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La Tríada de la Apendicitis Ardiente

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La Tríada de la Apendicitis Ardiente

Todo empezó con ese pinche dolor en el lado derecho del abdomen, bien abajo, como si me hubieran dado un madrazo con un bate. Yo, Alejandro, un vato de treinta y tantos que se la pasa en la oficina de un corporativo en Polanco, no soy de los que se quejan por cualquier cosa. Pero esa mañana, después de desayunar mis chilaquiles con huevo, me cayó la nausea de la chingada y empecé a sudar como si estuviera en un temazcal. Fiebre, dolor y ganas de vomitar: la clásica tríada de apendicitis que me había platicado mi carnal en la prepa cuando se le operó.

Me subí al coche y manejé hasta la clínica privada en Lomas, esa donde los fifís van a que les traten con mimos. El aire acondicionado me refrescaba la piel ardiente, pero el sudor me chorreaba por la espalda, pegajoso y salado. Al llegar, una enfermera me recibió en recepción, una morra de curvas pronunciadas, con el uniforme blanco ajustado que marcaba sus chichis generosas. Órale, esto no pinta mal, pensé mientras me recargaba en el mostrador, doblado por el dolor.

—A ver, señor, ¿qué le pasa? —me dijo con voz suave, como miel de tequila.

—Dolor aquí, nausea y fiebre, wey... creo que es apendicitis —jadeé, señalando mi vientre.

Me llevaron a una habitación privada, fresca y con olor a desinfectante mezclado con algo floral, quizás su perfume. Ahí llegaron ellas: la tríada que me iba a cambiar la vida. Tres enfermeras, todas adultas, independientes y con una vibra que gritaba deseo contenido. La primera, Laura, alta y morena, con labios carnosos y ojos que te desnudan. La segunda, Sofía, rubia teñida, tetas firmes y un culo que pedía a gritos ser apretado. Y la tercera, Camila, chaparrita pero con fuego en la mirada, piel canela y manos que prometían milagros.

—Tranquilo, Alejandro —dijo Laura mientras me ayudaba a recostarme en la camilla, su aliento cálido rozando mi oreja—. Vamos a revisarte esa tríada de apendicitis. Pero relájate, ¿eh? Aquí nosotras sabemos cómo calmar dolores... de todos tipos.

Me quitaron la camisa, y sentí sus manos frías en mi piel caliente, explorando el abdomen con toques suaves pero firmes. El dolor punzante se mezclaba con un cosquilleo inesperado, como electricidad bajando directo a mi verga, que empezó a despertarse traicionera. Sofía tomó mi temperatura con un termómetro digital que pitó en mi axila, su pecho rozando mi brazo, suave y tibio bajo la tela del uniforme.

¿Qué chingados? ¿Esto es normal en una clínica? Neta, estas morras me están prendiendo como yesca.

Camila me palpó el lado derecho, presionando justo donde dolía más. Grité bajito, pero ella sonrió pícara.

—Sí, se siente la tríada: dolor en fosa iliaca derecha, rebote positivo, náuseas... pero mira, tu pulso está acelerado por otra cosa, ¿no? —susurró, guiñándome el ojo.

El ambiente se cargó de tensión. El zumbido del aire acondicionado, el olor a su loción de vainilla y sudor fresco, el roce de sus dedos que ya no eran solo clínicos. Laura trajo un gel lubricante, supuestamente para un masaje diagnóstico, pero cuando lo esparció en mi abdomen, sus manos bajaron más, rozando el borde de mis pantalones.

—Consiento, ¿verdad? —preguntó Sofía, desabrochando mi cinturón con permiso implícito en mi mirada hambrienta.

Sí, pendejas, consiento todo —respondí con voz ronca, el corazón latiéndome en los huevos.

El medio acto fue una escalada de locos. Me bajaron los pantalones, y mi verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante. Camila la tomó primero, suave, con esa mano pequeña que apenas la abarcaba, mientras Laura y Sofía seguían masajeando mi abdomen, convirtiendo el dolor en placer punzante. El gel frío se calentaba con el roce, oliendo a menta y deseo crudo.

—Mira cómo late, carnal —dijo Camila, lamiendo la punta con lengua juguetona, sabor salado de mi precum mezclándose con su saliva dulce—. Esta tríada no es solo de apendicitis, es de pura calentura.

Me recostaron del todo, y ellas se desabrocharon los uniformes, revelando lencería roja que contrastaba con su piel sudada. Laura se subió a la camilla, sentándose en mi cara, su coño depilado rozando mis labios, húmedo y con olor almizclado a excitación femenina. Lamí despacio, saboreando sus jugos calientes, mientras Sofía montaba mi verga, bajando centímetro a centímetro, su interior apretado y resbaloso envolviéndome como terciopelo vivo.

El dolor abdominal se diluía en oleadas de placer, cada embestida de Sofía enviando chispas por mi espina.

Camila no se quedaba atrás: chupaba mis huevos, succionando con labios carnosos, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación junto a los gemidos ahogados de Laura en mi lengua. Sudábamos todos, piel contra piel resbalosa, el aire cargado de jadeos y el slap-slap de carne contra carne. Sofía rebotaba más rápido, sus tetas saltando, pezones duros rozando mi pecho. ¡Qué rico, wey! gritó, clavándome las uñas en los hombros.

Cambiaron posiciones como expertas en un ballet erótico. Ahora Camila en mi verga, su culito redondo abriéndose para mí, apretado y caliente, mientras yo lamía a Sofía, su clítoris hinchado pulsando en mi boca. Laura se masturbaba al lado, dedos hundiéndose en su humedad, oliendo a sexo puro. El conflicto interno me carcomía: ¿Y si sí es apendicitis? ¿Pero qué más vale esta delicia? Pero el deseo ganaba, la tensión subiendo como fiebre, mis bolas apretándose listas para explotar.

—Dame duro, Alejandro —suplicó Camila, girando las caderas en círculos, su ano contrayéndose alrededor de mi polla gruesa.

Las tres se turnaban, besándose entre ellas, lenguas enredadas, gemidos compartidos. El olor a coños mojados, semen y sudor nos envolvía, tacto de nalgas suaves, tetas pesadas aplastándose contra mí, sonidos de succiones y penetraciones profundas.

El clímax llegó como tsunami. Sofía se corrió primero, temblando sobre mi cara, inundándome con su squirt salado que tragué ansioso. Laura siguió, frotándose contra mi muslo, gritando ¡Ay, cabrón! con voz ronca. Camila me ordeñó la verga con contracciones expertas, y yo exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola, el placer cegador borrando cualquier rastro de dolor.

Nos derrumbamos en un enredo de cuerpos jadeantes, pieles pegajosas brillando bajo la luz clínica. El afterglow era puro éxtasis: pulsos calmándose, besos suaves, risas cómplices. Laura me palpó de nuevo el abdomen.

—Falso positivo, mi amor. Esa tríada de apendicitis era pura tensión acumulada. Pero nosotras te curamos de la mejor manera.

Neta, la mejor consulta de mi vida. Volveré por "dolores" cada semana.

Sofía me limpió con toallitas húmedas, frescas y olorosas a aloe, mientras Camila me vestía con mimos. Salí de ahí caminando derecho, el cuerpo liviano, el alma satisfecha, con sus números en mi celular y promesas de más "tratamientos". La ciudad bullía afuera, pero yo llevaba mi propia fiebre resuelta en recuerdos sensoriales que me harían pajearme por noches.

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