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Prueba en Español

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Prueba en Español

Entras a la boutique en el corazón de Polanco, con el bullicio de la Ciudad de México zumbando afuera como un río de cláxones y risas. El aire acondicionado te recibe fresco, cargado con ese olor dulzón a tela nueva y perfume caro. Tus ojos recorren los maniquíes vestidos con lencería que parece susurrar promesas pecaminosas: encajes negros que se adhieren como segunda piel, satén rojo que brilla bajo las luces tenues. ¿Por qué no? piensas, mientras un cosquilleo sube por tu espina dorsal. Estás de vacaciones, soltera y lista para un poco de diversión en este país que te ha envuelto con su calor y su sabor a chile.

El dependiente se acerca, un moreno alto con ojos cafés que brillan como café de olla recién hecho. Su camisa blanca se ajusta a unos pectorales firmes, y su sonrisa es de esas que derriten, con un hoyuelo que invita a pecar. "¡Buenas tardes, guapa! ¿En qué te ayudo? ¿Buscas algo especial para impresionar?" Su voz es grave, con ese acento mexicano que arrastra las palabras como miel caliente.

"Sí, algo... sexy", respondes, sintiendo el rubor subir a tus mejillas. Señalas un conjunto de encaje negro. "Quiero try on en español. ¿Cómo se dice?"

Él ríe bajito, un sonido ronco que vibra en tu pecho.

"Pruébate, preciosa. Ven, te llevo al probador. Yo soy Diego, por cierto."
Te guiña el ojo mientras toma la prenda, su mano rozando la tuya por un segundo. Ese toque es eléctrico, como un chispazo en la piel húmeda de verano. Lo sigues, notando cómo sus jeans abrazan unas nalgas duras, y tu pulso se acelera. Órale, este wey está cañón, piensas, mordiéndote el labio.

El probador es un cubículo amplio, con espejo de cuerpo entero y cortina pesada que huele a limpio. Te quitas la blusa, el aire fresco besando tu piel desnuda, erizando tus pezones. Te pones el brasier, pero el cierre trasero se resiste. "¡Diego! ¿Me echas la mano?" llamas, con voz juguetona.

Él asoma la cabeza, y sus ojos se oscurecen al verte en ropa interior. "Claro que sí, mamacita." Entra, cerrando la cortina con un shhh suave. Sus dedos cálidos rozan tu espalda, enviando ondas de calor directo a tu entrepierna. "Estás quedando riquísima", murmura cerca de tu oreja, su aliento tibio oliendo a menta y algo masculino, como tierra mojada después de la lluvia. Sientes su pecho contra tu espalda, duro y firme, y un jadeo escapa de tus labios.

"¿Te gusta?" preguntas, girándote para mirarlo al espejo. Tus pechos suben y bajan con cada respiración, el encaje tenso contra la piel. Él traga saliva, su mirada bajando por tu cuerpo como una caricia tangible.

"¿Gustarme? Me estás volviendo loco, wey. Eres una diosa." Su mano sube por tu brazo, lenta, explorando la curva de tu hombro. El silencio del probador se llena con vuestras respiraciones agitadas, el latido de tu corazón retumbando en los oídos. No pares, suplicas en tu mente. Te inclinas un poco, rozando tu cadera contra la suya, y sientes su dureza presionando, gruesa y lista bajo la tela.

"Pruébate más", dice él, voz ronca, tomando la tanga a juego. Te la desliza por las piernas, arrodillándose. Sus dedos queman al rozar tus muslos, y el olor de tu excitación empieza a perfumar el aire, almizclado y dulce. Te pones la prenda, pero él no se levanta de inmediato. Sus labios rozan tu vientre, un beso ligero que te hace temblar. "Perfecta. Pero falta la falda."

La falda es corta, ceñida, de cuero sintético que cruje suavemente. Diego te ayuda a ajustarla, sus manos en tus caderas, apretando lo justo para que gimas bajito. "Mírate", ordena, poniéndote frente al espejo. Te ves como una tentación viva: curvas envueltas en negro, labios entreabiertos, ojos vidriosos. Él está detrás, sus manos subiendo por tus costados, deteniéndose bajo tus pechos.

"Diego...", susurras, girándote para besarlo. Sus labios son suaves al principio, probando, pero pronto la lengua invade tu boca con hambre mexicana, saboreando a tequila y pasión. Gimes en su boca, tus uñas clavándose en su nuca. Él te empuja contra el espejo, el vidrio frío contrastando con su calor. "Esto es consensual, ¿verdad, preciosa? Dime que sí."

"Sí, cabrón, sí. Tómalo todo", respondes, empoderada, tirando de su camisa. Los botones saltan con un pop pop, revelando piel morena y un pecho velludo que besas, lamiendo el sudor salado. Él gruñe, bajando la tanga de un tirón, sus dedos encontrando tu humedad resbaladiza. "Estás chorreando, wey. Tan mojada por mí."

Te levanta contra la pared del probador, tus piernas envolviéndolo. El crujido de la cortina, el eco lejano de voces afuera, todo se desvanece. Solo existe su verga dura presionando tu entrada, gruesa y venosa, oliendo a hombre excitado. "Entra ya", suplicas, y él obedece, embistiéndote lento al principio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. El placer es un rayo: ardiente, pulsante, llenándote hasta el fondo.

¡Ay, Dios! Tan grande, tan perfecto, piensas mientras él acelera, sus caderas chocando contra las tuyas con palmadas húmedas. El espejo vibra con cada thrust, reflejando vuestros cuerpos sudorosos entrelazados. Sudor gotea por su espalda, salado en tu lengua cuando lo besas. Sus manos amasan tus nalgas, un dedo rozando tu ano juguetón, enviando chispas extras. "¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo!", gritas bajito, y él ríe, obedeciendo, follándote con furia contenida.

La tensión sube como volcán, tu clítoris frotándose contra su pubis peludo. Sientes el orgasmo acechando, un nudo apretado en el vientre. Él jadea en tu cuello: "Me vengo, guapa... juntos." Un último embiste profundo, y explotas: olas de éxtasis sacudiendo tu cuerpo, paredes internas ordeñando su verga. Él se derrama dentro, chorros calientes inundándote, su gruñido animal vibrando contra tu piel.

Caen al suelo del probador, jadeantes, envueltos en el olor almizclado de sexo y tela revuelta. Su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón galopante calmarse. "Eso fue... chido", murmura, besando tu pezón aún sensible.

Tú ríes, acariciando su cabello revuelto.

"La mejor prueba en español de mi vida. ¿Repetimos fuera de aquí?"
Él asiente, ojos brillando. Te vistes con piernas temblorosas, el conjunto comprado como trofeo. Salen juntos, el sol de la tarde bañándolos, prometiendo más noches de fuego mexicano.

En la calle, con el tráfico rugiendo y el aroma a elotes asados flotando, sientes el semen resbalando entre tus muslos, un secreto delicioso. Esta ciudad me conquistó, piensas, tomando su mano. Y así, con el eco de placer en la piel, caminas hacia lo que sea que venga después.

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