana primero, sus labios suaves y urgentes saboreando a tequila y menta. Ella gimió bajito, el sonido escapando sin permiso. Marco observaba, su entrepierna ya hinchándose bajo los jeans. Siento sus miradas quemándome, pensó Ana, el pulso latiéndole en el cuello.

La habitación se llenó de un calor espeso, el ventilador zumbando inútilmente sobre sus cabezas. Pasaron al reto tres: quitarse una prenda. Ana se levantó, desabotonando su blusa con dedos temblorosos. La tela cayó revelando sus tetas firmes, pezones endurecidos por el aire y la excitación. Luis y Marco tragaron saliva, sus ojos devorándola. —Estás cañona, morra —murmuró Marco, su voz ronca.

El juego escaló. Retos de toques: manos de Luis masajeando los hombros de Ana, bajando despacio a sus pechos. Sus dedos ásperos rozaban los pezones, enviando chispas directo a su entrepierna. Neta, quiero más. Ella arqueó la espalda, oliendo su sudor mezclado con el almizcle de la excitación. Marco se unió, besando su cuello, lengua caliente trazando la curva de su clavícula. El sabor salado de su piel la volvía loca.

—Quítate el calzón, Ana —ordenó el tablet trío con su voz digital juguetona. Ella obedeció, el aire fresco lamiendo su coño ya mojado. Luis se arrodilló, inhalando su aroma dulce y almizclado.

Chíngame ya, no aguanto
, suplicaba su mente. Su lengua exploró primero, lamiendo lento desde el clítoris hasta la entrada, saboreando sus jugos. Ana jadeó, agarrando su cabello, el sonido de su boca chupando húmedo y obsceno en la quietud.

Marco no se quedó atrás. Se desnudó, su verga dura saltando libre, venosa y gruesa. Ana la miró con hambre, extendiendo la mano para acariciar. Su piel suave sobre la dureza pulsante, el calor irradiando. —Mámamela, reina —pidió él. Ella lo hizo, labios envolviéndolo, lengua girando en la cabeza sensible. El sabor salado pre-semen la embriagó. Luis, mientras, metía dos dedos en su coño, curvándolos contra su punto G, el squelch húmedo acompañando sus gemidos.

La intensidad subió. Cambiaron posiciones en el sillón amplio. Ana a cuatro patas, Luis detrás embistiéndola con fuerza controlada. Su verga la llenaba, estirándola deliciosamente, cada embestida chocando contra su culo con un plaf sudoroso. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el de sus cuerpos sudados. Marco frente a ella, follando su boca profunda, manos enredadas en su pelo. Soy el centro del tablet trío, y me encanta, pensó Ana entre arcadas placenteras.

Sus gemidos se volvieron sinfonía: gruñidos graves de los weyes, chillidos agudos de ella. Luis aceleró, sus bolas golpeando su clítoris, enviando ondas de placer. ¡Córrete conmigo, pinche rica! —gruñó. Ana explotó primero, coño contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por sus muslos. El orgasmo la dejó temblando, visión borrosa, gusto a Marco en la lengua.

Marco la siguió, sacando la verga para pintar su cara y tetas con chorros calientes y espesos. Luis se corrió dentro, llenándola de semen tibio que goteaba lento. Se derrumbaron juntos, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. El tablet trío parpadeaba olvidado en el piso, testigo mudo.

En el afterglow, Ana yacía entre ellos, cabeza en el pecho de Luis, mano en la verga floja de Marco. El corazón de Luis latía fuerte bajo su oreja, un tambor relajándose. Olía a semen, sudor y satisfacción. Neta, esto fue lo mejor, reflexionó ella, sonriendo. —¿Repetimos, carnales? —preguntó pícara.

Obvio, morra. Somos el tablet trío perfecto —rió Marco, besándola suave. La noche se extendió en caricias perezosas, promesas de más noches así. Ana se sintió empoderada, deseada, completa. El deseo inicial había explotado en éxtasis compartido, dejando un lazo más fuerte entre los tres. Mañana sería otro día, pero esta memoria ardía en su piel como un tatuaje invisible.

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